Don
Quijote de las paradojas
Eduardo
Galeano
La
Jornada
6
de febrero de 2005
Nació en prisión esta aventura de la libertad. En
la cárcel de Sevilla, "donde toda incomodidad tiene
su asiento y donde todo triste ruido hace habitación",
fue engendrado Don Quijote de La Mancha. El papá estaba
preso por deudas.
Exactamente
tres siglos antes, Marco Polo había dictado su libro de
viajes en la cárcel de Génova, y sus compañeros
de prisión habían escuchado, y escuchándolo
habían viajado.
***
Cervantes
se propuso escribir una parodia de las novelas de caballería.
Ya nadie, o casi nadie, las leía. Estaban pasadas de moda.
La tomadura de pelo fue un esfuerzo digno de mejor causa. Y sin
embargo, esa inútil aventura literaria resultó mucho
más que su proyecto original, viajó más lejos
y más alto y se convirtió en la novela más
popular de todos los tiempos y de todas las lenguas.
Merece
gratitud eterna el caballero de la triste figura. A don Quijote
los libros de caballería le habían quemado la cabeza,
pero él, que se perdió por leer, salva a quienes
lo leemos. Nos salva de la solemnidad y del aburrimiento.
***
Famosos
estereotipos: don Quijote y Sancho Panza, el caballero y su escudero,
la locura y la cordura, el soñador hidalgo con la cabeza
en las nubes y el labriego rústico de pata en tierra.
Es
verdad que don Quijote se vuelve loco de remate cada vez que monta
a Rocinante, pero cuando desmonta suele decir frases que vienen
del más puro sentido común, y en ocasiones pareciera
que se hace el loco sólo por cumplir con el autor o el
lector. Y Sancho Panza, el ramplón, el bruto, sabe ejercer
con ejemplar sutileza su gobierno de la ínsula de Barataria.
***
Tan
frágil que parecía y fue el más duradero.
Cada día cabalga con más ganas, y no sólo
por la manchega llanura. Tentado por los caminos del mundo, el
personaje se escapa del autor y en sus lectores se transfigura.
Y entonces hace lo que no hizo, y dice lo que no dijo.
Don
Quijote jamás pronunció la más famosa de
sus frases. "Ladran, Sancho, señal que cabalgamos"
no figura en la obra de Cervantes. ¿Qué anónimo
lector habrá sido el autor?
***
Metido
en su armadura de latón, montado en su rocín hambriento,
don Quijote parece destinado a la derrota y al ridículo.
Este
delirante se cree personaje de novela de caballería y cree
que las novelas de caballería son libros de historia. Sin
embargo, no siempre cae despatarrado en sus lances imposibles,
y a veces hasta aplica honrosas tundas a los enemigos que enfrenta
o inventa. Y ridículo es, qué duda cabe, pero entrañablemente
ridículo. Cree el niño que una escoba es un caballo,
mientras el juego dura, y mientras dura la lectura los lectores
acompañamos y compartimos los andares estrafalarios de
don Quijote.
Reímos
de él, sí, pero mucho más reímos con
él.
***
"No
te tomes en serio nada que no te haga reír", me aconsejó
alguna vez un amigo brasileño. Y el lenguaje popular se
toma en serio los delirios de don Quijote y expresa la dimensión
heroica que la gente ha otorgado a este antihéroe. Hasta
el Diccionario de la Real Academia Española lo reconoce
así. Quijotada es, según el diccionario, "la
acción propia de un quijote" y quijote es aquel que
"antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada
y comprometidamente en defensa de causas que considera justas,
sin conseguirlo".
***
Dos
veces pidió Cervantes empleo en América, y dos veces
fue rechazado. Algunas versiones dicen que era dudosa su limpieza
de sangre. Los estatutos prohibían viajar a las colonias
americanas a quien llevara en sus venas glóbulos judíos,
musulmanes o heréticos, que se trasmitían a lo largo
de no menos de siete generaciones. Quizá la sospecha de
algún abuelo o bisabuelo que fuera judío converso
explica la respuesta oficial a las solicitudes de Cervantes: "Busque
por acá en qué se le haga merced".
El
no pudo venir a América. Pero su hijo, don Quijote, sí.
Y en América le fue de lo más bien.
***
En
1965, el Che Guevara escribió la última carta a
sus padres.
Para
decirles adiós, no citó a Marx. Escribió:
"Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante.
Vuelvo al camino con mi adarga al brazo".
***
En
sus malandanzas, evocaba don Quijote la edad dorada, cuando todo
era común y no había tuyo ni mío. Después,
decía, habían empezado los abusos, y por eso había
sido necesario que salieran al camino los caballeros andantes,
para defender a las doncellas, amparar a las viudas y socorrer
a los huérfanos y a los menesterosos.
El
poeta León Felipe creía que los ojos y la conciencia
de don Quijote "ven y organizan el mundo no es como es, sino
como debiera ser. Cuando don Quijote toma al ventero ladrón
por un caballero cortés y hospitalario, a las prostitutas
descaradas por doncellas hermosísimas, la venta por un
albergue decoroso, el pan negro por pan candeal y el silbo del
capador por una música acogedora, dice que en el mundo
no debe haber ni hombres ladrones ni amor mercenario ni comida
escasa ni albergue oscuro ni música horrible".
***
Unos
años antes de que Cervantes inventara a su febril justiciero,
Tomás Moro había contado la utopía. En el
libro de Tomás Moro, Utopía, u-topía, significaba
no-lugar. Pero quizás ese reino de la fantasía encuentra
lugar en los ojos que lo adivinan, y en ellos encarna. Bien decía
George Bernard Shaw que hay quienes observan la realidad tal cual
es y se preguntan por qué, y hay quienes imaginan la realidad
como jamás ha sido y se preguntan por qué no.
Está
visto, y los ciegos lo ven, que cada persona contiene otras personas
posibles, y cada mundo contiene su contramundo. Esa promesa escondida,
el mundo que necesitamos, no es menos real que el mundo que conocemos
y padecemos.
Bien
lo saben, bien lo viven, los aporreados que todavía cometen
la locura de volver al camino, una vez y otra y otra, porque siguen
creyendo que el camino es un desafío que espera, y porque
siguen creyendo que desfacer agravios y enderezar entuertos es
un disparate que vale la pena.
***
Ayuda
lo imposible a que lo posible se abra paso. Por decirlo en términos
de la farmacia de don Quijote: tan mágico es este bálsamo
de Fierabrás, que a veces nos salva de la maldición
del fatalismo y de la peste de la desesperanza.
¿No
es ésta, al fin y al cabo, la gran paradoja del viaje humano
en el mundo? Navega el navegante, aunque sepa que jamás
tocará las estrellas que lo guían.
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