El neomesianismo

• La globalización no es más que una vil patraña

Rodrigo Madrigal Montealegre

La Nación.co.cr

25 de julio del 2001

Los apologistas del capitalismo salvaje profetizaron
que el globalitarismo cumpliría la prometeica misión
de erradicar la pobreza del mundo y hasta
pronosticaron –con eufórico triunfalismo y arrogante
redentorismo– el utópico "final de la Historia".

Con un poco de imaginación, pudieron atribuirle un
designio providencial a su dogma invocando la frase
irónica de Lincoln: "¡Dios debe querer mucho a los
pobres, de otro modo no habría hecho tantos!".

Uno de estos panegiristas se lamentaba como un
lloraduelos, en esta misma página, haber recibido
múltiples ofensas en su correo electrónico, a las que
calificaba como "rabietas tercermundistas". Pero
olvidaba, en sus jeremíadas, que él mismo calificó de
"idiotas" a quienes rechazaban su caduco menú
ideológico.

"Mano invisible". Repudiamos los insultos y se nos
ocurre que si esos agravios fueron redactados en
español, pueden proceder de los 200 millones de
latinoamericanos, el 40 por ciento de la población, a
los que la "mano invisible" mantiene inmersos en la
miseria, según el BID, o de los 20 millones "nuevos
pobres" que, según la CEPAL, surgieron durante los dos
últimos años del milenio en Latinoamérica.

Si los improperios fueron escritos en el alfabeto
cirílico, pueden provenir de los 31 millones de rusos
que sufren bajo el umbral de la pobreza, según
Potshinok, el ministro de Trabajo, por la adopción del
capitalismo salvaje. Según otra fuente, mientras allí
el 53 por ciento naufraga en la miseria, el 2 por
ciento ha acaparado el 53 por ciento de la riqueza
nacional y ha transferido unos $250.000 millones del
botín al exterior.

Si algunos de los denuestos le llegaron en inglés,
pueden ser de las 45 millones de víctimas que dejó la
"política del derrame" de Reagan, que flageló al 13
por ciento de los adultos y a un 20 por ciento de los
niños en EE. UU.. También pueden provenir de los 10
millones de indigentes que dejó el anarcocapitalismo
de la señora Thatcher, quien convirtió al Estado
Benefactor en un minusválido en silla de ruedas.
Muchas filípicas pueden provenir de la Unión Europea,
donde el paso del capitalismo salvaje dejó un saldo de
50 millones de pobres y 18 millones de personas sin
empleo.

Con $1 al día. Pero si los dicterios están escritos en
lenguas tercermundistas, pueden proceder de los 3.000
millones de personas –la mitad del género humano– que
apenas sobreviven con un poco más de $1 al día según
Le Monde Diplomatique. Pero según el mismo Banco
Mundial, 1.200 millones de seres humanos sobreviven
con $1 al día, mientras 2.800 millones apenas perciben
$2 diarios.

Es tan grotesco y sideral el contraste mundial que,
según la misma fuente, para eliminar el hambre del
planeta sería suficiente invertir lo que en el Primer
Mundo se gasta anualmente en perfumes o en helados o,
según la Unicef, bastaría con destinar el 10 por
ciento de lo que gastan los EUA en fuerzas armadas. Es
igualmente dramático que la riqueza de algunas
personas sea mayor que la de muchas naciones y que las
225 fortunas más colosales del planeta equivalen al
ingreso anual del 47 por ciento del total de esos
seres famélicos.

A pesar de que esas profecías pronosticaban un
progreso universal, en más de 70 países el ingreso por
habitante es hoy inferior al que era hace 20 años.
Además, el abismo de la polarización mundial se agrava
y el PNUD revela que, mientras la disparidad de
ingresos entre el 20 por ciento de la población más
opulenta del planeta y el 20 por ciento más pobre era
30 veces en 1960, en 1995 la brecha se amplió hasta
ser 82 veces más grande.

Dantesca miseria. Esa polarización explica que,
mientras el 20 por ciento de la población mundial
disfruta del 80 por ciento de la riqueza mundial, en
el extremo opuesto el 80 por ciento debe conformarse
con el 20 por ciento restante. Para quienes naufragan
en esa miseria tan dantesca, la "mano invisible" es
una burla cruel; para quienes se oponen al saqueo de
sus países y para los productores que sucumben en la
ruina por la apertura, la globalización no es más que
una vil patraña.

Pero toda esa indignación explica el origen de esas
diatribas y nos convence aún más a todos que, según la
conmovedora frase de Lincoln, los neoliberales aman
mucho a los pobres ya que su darwinismo social cumple
con el designio providencial de multiplicarlos, de
otro modo no habría hecho tantos.

http://www.nacion.com/ln_ee/2001/julio/25/opinion4.html



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