
Palabras gastadas
José Figueres Ferrer
Los pobres de la tierra.org
1943
Las palabras que han servido de caballo de batalla en las grandes luchas, y que expresan los anhelos por que el hombre esgrime aún su lanza, a fuerza de repetirlas los periódicos, la radio, y la gente en incontables ocasiones, se han gastado.
Democracia, Socialismo, Libertad, ¡qué vagas ideas, qué sentimientos tan superficiales evocan a menudo esas palabras! Han perdido su filo, y su penetración, y su interés. Y hasta son a veces pronunciadas con mofa, por personas de gran espìritu práctico y poca práctica espiritual.
¿Por qué entonces, libra hoy la humanidad con el mismo ardor de siempre, y amplitud mayor que nunca, las luchas del pasado? ¿Es que no saben los hombres lo que hacen?... ¡Si no lo saben lo sienten! La contienda jamás fue por las palabras. Las palabras se gastan; los sentimientos se avivan. Los vocablos nobles tienen alma inmortal. Yo os invito a contemplar conmigo tres vivos sentimientos del hombre en sociedad, designados por tres términos gastados de nuestro vocabulario actual: Democracia, Socialimos, Libertad.
Democracia
Navegar en un barco sin saber a dónde va, pastar en un rebaño de carneros inconscientes, vivir en un país gobernado por un déspota, no es propio de seres racionales. Los ojos se nos dierona esip las entenrver, la razón para entender, y para guiar nuestras vidas la voluntad. Quien nos cubra la vista, nos oscurezca el entendimiento, o nos corte la voluntad, nos roba algo más valioso, nos atropella y perjudica más en nuestro ser, que quien sustrae nuestra cartera o da fuego a nuestra casa.
El hombre vive en sociedad, y sostiene un Estado regulador, para beneficiarse. Desde el momento en que ese Estado le perjudica, o irrespeta su persona, se ha roto el contrato, y ha dejado de existir la sociedad. Podrá haber un regimiento, una tribu inorgánica, o un hato, pero no una colectividad ejecutora de un convenio social entre sus miembros.
Democracia es una sociedad en que cada individuo tiene conciencia clara de lo que el grupo hace; es la colaboración de todos en el manejo de lo que a todos pertenece; colaboración que se manifiesta en forma ordenada y racional, ya sea emitiendo un voto para elegir un funcionamiento, o contribuyendo públicamente a la solución de una dificultad, o censurando procedimientos nocivos, o simplemente aprobando con el silencio las actuaciones de quienes ejecutan la voluntad general.
La difusión de la cultura, y el incremento de los medios de publicidad, van haciendo asequibles, y extensivos a un número siempre creciente de personas, los derechos y deberes ciudadanos. La participación consciente del mayor número en la actividad pública, y el respeto del Estado al pensamiento y la conciencia, a la dignidad los asociados, son los distintivos sobresalientes del régimen de vida democrático.
No falta quien crea que hacer vida democrática es andar en mangas de camisa, o abandonar el decoro personal, o frecuentar la compañía de las gentes menos cultas. Nada más injusto, más torpe, ni más impropio de la norma de vida cuyo objeto es el cultivo de la dignidad individual. Democracia no es vulgaridad.
Otros piensan en la falta de consideración hacia el vecino, el desacato a las autoridades, la impuntualidad en los compromisos, y hasta en la delincuencia impune, como características del sistema democrático. Mal puede una comunidad querer sus propias fallas, y la democracia es la organización que sus miembros quieran darse. Democracia no es desorden.
No es democrático un país por el hecho de celebrar elecciones periódicas, o por el título que dé a sus mandatarios. Si no hay espíritu de comunidad política, y de participación de responsabilidades; si no hay respeto religioso por el sufragio, o por la simple expresión del pensamiento, o por la majestad de los tribunales de justicia, no hay vida democrática. Democracia no es demagogia.
Alardeando de original debo advertir, porque esto no se ha dicho más que mil veces, que los defectos mencionados, y el mayor de todos, que adelante elogiaré, no son exclusivas bendiciones del régimen democrático, sino plagas de todos los sistemas, que cunden en proporción inversa al grado de cultura general, y sobre todo a la competencia de los hombres de gobierno.
Y no necesito, en defensa de la decencia humana, parangonarla con la hecatombe de todos los principios en las tres actuales dictaduras europeas. Mejor dicho, no
puedo. Me falta serenidad, me falta resistencia física para pensar siquiera en ellas.
Alguien dijo que las páginas negras de la Historia tienen para las generaciones venideras
un cierto valor terapéutico: les sirven de vomitivo. Pero no éstas, ¡rayos y centellas!, que nuestros nietos lectores no podrán sino arrancar del magno libro, con pinzas de
platino, y lanzarlas al crematorio de la inmundicia, para evitar que se les pudra el
alma!
Pero si es innecesario, si es fútil desahogarse contra lo que no merece más que olvido, es al mismo tiempo un deber manifestar, con energía de dinamita, a los títeres de Atila y sus satélites, que también nosotros, los hombres amantes de la paz y los principios nobles, sentimos circular este carmín que se vierte antes que helarse ante sus planes infernales. Que algo más que plumas de oro supieron esgrimir Bolívar, Lincoln y Martí. Y que si creen ellos haber inventado algo nuevo con su ética nicheniana, esclavizando a sus pobres pueblos, y sorprendiendo la buena fe de las gentes civilizadas, que hagan girar el munda hacía atrás, diez mil años, y se encontrarán en su elemento. De donde fatalmente plugo a los dioses dejarlos salir, para el martirio de los mortales.
Cambiemos de pensamiento, porque tenemos que vivir. Consideremos solamente en esta discusión la alternativa respetable de los hombres sinceros que, hastiados de las imperfecciones del gobierno de todos, creen preferir un régimen autocrático honesto, que escriba las leyes con la espada —diz que con frecuencia analfabeta— y esgrima por batuta el garrote policíaco. Y los invito gentilmente a que comprueben la excelencia de su tesis, que no discuto, suscribiendo acciones de una compañía que no les rinda informes, ni les conceda voz ni voto, y que talvez los persiga y encarcele, y los fusile o los deporte, si emiten opinión sobre la marcha de la empresa de que son legítimos condueños.
Y agrego esta observación reveladora: los países no son propiedad de los gobiernos. Exceptuando la ínsula Barataría, y el Imperio insular de Hirohito, nieto del sol.
Sufre la democracia de grave enfermedad, que aún amenaza ser fatal, y lo fue en Francia. No es dolencia que tenga por agentes de microbios invisibles, difíciles de localizar y acorralar, sino el pulpo gigantesco, omnipresente y conspículo,de la política. Científicamente, Pulpus Políticus.
La política, en el sentido despectivo que el término se ha ganado, es una actividad ejercida como profesión por gentes que ambicionan posesiones, honores y retribuciones, sin ningún interés administrativo sano, sin ninguna preparación preliminar, sin ningún sentimiento de la responsabilidad que implica el mando.
La persona que contrae la enfermedad se dedica por entero a granjearse simpatías, tanto de los políticos influyentes, como de los votantes que han de ser su clientela electoral. En esa gira donjuanesca se prodigan las ofertas y las dádivas, de lo propio y de lo ajeno, más que nada de lo público. No hay escollos de rectitud que no se evadan, ni genuflexiones rastreras a que no se llegue, en la campaña seductora de simpatizadores y secuaces. Sólo hay un meloso quedar bien con palmoteos y aprobaciones, y un no comprometerse nunca con expresiones de opinión esclarecida y definida.
Es sorprendente, es increíble la irresponsabilidad con que el político ignora la necesidad de prepararse para el ejercicio concienzudo de cualquier puesto público, y disipa en cambio su energía en habilidosa maquinación de ajedrecista, si no de saltimbaqui. El joven que aspira a ser médico, tenedor de libros o albañil, comienza por formarse; y el adiestramiento es más extenso cuanto mayor la aspiración. El hombre que alcanza elevada posición en la actividad colectiva privada, ha mostrado su aptitud en los peldaños anteriores. El ciudadano que se lanza a la aventura en el mar de la política, puede abordar al acaso una gobernación, visitaduría escolar, legislatura o posición ejecutiva, sin la brújula del conocimiento, sin la luz de la inspiración, sin la credencial de pericia y probidad, en la determinación del rumbo de la nave pública.
Y una vez en el timón, de modesta dependencia o de elevado cuerpo directivo, sigue por inercia la orgía profanadora. Y al compás del tambor aprobador de una
prensa inconsciente, o silenciada, o bajo las descargas de una prensa que clama en el
desierto, baila la cofradía de los políticos en el escenario del poder, sin más preocupación que la de elegir sucesores idóneos, para que sucedan los sucesos susodichos, en las
administraciones sucesivas.
Y pensar que esta barbarie primitiva en la actividad gubernativa coexiste con la
eficiencia refinada de las grandes empresas industriales, y con el mundo de la técnica,
donde los especialistas desintegran el átomo, y predicen sin errores hasta el curso de los
vientos veleidosos!
Y
pensar que los políticos, carcoma de las democracias, desmembraron la estructura de la República Francesa, faro de la humanidad, y la hicieron derrumbarse sin
cohesión al primer soplo de los nortes, cuando cayeron incontables, cual las hojas, sus
guerreros, en el más helado y mustio de todos los otoños!
Francia de Voltaire, Francia inmortal, a veces sabia y a veces mártir: hoy no hay Palabras que no rehusen expresar tus amarguras; mas esa luz que siempre irradias, de tus cerebros o de tus heridas, proyéctase con claridad deslumbradora sobre espantado firmamento, exhibiendo ante los pueblos de la tierra, que tienen ojos y no ven, la siniestra labor de los políticos!
Identificar, empero, el majestuoso desfile de las normas democráticas, con el irreverente carnaval politiquero, es confundir al árbol de la vida cívica con su infértil matapalo. Y desmayar considerando inamputable esa hipertrofia, es contrario a la experiencia animadora de pretéritas conquistas, y a la aspiración del espíritu del hombre en sociedad.
Toda descomposición tiene su límite, ya sea el trágico desenlace o la ansiada mejoría. Y como la sociedad entera no está dispuesta a hundirse minada por los topos; y como más bien las demandas de aptitud en los gobiernos van creciendo, con el traslado gradual de la gestión económica de los individuos al Estado: los hombres de conciencia cívica, y médula incorrupta, se han de juntar con los hombres de capacidad creadora en democrática brigada, que barra el templo de voraces mercaderes, y lave hasta los despojos de sus impuras transacciones.
Y prepárense a recibir con menosprecio las más absurdas imputaciones difamatorias. Porque los políticos de hoy heredaron de sus antepasados en las cortes europeas, junto con el desconocimiento de sus responsabilidades, la perfidia; y la táctica defensiva de los calamares, que se protegen exudando negra tinta en su contorno, incapaces de batirse en aguas limpias.
Tampoco han de dejarse sorprender por el sofisma. Toda corrupción viene de arriba. Es pretexto pueril de quienes dan el tono, fingir que sólo siguen el compás. Demasiado tiempo hemos oído a las clases directoras excusar el abandono de sus obligaciones, en la falta de aspiración mejoradora de las clases dirigidas; demasiado tiempo los países conquistadores han achacado a la desidia de sus víctimas el estancamiento en que persisten: demasiado tiempo los políticos inescrupulosos e impreparados, que aprovechan para mantenerse en el poder el desdén, erróneo, de los hombres de empresa hacia la vida pública, han pretendido ser exponentes del nivel medio de civismo, y seguir la corriente de opinión que prevalece. ¡Sofismas! Lo cierto es que la batuta da la pauta. Y que en los países, como en las organizaciones, prevalece un cierto espíritu que se propaga por ondulaciones descendentes, imprimiendo a las colectividades la fisonomía moral de sus directores. Cada gobierno tiene el país que se merece. En las virtudes cívicas, y en muchas otras, los hombres responden al estímulo: si ennoblecedor, se yerguen; si enervador, se postran; si corruptor, se prostituyen.
La actividad eleccionaria ha de ser sencillamente, dentro de las limitaciones humanas, el medio inteligente y decoroso de elegir a los más aptos. ¡Y debe cesar ahí! ¡No digáis que no se puede; trabajad por que se pueda! Yo respondo al menos de un país americano donde el suelo está labrado ya, y hay semilla, y hay atmósfera apropiada, para que libre crezca y fecundo, y en sus nudos anide la guaría morada, el sauce, verde siempre, del democrático vivir. Yo respondo al menos de un costarricense que dejará de serlo, tras lucha corta o larga, si no vuelve a brillar, ascendiendo en magnitud, la estrella de la República. Porque no ha de renacer pálidamente, en el tenue fulgor de sus pobrezas, adormecida en una aureola de pacíficas virtudes; se ha de levantar con nuevo brío después de esta caída que le ha hecho abrir los ojos, y los ha de fijar más en el estadista austero que en el político sonriente; más en la competencia que en la vanidad; más en el sentimiento de responsabilidad, que en el deseo de inmerecido encumbramiento. Y nuestra generación no se ha de conformar con desherbar el huerto de la cívica heredad; tiempo es ya de que produzca; la nación puede ser, y quiere ser, y debe ser digna, civilizada y próspera. Ha de trabajar a todo brazo, a toda mente y
corazón, para ser rica, para poder ser culta; porque una elevada cultura colectiva, cual las magnolias, es flor de árbol robusto. Y en lugar de estériles volcanes nuestro escudo ha de ostentar, en expresión de nuestro anhelo, el cuerno de la abundancia y el busto de Minerva.
No hay más que comparar el ambiente de las primeras civilizaciones, cavernoso y lúgubre, con los destellos, aún de aurora, de las comunidades adelantadas de hoy; no hay más que ver crecer en la mente humana el deseo del saber, de compenetrarse con el mundo que la envuelve, con la sociedad que la rige; para juzgar si el hombre avanza hacia más pura y definida democracia, que es la luz, o retrocede a dictadura primitiva, que es la oscuridad del camino por donde viaja.
Contrario a lo que oímos a menudo, la dictadura es fatalmente ineficiente, porque prescinde de la iniciativa de sus vasallos; la democracia es esencialmente eficiente, porque es la suma de las inteligencias libres de sus miembros. La dictadura es efímera, como el período de lucidez de un hombre; la democracia es estable, como organismo vivo de renovación constante. La dictadura es pesimista, porque presupone la in con ciencia de las masas, y cree en la persistencia de su ignorancia: la democracia es optimista, porque necesita la actuación consciente de cada ciudadano, y cree en el avance gradual de la cultura. La una envilece, la otra dignifica. La dictadura mira hacia atrás, y es el estancamiento, la lobreguez, la muerte; la democracia mira adelante, y es la evolución, el explendor, la vida.
Socialismo
El hombre primitivo, en incesante lucha individual contra las fieras que amenazaban su vida a cada paso, hacía aún más precaria su existencia por el antagonismo general que sostenía entre los miembros de la especie.
Con el tiempo, y como resultado casual de pequeñas experiencias, empezó a vislumbrar en el limbo de su embriónico intelecto, el fulgor indeciso de una idea, que al amanecer fue tibio sol alentador, y que se levanta, aún hoy muy lejos de su cénit, dando vida y luz a la humana inteligencia, y conduciéndola hacia un mundo de plenitud no imaginada.
Fue la idea racional de la colaboración, sugerida por el instinto mismo de la vida, contrapuesta al impulso natural de antagonismo, que destruiría la especie.
Inconscientemente nació la sociedad, y la defensa personal pasó del individuo al grupo, a cambio de la sujeción a la ley, y de la participación en la actividad común. Los hombres decidieron cooperar en la defensa de sus vidas.
Extenso frente en la lucha de la existencia es el que atiende al suministro de menesteres, la actividad económica, cuya importancia se acrecienta cada día con el aumento del consumo de mercancías y servicios. También evoluciona este sector desde la pugna individual, o antagonismo, hacia la acción social organizada, o colaboración.
La división del trabajo, más acentuada cuanto más grande es el grupo, y la intervención reguladora del Estado en los negocios, cada día más sentida en nuestro tiempo, no son triunfos de una u otra ideología, sino el avance racional de la sociedad hacia un esfuerzo económico científicamente coordinado, con miras de eficiencia y equidad.
Socialismo es la aspiración hacia un orden económico en que cada cual da el máximo de sus capacidades en la producción organizada de menesteres, a cambio de normas de vida tan elevadas como permitan la riqueza acumulada y el producto cotidiano del trabajo general.
Porque creo que el socialismo, como el avance de la civilización, no puede perjudicar a nadie, y sí beneficiar a todos; porque creo que los dos bandos actuales de opinión, izquierdas y derechas, están igualmente prejuiciados, y ambos retardan, con somero raciocinio, la marcha de la sociedad hacia el bienestar mayor posible; porque creo en la sinceridad de gran número de fieles de ambas sectas, cuyas razones he escuchado, cuyos anhelos he sentido; me esforzaré en proyectar sobre la noche del problema el lánguido hilo de luz que de mi intelecto emane, el soplo estimulante de mi fe.
Revolucionarios sociales y conservadores burgueses: vuestra bandera es la misma, el antagonismo. He ahí un error común a todos. El sistema de libre competencia, aguzando la inteligencia y el esfuerzo, ha logrado producir mucha riqueza. En un estado primitivo de pobreza general, las fuerzas de la naturaleza actuaron, y los resultados son palpables: casi todos los bienes de que hoy disfruta el hombre son producto de un trabajo individual, o al menos ejercido con miras de provecho personal. Este régimen, esencialmente práctico, tiene su filosofía: la que opina que de la multiplicidad de intereses en pugna, cada hombre tras lo suyo, nace el bienestar general. Bastante bienestar ha nacido de la libre competencia, pero no el general, ni siquiera el de los más.
Las fuerzas de la naturaleza llevan en sí mismas su limitación. "Y de esta verdad te podría traer tantos ejemplos que te cansaran". El que hoy nos interesa es éste: el capitalismo, o régimen de mano libre, desconociendo que la producción y manejo de bienes destinados al consumo de todos es, por esta circunstancia, una actividad esencialmente social, y no privada, derrocha energías despiadadamente al duplicar servicios sin necesidad, al destruir mercancías por especulación, y en múltiples maneras más; crea una división de clases arbitraria y perjudicial al grupo, entre los elementos directores y los ejecutores de la actividad productiva, realmente trabajadores todos con funciones distribuidas; sustrae a la sociedad el beneficio de las capacidades cultivadas de los individuos más pudientes, dedicándolas a maquinaciones pequeñas e infecundas; refina el natural egoísmo de la bestia humana, y reduce el campo en que se podrían desarrollar su mente y corazón. Y, lo peor de todo, enarbola con fiereza la bandera milenaria del antagonismo, poniendo a cada empresario individual en situación de pugna viva con sus competidores, cuyos esfuerzos constructivos procura estrangular; en pugna degradante con la sociedad consumidora, a quien busca dar el mínimo servicio por la mayor retribución; en pugna inhumana con los copartícipes de su actividad, sus subalternos, cuyas personalidades denigra, y cuyos esfuerzos trata de obtener por la menor compensación posible.
Fruto de este antagonismo ineficiente y destructor, que limita la capacidad productiva de la sociedad, es la pobreza —relativa al estado de adelanto— en que viven las naciones, donde la mayoría de los habitantes carecen de la mayor parte de los bienes de la época y de las oportunidades de mejoramiento que los eleven a un plano general de estimación; y donde los pocos privilegiados, por el talento o la fortuna, ignoran la satisfacción profunda de ser útiles a algo más grande que sí mismos, y en mirar siempre hacia adentro disipan una vida de infinitos panoramas exteriores.
Contra esa situación visiblemente deplorable que es el mundo de las derechas, militan los ejércitos izquierdos, con sus miles de millones de guerreros descontentos, con sus caudillos y profetas. ¿Y cuáles son su evangelio y su estandarte? Lucha de ideas, en lo filosófico; lucha de clases, en lo social.
La vieja bandera andrajosa del antagonismo se yergue en astas nuevas, y sus clientes exhalan este canto incitador: ¡combatid a los hombres que llevan la batuta en la sinfonía de la producción; repartid como botín, o quemad, la escasa riqueza acumulada, indispensable medio de trabajo; trabajad menos, y de más mala gana, y exigid mayor compensación; entorpeced las actividades con unilaterales pretensiones; sembrad odios, justos o injustos, innecesarios siempre; procurad por todos los medios que se produzca menos... y así tendremos más. ¡Milagrosa fecundidad del antagonismo!
Y la continuación de lo que ya es un disco impreso, pregona al otro lado la excelencia de la dictadura del proletariado. En un mundo que no quiere dictaduras, ni aún de sabios patricios, ¿con qué juicio se puede enardecer a las gentes desprovistas, por la pobreza social y por la administración defectuosa, de toda formación cultural, y embutir en su cerebro la idea de que se impongan por la fuerza de su número, y dicten a su antojo hasta la ley del equilibrio universal!
Yo sé bien que para todo esto hay explicaciones académicas. Yo sé que en las arcas filosóficas del pensamiento revolucionario hay doctrina suficiente, aunque abstracta y discutida, para respaldar las emisiones de los líderes de rectas intenciones. Pero sé también que en ocasiones demasiado numerosas para ser una excepción, al abrigo de las tiendas idealistas acamparon supuestos redentores, en los grandes países industriales, que no fueron sino vampiros de las clases más anémicas, extorsionistas de las más privilegiadas, y entorpecedores de la vital actividad fabril. Sé, además, que aún en el templo de la santa aspiración, junto al culto de teórico precepto alentador, ha de vivir el recuerdo, práctico y amonestador, del uso que el pueblo hace de las doctrinas que asimila, o no asimila, y de la acción a que ellas lo compelen; aunque vieja y conocida es oportuna la fábula del mago principiante, que desató tormentas que no pudo controlar. Y recuerdo ahora saber también, ¡cuántas cosas sé! , que la lucha de clases, con sus agitaciones desorganizadoras y empobrecedoras que provocan la reacción, y en uniones impuras y frecuentes, con los políticos de oficio, trajo al mundo, en alumbramientos bien recientes, las tres monstruosas dictaduras europeas: haciendo cierto, tres tristes veces más, el tétrico aserto de Espinoza, de que los pueblos, ¡infelices!, prefieren las tiranías al caos.
Los males no se curan con más males. Sobre el cuerpo helado de un antagonismo infértil, errónamente se prescribe, con ansia de progenie, el suero de un antagonismo extirpador.
Izquierdas y derechas: permitid que os señale otra laguna común, donde os bañáis ambas en las mismas aguas, con precipitada incomprensión. Ambas desestimáis, entre los factores de la producción, el más sutil de todos, un fluido tan impalpablecomo la electricidad que impulsa los motores, y tan vital como ella: es la aptitud humana. Me explicaré.
Los propietarios se convencen a la larga de que es más económico tener todo muy bueno: implementos agrícolas modernos; maquinarias y correas bien instaladas; plantaciones más limpias que un jardín; bueyes de trabajo bien comidos y lustrosos; vacas puras; edificios de cemento ventilados; estanterías y mostradores bien dispuestos; básculas finas; máquinas exactas de cálculo y registro. Todo flamante, porque paga. Todo hay que cuidarlo y mejorarlo, sin escatimar la atención personal minuciosa, ni aun el gasto; porque de estar bien atendido todo, a no estarlo, de ser eficiente cada elemento de producción a no serlo, hay la diferencia que determina el éxito o fracaso del negocio. ¡Y todo en manos, directa o indirectamente, de un cuerpo de colaboradores descalzos y subnutridos, durmiendo en el húmedo suelo de los ranchos, sin estimulo, ignorantes e irresponsables, de hostilidad solapada, o de ineficaz docilidad canina! El contraste es escalofriante. O yo no entiendo de estas cosas, o éste es un error más colosal que el Chimborazo. Y no hablo aquí de filantropía romántica, sino de estricta eficiencia industrial, del frío cálculo comercial.
Por otro lado, las izquierdas, en su deseo de mejorar su situación, es decir, de que la sociedad produzca más y les dé más, sueñan con una revolución social universal, que degüelle a los ricos, todos juntos en una sola noche, y asuma, por milagro, la administración eficiente de las mil y una actividades productivas del complicado mundo actual.
Olvidan que la capacidad directora de la mayor parte de los hombres de negocios, es un haber social tan valioso al menos, como las máquinas y el suelo; que los organismos administrativos existentes, mientras no haya algo mejor, son tan indispensables a la producción como el brazo ejecutor y la materia prima; que la naturaleza opone montañas de inercia al esfuerzo humano, y que no hay fuerza titánica que las mueva si no las parte el rayo de la inteligencia, ejercitada y diestra.
Cierto que las creadoras aptitudes no son privilegio de una clase; y que dados la oportunidad y el tiempo, otros hombres las desarrollarán tal vez con más pujanza, sobre las cenizas de un mundo devastado. Pero yo os juro, para obligaros a creerlo, que la humanidad no tiene suficiente vocación religiosa para imponerse una década de ayuno.
El factor humano en la producción no es el esfuerzo muscular, sustituíble por la máquina, sino la actividad cerebral del hombre consciente y satisfecho. Más que del suelo, y más que del sudor de nuestra frente, la riqueza procede del esmero personal con que el peón haga la aporca, o dé sal al ganado; del arte con que amolde la espiga el operario, para llenar la escopleadura; de la nitidez con que el mecanógrafo se dirija a la clientela; del cuidado con que el que tenga tienda, la atienda; de la habilidad del empresario, y sus desvelos; de la aptitud e inspiración del estadista.
¿Dije yo que un mal no se cura con otro mal? Pues lo retiro. Mejor dicho, lo modifico. Admito que los movimientos agitadores, más o menos videntes, merecen mi respeto. Porque tienen la virtud, a falta de otras cosas, de despertar a una clase directora olvidadiza y dormilona; de recordarle, por el método sutil de la caverna, el garrotazo, que tres cuartas partes de los pobres pecadores que profanan el planeta no disfrutan más, entre los bienes humanos que de miseria y abandono; que no van a aguantar indefinidamente, al son de las guitarras moralistas, la carga de un sistema de producción que no los nutre; y que si los hombres que llevan la responsabilidad del gobierno, la industria y el comercio, no encuentran un mecanismo más fecundo y justo, ellos al menos se darán el gusto sádico de arrasar el existente. En el lenguaje gráfico de las necesidades primitivas, lo que advierten esos gritos es, que si el capitalismo no da leche para todos, la lucha de clases matará la vaca.
Menos respeto siento, en cambio, por el atávico recurso de gentes al parecer más educadas, que acuden en zozobra al viejo amparo de una férrea dictadura militar, para que mantenga a sangre y fuego el desorden económico existente, y cauterice todo brote de reforma o descontento. Porque esa plancha cobertora, si es tanto su espesor que se imponga en forma estable, viene a ser losa mortuoria. Y si, infinitamente más probable, no contrarresta la potencia del explosivo comprimido, acrecienta el estampido con que estalla algún día todo, volatizando cepos, insignias y galones, sables, botas altas y sacrilegos Tedéums.
La Revolución Social Universal pretende cabalgar sobre el prestigio de la Revolución Francesa, y establecer los derechos económicos del hombre por los mismos métodos, de sangre y gloria, que nos dieron los derechos políticos. Nunca segundas partes fueron buenas. La revolución económica es innecesaria, porque desde la Bastilla hasta nosotros, han corrido mucho las imprentas; es inconveniente, porque su devastación sería incomparablemente superior a todo antecedente; es imposible, porque afecta las cosas más tangibles, de diario consumir, cuya destrucción "temporal" amenazaría la existencia misma de la especie, y en el mejor de los casos, la diezmaría en proporción no imaginada.
Las naciones están hoy ocupadas en la más seria conferencia de la historia. Cuando se levante la sesión; cuando hayamos pisoteado las tiranías que flagelan a los pueblos que llamamos enemigos y pretenden conquistar a los amigos; cuando ingleses y alemanes, japoneses y chinos, se vean libres del azote común, habiendo detenido el huracán de retroceso a la caverna; entonces, al caer las lluvias sobre las pirámides de humanas osamentas, lavando la sangre y extinguiendo el odio, aparecerá en el cielo un arco iris, el socialismo, como ángel, no como espectro. La revolución será innecesaria porque la economía de guerra habrá enseñado a las naciones el camino; será inconveniente, porque el mundo anhelará concordia y paz; será imposible, porque no habrán quedado vidas, ni fortunas, para abastecer de combustible sus hogueras.
Cultivemos, junto al respeto de los hombres, la altivez ante los dioses. Tan falibles como yo son Hegel, Lenin y Carlos Marx. ¿Lucha de ideas? Sea. Sea la lucha de las ideas constructivas, del patrón y el operario honestos, contra las que dicta el egoísmo de corta vista, del agitador o del burgués. ¿Lucha de clases? Sea. Sea la lucha de las clases que entonan el himno del trabajo, con la azada, el martillo, el cerebro o la guitarra, contra las clases de parásitos de arriba y parásitos de abajo. ¿Revolución social? Sea. Sea la revolución contra los métodos de trabajo ineficientes, que no alcanzan a cocer el pan de todos, y contra los métodos entorpecedores, que no cuecen el de nadie. Pero sean, lucha de ideas, lucha de clases, y revolución social, las contiendas de seres racionales, sobre el campo de batalla democrático, donde cada mente es un cañón, donde es cada enemigo nuestro amigo. Y no sean, esto sobre todo, no sean jamás las pugnas fraticidas entre los elementos mismos de la producción, cuyas fuerzas sumadas nos han de sustentar; restadas nos han de aniquilar.
Los problemas son molinos cuyo principio hay que estudiar, cuyo manejo hay que aprender, sin convertirlos en gigantes enemigos, con imaginación audaz, ni mirarlos con horror, con apocado corazón. En un país pequeño, donde los males están bien definidos, y son perfectamente atacables por el frente, la peor manera de enredar la madeja es ponerlo a jugar de gente grande, para encontrarle síntomas de gota, y demás dolencias distinguidas, y recetarle un tratamiento de fiebre artificial, haciéndolo rezar un credo internacional en ruso, ¡pobre criatura! , y seguir un rosario de dogmas que confunden hasta a los sumos sacerdotes.
Nuestros problemas san reales y visibles; sepamos enfocarlos. Nuestra arma natural es nuestra propia pequeñez; sepamos esgrimirla. Nuestros males son la pobreza y la política; sepamos acabarlas.
¡Paz a los hombres sobre la tierra! ¡Capitalismo, lucha de clases, soldados del antagonismo, ¿por qué no descubrís otra vez, como Adán en la selva, que vuestra pugna es suicida; que tenéis enemigos comunes de ilimitadas reservas, cuya destrucción reclama las fuerzas unidas de todos, en consorcio constructivo y racional: la pobreza, la ignorancia, la enfermedad, la naturaleza muerta, la gravedad universal que se opone a todo movimiento! ?
Hombres que ambuláis a la luz de un mismo sol, y que una misma lluvia os baña, ¿por qué no decidís cooperar en la solución del problema común, en la erección de un techo para todos, en la orientación hacia un mundo donde cada necesidad esté al alcance de cada cual, como la muestra que nos dejó Natura en la abundancia de agua y aire! ?
La receta por sí sola es bien sencilla: un cambio de punto de vista en izquierdas y derechas, más un cambio de actitud, en derechas e izquierdas.
Dense cuenta los hombres competentes de la industria y el comercio, los poseedores de la riqueza, de que su actividad es realmente social, y no privada, puesto que a todos sirve; que sus nociones de aprovechamiento y despilfarro, deben ampliarse al tamaño de la economía total; que el gobierno no es festín de politiqueros del que deben mantenerse alejadas con pudor las gentes capaces de labrar su vida en la llanura, sino el negocio más importante de todos, el que debe dar la orientación, y por el que todos estamos llamados a velar; que sus productos y servicios tienen por objeto primordial satisfacer necesidades públicas, pues los trenes no corren para pagar dividendos; que la utilidad o lucro es solamente la recompensa material por su trabajo director, o que el aporte de sus bienes, y que debe recibirse como cualquier otro jornal, acompañada de la satisfacción de haber servido con honra y aptitud; que sus subalternos no son instrumentos de su comodidad personal, sino copartícipes de una actividad común, mediante la división del trabajo; que son ellos acreedores a respeto, como seres humanos de una clase única, y a normas de vida y oportunidades culturales en consonancia con la riqueza general; que es más productivo el trabajo de colaboradores dignos, satisfechos y entusiastas, que el de asalariados hostiles, o siquiera indiferentes; que la verdadera autoridad es la que nace de la competencia personal, y no necesita gritos ni palos para imponerse; que el buen ejemplo ha de venir de los favorecidos con mejor discernimento, y la educación deben impartirla quienes tuvieron la dicha de recibirla, y no es culpa de muchos el tenerla defectuosa; dense cuenta, en fin, los directores, de que el mundo reclama su colaboración paciente y constructiva en las delicadas relaciones económicas y administrativas, y les ofrecen en cambio, junto con las compensaciones tangibles de la vida civilizada, el íntimo gozo de ser útiles.
Dense cuenta los que se encuentran de manera más o menos transitoria, en los grupos ejecutores, de que el pan sólo viene del trabajo; que Roma no creció en un día que no puede haber producción sin orden, ni orden sin autoridad; que no son en realidad servidores de tal o cual negocio, sino de la sociedad, empresa común que reparte las funciones según las aptitudes, y velan por todos igualmente; que toda posición es honrosa si se empeña en ella el espíritu, y denigrante si se desempeña a a la fuerza, o con miras a un provecho personal inmerecido que esa sociedad, al servir a todos por acuerdo inteligente entre los socios, espera de cada cual el máximo de su aptitud y esfuerzo; y que no hay trabajo tan pequeño que pueda proporcionar íntegra mente, la satisfacción de cumplir con el deber.
Así vistas las cosas, y en esa actitud unos y otros, la forma de la organizador económica general carece de importancia: sea que se perfeccione el sistema de comer ció y producción particulares, socialmente inspirados, socialmente dirigidos y financia dos si es preciso, protegidos contra absurdas competencias; o sea que se evolucione en largo tiempo, con una humanidad más educada, hacia la centralización total, con una sola pirámide jerárquica en la actividad económica, como en la administración política; los fines que se persiguen son los mismos: colaboración orientada, en lugar de compe tencia antagónica: estimulo en vez de abandono; clase única, y unión de fuerzas, en lugar de lucha de clases; máximo esfuerzo entusiasta de todos; máxima eficiencia social en el aprovechamiento de ese esfuerzo; máxima distribución de bienes, y de satisfacciones.
Con estas vagas conclusiones, y no pudiendo detallar mil cosas que sólo hacién dolas se describen, cierro aquí mi ferviente homenajeal socialismo. La vida, laboratorio de mi filosofía, me ha de dar oportunidad, porque ya tengo algo andado, de probar sobre el surco, en mayor o menor escala, si se puede o no se puede: si el trabajo de los hombres, ejercido con espíritu de colaboración, con entusiasmo, con dignidad; con dirección técnica y proba, con sano criterio comercial y social; combinando la natu ral autoridad con el estímulo enaltecedor; puede o no puede satisfacer ampliamente las necesidades de todos, en lo material y espiritual.
Entretanto lanzo al viento este puñado de simientes sugestivas, pensando que si acaso alguna de ellas, por el milagro de la fertilidad, acierta a germinar en suelo húmedo y cálido, que le dé vigor para crecer, y servir con sus leños o sus frutos, estas páginas de amor habrán llenado su misión.
Libertad
Musa que dictas las proclamas de los héroes, numen que aleteaste en Gettysburg: si no soy digno de tu aliento, haz al menos que al pasear mi pobre entendimiento escrutador por las naves impolutas de tan augusto templo, no lo profane. Quiero estudiar la Libertad.
En la mañana de un día ya muy lejano, Homo Sapiens solitario se dio cuenta de que podía permanecer en su caverna, húmeda y fría, y entumirse allí, o salir al sol y calentarse. Una vez afuera, podía dejarse comer de las fieras, o refugiarse en un árbol, o matarlas, y servirlas en su nítido menú.
Este fue tal vez el primer descubrimiento inconsciente de nuestro abuelo en la selva; su facultad de elegir entre un curso de acción que le trajese bienestar, y otro que le perjudicarse. A menudo la actividad beneficiosa implicaba algún esfuerzo, o el sacrificio de una satisfacción menor; mientras que la conducta perjudicial era fácil, como la molicie halagadora. A menudo no podía distinguir su intelecto entre una acción y otra, ni predecir los resultados respectivos.
Mas su memoria retenía las experencias, poco placenteras con frecuencia, y su raciocinio formulaba las reglas primitivas: abstenerse de la acción perjudicial: dominar la tendencia a la inacción; actuar de manera constructiva en beneficio de su vida. Su mente dictó las restricciones, y las órdenes positivas; había ejercido la libertad.
Al asociarse el hombre con el hombre para la defensa de su vida, para la consecución de menesteres, y para el mayor desarrollo de su ser, su facultad de elegir su acción se siente limitada por el ejercicio de iguales facultades de los demás miembros del grupo. A veces la conducta beneficiosa para sí, sin perjudicar al vecino, pugna con el interés común. Ha nacido una entidad abstracta, la sociedad, tan llena de necesidades como el hombre individual.
Nueva incertidumbre prevalece al tratar de distinguir, y clasificar, lo saludable y lo nocivo, cuando coexisten, y se enlazan y se cruzan, los intereses míos, los tuyos y los nuestros. Mas sugiere la experiencia nuevas reglas generales, que abarcan la mayoría de los casos, y los hombres las acatan, convencidos de que son su propio bien. Mientras rige la inteligencia hay libertad.
La independencia de los hombres se acentúa cada día, al tiempo que se extiende a un mayor grupo social. Hoy el diestro agricultor de California se informa y se dirige, con la ayuda del mecanismo federal, por lo que haga su colega en la Florida, o por la uva que consuma el oficinista en Nueva York. Hombres cada vez más separados coordinan sus comunes intereses, restringiendo su conducta individual.
Por significativa paradoja, nada nos impone mayores restricciones, más abstractas, que el sistema de vida democrático, que nos obliga a sentir respetuosa tolerancia por el ejercicio de los derechos ajenos, y por las opiniones contrarias a las nuestras.
Y parece concertarse un nuevo enlace en nuestro siglo, para la orientación social de actividades hasta ahora personales y en conflicto unas con otras. Están a punto de tomar los hombres un cambio de actitud, y decidirse a cooperar en la faena, común a todos, de procurarse abrigo de techo, salud, escuela y pan.
Cada nueva asociación trae nuevas reglas de conducta. Mas todas estas restricciones al humano proceder en sociedad, como otrora en primitiva soledad, son la elección inteligente de la acción más sabia y constructiva, y el dominio de los impulsos destructivos, a la luz de la experiencia acumulada. Son el imperio de la mente, y no menguan, sino ensanchan, el campo donde actúa en su libertad.
El error más corriente sobre la libertad no es el de quienes gustan de vivir en el desorden, alterando con hechos el concierto social. Casi todo delincuente sabe bien
que su conducta es nociva, y que las fuerzas tendientes a evitarla, o a castigarla luego, son beneficiosas al grupo, y redundan a la larga en su provecho personal.
La equivocación grave y frecuente es la que sufren en sus juicios los que creen menospreciar la libertad, que no es sino la divina facultad de elegir inteligentemente, y la confunden con el desorden, o desenfrenada potestad de proceder al antojo. Atribuyen a un cuerpo esbelto y definido, las dimensiones desfiguradas de una sombra.
La libertad es un sentimiento; es el gozo del corazón cuando rigen la vida los dictados preclaros de la mente: cual la salud, no se aprecia hasta que se ha perdido; cual la belleza, se aprecia más cuanto mejor se le conoce.
El oso bailador domesticado, el tigre sanguinario entre sus rejas, el dócil can con la cadena al cuello, han perdido su libertad. Una fuerza exterior, irrespetuosa, les priva de su voluntad, imponiéndoles la suya. Pero el hombre discernidor que se priva de la acción perjudicial a su vida o a su grupo, y actúa socialmente, ejerce libertad.
El vasallo de un régimen que irrespeta su persona, en violación del pacto social, o le priva del derecho a contribuir en la elección del derrotero general, ha sido defraudado en legítima acreencia, por la entidad misma encargada de velar por la pureza contractual. Y si no lleva dentro de sí un altar donde arda, inalcanzable, la llama santa de la dignidad, la inapagable sed de libertad, puede quedar reducido a más mísera existencia que su bruto antepasado en la selva sin confín.
Numerosos como las miserias humanas han sido los atropellos de los gobiernos a los derechos ciudadanos. Desde el tiempo de Aristides el Justo, los varones que alientan elevada fe, los que tienen aptitud para juzgar, y el valor de censurar, han sido considerados peligrosos por los tiranuelos incapaces de defender sus actuaciones. Y se ha creído conveniente, con prudencia esquivadora, interponer tierra y mar entre la amenaza de un análisis consciente, y la debilidad de una situación insostenible. Robo de libertad es el exilio, practicado a mansalva por medio de la fuerza pública que la sociedad depositó en quienes juraron merecerla. Asalto de los temerosos, que no quedan impunes ante el escrutinio y el desprecio de la Historia, cuyos laureles desagravian con creces a los Hugos y Montalvos.
Mas el ciudadano de un país donde reina la razón; donde el respeto a la humana dignidad es fundamento de toda relación; donde las restricciones saludables, como las medidas orientadoras, no emanan de un arbitrio individual, estulto o sabio, ni de reducido grupo, sino de la voluntad de quienes forman, mantienen y defienden, conforme al tácito convenio, el agregado social; ha obtenido lo que esperaba de su unión con otros hombres: se ha superado. Porque sus fuerzas físicas, su potencialidad económica, y sobre todo el culto a su majestad de Rey de la Creación, se han multiplicado tantas veces como individuos tiene el grupo. Y es hombre libre.
Entendida la libertad como el imperio de la mente, adquiere para el hombre el valor de lo sagrado. Las viejas religiones supieron algo de esto. El misticismo hindú la encontró en la negación de sí mismo, en el dominio de la bestia humana. El precepto socrático que nos manda conocernos a nosotros mismos, alumbra el camino hacia la misma perfección. Y nada más modelador, más conducente a la perfecta vida social, más inteligente, que el principio cristiano de amar al prójimo como a sí mismo.
Diríase que al florecer la mente humana radiante y acabada, tras proceso evolutivo de millones de períodos sin cuento, miró a su mundo interno y lo encontró
partido, igual que el exterior, por dos grandes tendencias: el impulso del desorden destructor, combatiendo al armónico esfuerzo constructivo. Púsose la mente del lado de la armonía creadora; se revistió de autodominio y ambición, y dio muerte al dragón de la pasión y la molicie. Y al erguirse vencedora sobre el cuerpo del vencido, se encontró anegada de las linfas de un placer jamás sentido, un inefable ardor, un éxtasis sagrado indefinible. Entonces adoró su íntimo gozo, le erigió un templo dentro de sí misma, y le dio por nombre Libertad.
Del universo, la tierra; de la tierra, la vida; de la vida, la fauna; de la fauna, el hombre; del hombre, la mente. La mente humana es el cénit de la Creación, y la libertad es su atributo predilecto; profésanse las dos un culto mutuo: la mente es el sol que, dorándola, la adora; la libertad es la espiga que al abrirse la venera.
PALABRAS GASTADAS, viejos ideales, para mí sois siempre nuevos. Vosotros habéis de hacer que se entiendan los hombres, se respeten y se ayuden. Que les dé valor el recuerdo del camino glorioso que han seguido ya, aunque tortuoso, desde las hordas hasta las repúblicas. Que apliquen los medios comprobados de adelanto multiforme, para que acabe de rayar el alba de la inteligencia humana, ahuyentando, cual la noche, la ignorancia; cual el frío, el dolor; cual las brumas, las miserias. Y al brillar la luz solar sobre la patria mía, si posible no fuere sobre el orbe entero, no alumbre el espectáculo de un niño desvalido, una madre angustiada, un hombre irrespetado, ni un marchito corazón.
Palabras gastadas, Democracia, Socialismo, Libertad, para mí tenéis significado vivo. Sois evangelio triple de mi solitaria fe, que mira tanto al bien inmediato como al cielo remoto: aplicar en el instante el remedio, pequeño si no puede ser grande, parcial si no es total, a los males que tenemos a la vista; y lentamente preparar al hombre para el goce de un reino celestial, que la técnica ha de crear aquí en la tierra, donde el alma no tenga otro solaz que el Arte, ni otro incentivo alentador que la conquista, eternamente incipiente, del Saber.
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