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José Figueres Ferrer

 

La Social Democracia

José Figueres Ferrer

Los pobres de la tierra.org

De "La pobreza de las naciones"

1973

 

 

Los capítulos publicados corresponden a:

Introducción (La Social Democracia),

Primera Parte: La Cuestión Internacional (Explotación, parasitismo, simbiosis);

Tercera Parte: La Cuestión Económica (Creación y Responsabilidad); y La Economía Mixta;

Conclusión: La Sociedad Frugal (Nota y selección original de Alfonso Carro)

 

A John Stuart Mili, tendedor de puentes; apóstol de la solución racional

Con muchos nombres y variaciones, las lineas generales de la Democracia Social son las que inspiran hoy, en mayor o menor grado, a todas las sociedades que llevan adelante su desarrollo económico bajo gobiernos representativos.

Cada día es más difícil usar los votos de las mayorías desposeídas para favorecer solamente a las minorías propietarias. El poder político se impone.

El pensamiento Social-Demócrata es ahora más pragmático que doctrinario. No es patrimonio de ningún partido político ni grupo de partidos, ni contiene que yo sepa, ningún concepto esotérico.

El término Social-Democracia fue usado por Lenin y varios antecesores y sucesores, para denominar el programa que se proponían desarrollar en la Europa y en la Rusia urbana de principios de este siglo. Este programa fue también bandera política en la lucha liberadora contra el Zarismo.

El movimiento no era, ni en filosofía ni en acción, tan democrático como el fabianismo inglés y demás socialismos europeos, ni tan abiertamente dictatorial como el Partido Comunista que le sucedió.

Varios grupos importantes cambiaron el nombre Social-Demócrata por el de Partido Comunista, con motivo de la decepción que sufrieron los dirigentes socialistas europeos durante la guerra de 1914 a 1918.

Sus prosélitos se dividieron en líneas nacionalistas y pelearon por sus respectivos países, en vez de agruparse internacionalmente por clases como se esperaba.

Los Social-Demócratas que conservaron el nombre y la devoción a la libertad, han estado en el poder prácticamente cuarenta años en los Países Encandinavos, Finlandia, Holanda y otras naciones de Europa y del Pacífico Sur, desde 1969 en Austria y desde 1971 en Alemania.

En Inglaterra el Partido Laborista es heredero de las mismas ideas social-democráticas, moldeadas "a la inglesa" por los nobles filósofos fabianos. A pesar de estar más tiempo fuera del Gobierno que dentro, el Partido ha influido notablemente en la vida del país.

Los mismos Conservadores británicos, igual que los escandinavos, sostienen tesis que serían revolucionarias en más de un país nuestro.

En Alemania el viejo Partido Socialista abandonó el credo marxista en 1959, y adoptó una nueva Carta Fundamental que es tal vez el documento más importante de la Social-Democracia europea. Está en el poder en coalición, y lucha por terminar la guerra fría.

En Israel, el Partido Mapai, social-demócrata, ha sido el grupo más fuerte desde que se fundó el Estado en 1948, y gobierna también en coalición.

En toda Europa Occidental cuesta saber cuál partido es "socialista", y cuál es "conservador". Todo es cuestión de grados.

La filosofía Social-Democrática, vista a grandes rasgos y sin partidismos electorales se ha impuesto ya, o influye decisivamente, en todo lo que nosotros llamamos el mundo democrático.

* * *

Algunos latinoamericanos y algunos observadores de Norteamérica creen que los Partidos Social-Demócratas, o Populares, o de Izquierda Democrática, son los únicos exponentes en el Nuevo Mundo de esta orientación filosófica general. Este error se debe a los visibles nexos que esos grupos mantienen con la Internacional Social-Democrática europea.

Pero este pensamiento político, no bien definido ni entendido por muchas personas, es en realidad más amplio. Aparece en varios países con diversos nombres y con variantes locales, a veces en partidos electoralmente en pugna unos con otros.

Sus mayores agrupaciones en América han sido hasta ahora: el Apra del Perú, Acción Democrática de Venezuela, el Partido Liberación Nacional de Costa Rica y el Partido Popular de Puerto Rico.

Visto en cuadro americano con toda amplitud, tal vez el primer grupo social-demócrata del hemisferio fue el Batllismo de Uruguay.

La Revolución Mexicana, después de su etapa heroica, sigue hoy una modalidad propia, vigorosa, de la democracia social.

Los principales dirigentes de la Revolución Boliviana, que se halla todavía en circunstancias difíciles, son exponentes de esa misma orientación.

La Democracia Cristiana mundial, conservadora en Europa y revolucionaría en America Latina, ha llevado sin embargo al gobierno, de dos países nuestros, a dos notables estadistas de filosofía prácticamente social-democrática.

También son afines los Socialistas y los Radicales de Argentina y Chile, los Auténticos de Cuba y sus jóvenes seguidores exiliados, los Liberales de Colombia y Honduras y los Revolucionarios de varios países, entre otros grupos y nombres.

En cada país se dan explicables pugnas por el poder, mas en casi todos los partidos hay dirigentes que participan de las ideas social-democráticas de hoy. Aún los regímenes militares más recientes están mostrando una nueva preocupación social.

En Estados Unidos, el Nuevo Rumbo del Presidente Roosevelt, que acuñó la trase Economía Mixta" y muchas otras más, fue en su tiempo el mayor propulsor de lo que ahora llamamos Social-Democracia.

Esta es hoy la filosofía predominante entre los liberales de Estados Unidos y Canadá.

Su lógica y su influencia son tales que el actual Presidente Nixon, supuestamente conservador, está tomando medidas en el campo social y en el manejo de la economía, de tinte netamente social-democrático.

* * *

Desde otro punto de vista, la Social-Democracia no es una fórmula simple, como las dictaduras. Es difícil de entender, porque contiene preceptos éticos. Es una concepción elevada del ser humano.

La gente se pregunta: ¿Cómo va un hombre a esforzarse por el bien de todos? ¿Cómo va un empresario a pensar en algo que no sean utilidades? ¿Cómo va un trabajador a pensar en algo que no sea salarios? ¿Por qué ha de actuar nadie en "su negocio", en "su puesto", con responsabilidad social?

Olvidan algunos que tanto la democracia como el cristianismo parten de una estimación optimista del hombre; de un alto concepto de su dignidad; de una fe en su poder de superar los instintos animales ancestrales.

En medio del escepticismo de algunos, la responsabilidad social del empresario y del trabajador se están manifestando. Aparecen en más casos de los que mucha gente cree. Por otra parte, la alternativa opuesta, la no creencia en la educabilidad del hombre, sería la creencia en la eficiencia única del látigo.

Con esa creencia negativa en lo económico, no se salvaría la libertad en lo político.

* * *

He ofrecido repetir, y ya es repetición decir aquí, en resumen hasta ahora, lo que entiendo por Democracia Social. A la vez adelantaré otras ideas social-democráticas adicionales, que se desarrollan en el curso de este ensayo.

En un sentido amplio, no dogmático ni ligado a ningún partido electoral, la Social-Democracia propone:

a) Libertad Política: gobierno representativo, ceñido a la ley y a la dignidad del ser humano.

b) Economía Mixta: de propiedad en parte privada y en parte pública de los instrumentos de producción.

c) Empresa Libre: con responsabilidad social y con apoyo del Estado.

d) Planificación: con criterio de prioridades para el mejor aprovechamiento de los recursos de la ecounidad.

e) Concepto Empresarial: en vez del concepto familiar o personal de la actividad económica.

f) Adopción de estos principios: La actividad económica es una función social.


El empresario y el trabajador son servidores de la sociedad. Las firmas establecidas, grandes o pequeñas, son concesionarias de la ecounidad, para el suministro de bienes y servicios; sus utilidades comprueban su eficiencia, y al reinvertirse llenan una nueva función social.

Los ahorros personales que se invierten, enriquecen la ecounidad nacional.

La Social-Democracia es una actitud humanista. Su objetivo es procurar que se satisfagan, con el trabajo de todos, las necesidades de todos, en Comida y Techo, Ropa y Trabajo, Educación y Salud; y Paz Social. Todo eso sin sacrificar la libertad.

Paso ahora a analizar la primera de las tres grandes causas de la Pobreza de las Naciones: La Cuestión Internacional.

* * *

 

V.— Explotación, Parasitismo, Simbiosis

Hay tres posibles géneros de relación entre las ecounidades, como entre los demás seres vivientes. La primera fórmula es ía mas primitiva: La Explotación.

El pez grande se come al chico. El tostador de café compra el grano más barato, usando la fuerza de la ecounidad mayor y empobreciendo a la ecounidad menor. Este fenómeno se llama, biológica y económicamente, y sin demagogia, Explotación.

Con el tiempo, si el proceso civilizador avanza, los países ricos empiezan a descubrir que les conviene más el equilibrio mundial que la preponderancia nacional. Nace, después de la Segunda Gran Guerra, la Ayuda Exterior.

En la historia de las naciones, bastante conocida, y en la historia de las ecounidades, casi totalmente ignorada, la ayuda exterior revela un gran cambio de actitud en los países fuertes.

Es otra vez el descubrimiento de que vale mas cooperar que antagonizar; ayudar que explotar. Es otra vez el advenimiento del ser racional o moral, sobre el ser natural. Es otra vez la aparición de la ética, no ya entre los individuos ni entre las clases, sino en la lucha de las ecounidades.

Pero la asistencia internacional ha de ser como la caridad cristiana bien entendida, que dignifica a quien da y a quien recibe; no como la limosna por salir del paso, que endurece al uno y humilla al otro.

A falta de organismos reguladores de la relación económica entre las ecounidades, la ayuda exterior es un antídoto de la Explotación. Es el principio de un mecanismo compensador.

Los seres vivientes muestran también otra tendencia, hacia un segundo género en relación indeseable: el Parasitismo.

En el trato entre débiles y fuertes, el débil, tanto si es ayudado como si es explotado (y a menudo es ambas cosas a la vez), tiende a convertirse en parásito.

Hay países pobres que pasan, al menos temporalmente, de ía explotación al parasitismo. Pero ese paso no es en realidad el nacimiento de un segundo mal. La relación parasítica ya existía en el primero. Había comenzado durante la época de la Explotación. Ambos fenómenos suelen ser simultáneos.

En el inicio de ciertas relaciones, al tratar de establecer la Explotación (al adiestrar al buey, al cazar al esclavo, al conquistar al país), el candidato a explotado resiste. Y sigue resistiendo después, con altos y bajos en intensidad, por algún tiempo. Pero a medida que avanza su sospecha de que la resistencia será estéril, sobreviene la fatiga. Viene una compensación enfermiza. El explotado busca su acomodamiento en el Parasitismo.

Tal vez por eso las potencias coloniales acaban por estar anuentes a conceder independencias. El buen negocio que inventó la Compañía de las Indias, a la postre resulta mal negocio.

Después de la independencia, los ex-amos reciben una nueva sorpresa: los liberados no pueden vivir sin ayuda exterior. Había avanzado demasiado durante la colonia

el Parasitismo. No se puede erradicar ahora con simple cirugía, sin grandes trans fusiones.

Cuando algunos diputados y periodistas de las naciones que dan ayuda exterior se quejan de algún abuso de los países que la reciben, se les puede contestar que no ha sido la ayuda de hoy, sino la Explotación de ayer, la causa del Parasitismo.

Al final del siglo viente la humanidad despierta a la idea de la integración mundial. Cuanto más se acumulen entre tanto los males; cuanto más tiempo sigan las ecounidades fuertes explotando (aunque sea por inadvertencia) alas ecounidades débiles en el comercio internacional, más estarán sembrando la simiente del Parasitismo.

Pensando en lo que ha costado en el último siglo y medio disminuir otros vicios y deficiencias, como el analfabetismo, se puede uno imaginar lo que costara en las décadas venideras eliminar el Parasitismo.

* * *

La Naturaleza, que nos sorprende cada día más a medida que descubrimos sus complejidades, nos ofrece una tercera fórmula de relación, la más deseable, entre el ser débil y el ser fuerte: la Simbiosis.

Desde que yo pude comprar en Boston en 1925 mi viejo diccionario Webster, tan rico en etimologías, la voz griega Simbiosis ha evocado para mí un beneficio recíproco. Es la íntima asociación de dos organismos disímiles que viven juntos ayudándose uno a otro.

El fenómeno simbiótico se da a veces entre dos animales distantes en la escala zoológica: el pajarito que se hospeda y vive sobre el lomo del cuadrúpedo, proveyéndose de insectos y de medio de transporte, también se remonta al aire como ágil observador, y anuncia los peligros a su rústico anfitrión.

Entre dos plantas: las trepadoras que encuentran sostén en ciertos árboles, también les dan frescor y atraen con sus frutos a los animales que les fertilizan el terreno.

En el campo de Costa Rica, la mata de chayote, una enredadera, crece lozana y da cosecha abundante en el árbol de güitite; pero su frescor hace que el árbol produzca las uvas diminutas, que atraen más y más a los pájaros que le cantan y le abonan las raíces.

Entre animales y plantas: los grandes que se nutren de los pastos, también fertilizan la pradera.

* * *

Para que la sociedad de las naciones no fracase, las ecounidades fuertes necesitan limitar sus fuerzas y cambiar sus relaciones con las ecounidades débiles, evitando igualmente la Explotación y el Parasitismo, y estableciendo la Simbiosis.

Para los escépticos, puedo mencionar una experiencia histórica reciente. Cuando la Era Industrial domesticó al campesino europeo y lo convirtió en obrero de fábrica, abrió las puertas a una nueva Explotación del débil. Se intensificó la lucha de las clases. Se rompieron muchas cabezas. Se llegó a afirmar que la sociedad industrial fracasaría.

Menos de dos siglos después la democracia ha logrado balancearla fuerza política del trabajador con la fuerza económica del empresario. Las naciones industriales son las que más han mejorado la vida del obrero.

Los principales instrumentos del progreso social en el mundo de Occidente han sido; a) los salarios, que reparten el ingreso individual de cada empresa; b) los impuestos, que reparten el ingreso general de la nación.

Lo que se logró en dos siglos dentro de cada ecounidad social-democrática avanzada se logrará ahora en menos tiempo en la arena internacional. El día que no ha llegado llegará. La lucha de las ecounidades, la Explotación y el Parasitismo cederán su lugar a la Simbiosis.

* * *

Al final del siglo veinte la relación entre ecounidades débiles y fuertes es aún tan primitiva como fue la relación entre patronos y trabajadores durante el siglo diecinueve.

En aquel tiempo la idea de establecer la justicia social era blasfemia. En nuestro tiempo, hasta dos o tres décadas atrás, la idea de regular el mercado internacional era blasfemia.

Sin embargo han comenzado a aparecer los cambios. Las fuerzas económicas y sectarias van cediendo, Ceden, visiblemente por su propio interés; pero al ceder demuestran que la regulación del mercado mundial es necesaria y mutuamente beneficiosa.

El trigo del Norte que compramos los consumidores del trópico no se abarata cuando hay sobrantes de producción. Su precio está regulado.

Los automóviles que nosotros importamos tampoco se abaratan. En ciertos artículos no es pecado regular los precios, Algún día no lo será tampoco en los artículos que nosotros exportemos.

Por algo se empieza, y ya se ha empezado.

El azúcar del trópico está protegido en los mercados del Norte por un sistema de cuotas desde nao; más de treinta años. El régimen se estableció, es cierto, para ayudar a los inversionistas europeos y norteamericanos en Cuba, y a los productores de caña y remolacha en Florida, Louisiana y California. Pero, inevitablemente, la regulación ayuda también a los países exportadores.

La carne que los Estados Unidos importa, también está sujeta a cuotas para proteger a sus ganaderos. Pero la estabilidad del precio beneficia a los ganaderos nuestros.

El petróleo se defiende con acuerdos mundiales, iniciados por las compañías en 1928. Pero a la vez ganan Venezuela, los países árabes y los demás afortunados del aceite mineral.

Los textiles son "víctimas" de toda clase de intervenciones y racionamientos voluntarios" en los países importadores, pero las mismas limitaciones suelen favorecer a los países exportadores.

Lo importante es que los altos sacerdotes han roto, ellos mismos, el tabú.

Nuestro café ya ha empezado a recibir el beneficio de la herejía. Si no hubiera sido por el Tratado Mundial en 1962, el café habría pasado por una situación peor que la crisis de los años 60.

Es irresistible la tendencia a estabilizar los precios nacionales e internacionales de manera que fomenten el desarrollo mundial. Hasta ahora sólo se han mantenido precios altos cuando la regulación interesa en primer término a las ecounidades ricas. Pero aun eso es un comienzo.

En la década de los 70 predomina todavía, en el trato entre ecounidades ricas y pobres, la Explotación, con brotes de Parasitismo. No habrá desarrollo mundial mientras no se establezca la Simbiosis.

 

V.— Creación y Responsabilidad

Un sistema Social-Democrático no puede dar todos sus beneficios mientras no se aprecie la función creadora del empresario, ni el aporte del trabajador; mientras no se exija a ambos su responsabilidad social.

Mientras nuestro sistema económico no cumpla su cometido, que es producir el bienestar de todos, estará expuesto a los ataques de quienes quieren abolirlo.

La responsabilidad social no es sólo la noble inclinación a cooperar en obras de beneficencia, como creen algunas personas caritativas. Va mucho más allá. Es la actitud consciente, creadora, de participar en el esfuerzo económico del país; de producir o comerciar para satisfacer necesidades del público, sintiendo en ello satisfacción; es una actitud que contrasta con la mera fruición de acumular, si no es para servir; que ve en las ganancias legítimas una prueba de eficiencia y aptitud.

La responsabilidad social es un sentimiento solidario entre la empresa, el trabajador y la comunidad. Es cierto que todavía muchos hombres de negocios creen que trabajan sólo "por ganar dinero", sin interesarse en el mayor o menor servicio que presten a la sociedad. También es verdad que muchos empleados y trabajadores no piensan sino en el sueldo que reciben. La naturaleza humana es así. Pero la sociedad tiene sus medios defensivos y cada día procura más que el bien individual y el bien común coincidan en todo lo posible. Igual sucede con el respeto a la ley y a la moral.

Para algunos fines prácticos da lo mismo creer que la tierra gira sobre su eje, o que el sol gira alrededor de la tierra; la duración del día y la noche, y los efectos de la luz solar, son los mismos.

El hombre de negocios a menudo se engaña creyendo que trabaja solamente para sí mismo, en busca de utilidades, cuando en realidad presta al menos dos servicios al público: la producción de bienes y la capitalización.

Por uno u otro móvil, el cafetalero produce el café y el panadero el pan; y el día y la noche se suceden sin cesar. Pero el enriquecimiento del país y la difusión de la ciencia son mayores, cuanto mejor entienda la gente la responsabilidad social del empresario y el trabajador, y el fenómeno de la rotación terrestre.

* * *

Es interesante ver cómo coinciden en esta materia la filosofía social-democrática y la doctrina social de la Iglesia Católica, expresada en las Encíclicas Papales.

Según ambas, es anacrónico creer, por parte de unos, que capitalizar sea pecado; y, por parte de otros, que las utilidades empresariales puedan gastarse como si fueran ingresos personales.

También es anacrónico sostener que las pérdidas del agricultor de buena fe deben ser solamente suyas y no de la ecounidad.

Estamos lejos todavía de manejar la economía con unidad de propósito, como requiere la producción eficiente y justa. Por eso se sigue hablando del fracaso de nuestro sistema de libre empresa, y recomendando el paso a la socialización total, o el regreso al capitalismo sin frenos, o al feudalismo, o al fascismo.

Todavía el banco "le hace el favor" al fabricante de prestarle dinero para materias primas. Le pide al industrial que hipoteque la casa de su familia, para dotar de capital de trabajo a su fábrica. Duda del individuo emprendedor que necesita más y más recursos, conforme a su crecimiento empresarial. Limita la capacidad del negocio, no porque le falte mercado, sino porque sus directores no tienen más prendas que empeñar Y desprestigia a quien no devuelve a tiempo el capital que la empresa sigue necesitando para cumplir con su misión.

Nuestra sociedad por una parte espera que el hombre de empresa lo dé todo: fuerzas, talento, iniciativas y congojas; y que lo arriesgue todo: bienes, salud y hasta buen nombre, en el afán de producir. Si le va mal, lo repudia. Si le va bien, le cobra impuestos.

Lo que es peor: nuestra sociedad todavía mira al empresario y al trabajador, y los hace mirarse a sí mismos, como simples cazadores en los bosques de nadie.

* * *

Repito que mucha gente considera aún la ganancia de un negocio, aunque sea de mucho monto, como un ingreso personal que se puede gastar y no como un ahorro empresarial que se debe invertir. Se critica la capitalización cuando es grande, tal vez porque son grandes el volumen del negocio y su eficiencia. No se comprende que las utilidades no gastadas, sino invertidas como utilidad social, enriquezcan al país.

La actitud de algunos funcionarios cuando atienden al hombre de negocios es reveladora del desconocimiento general. Creen que el negocio solamente interesa a quien lo maneja y no a la comunidad o al país.

Mientras no haya conciencia de que todos vivimos de los negocios de todos, es difícil que funcione bien el aparato económico de iniciativa libre con responsabilidad social.

No hay todavía respeto para la función creadora, ni comprensión de la finalidad común. Casi todos decimos preferir la libertad de iniciativas, pero pocos nos preocupamos por entender cómo debiera funcionar el sistema para afianzar esa libertad y hacerla eficiente, de manera que disminuya la Pobreza de las Naciones.

Si preguntásemos a un buen empresario si es verdad que él tiene siete fábricas, podría con razón contestar: "No señor; siete fábricas me tienen a mí".

 

VII.— La Economía Mixta

En un principio el hombre cosechaba sin sembrar. Se alimentaba de los frutos naturales del mar y de la tierra. No había nacido el derecho de propiedad. Sólo existía el instinto de la cueva propia.

Cuando los productos gratuitos escasearon, el hombre trabajó. Sembró y cosechó para sí mismo y para su familia. Nació la agricultura. Nació la propiedad.

Pronto el cazador tuvo más carne de la que podía comer, y el agricultor más legumbres de las que necesitaba. Vino el trueque. Vino la dependencia en otros.

Con el tiempo, el hombre primitivo se dedicó a producir más y más verduras, o más y más carne de caza. Cambiaba sus productos por granos de cacao y con los granos compraba pieles finas, flechas y ornamentos almacenados por alguien que a su vez los obtenía de diversos productores. Se había establecido el comercio.

Ya en la era del comercio, durante milenios se confundió, y se confunde todavía por muchas personas en los años 70, la propiedad de las cosas de uso personal o familiar como la choza, el taburete o el fogón, con la propiedad de las cosas que dan servicio a otros, como la milpa, la herrería o la tienda.

Este asunto es de tanta importancia en nuestro tiempo, que lo repito de múltiples maneras.

* * *

Gradualmente la civilización va distinguiendo entre uno y otro género de propiedad. Ya lo he dicho: en el siglo diecinueve y a principios del veinte, coincidieron en este adelanto cultural dos diferentes escuelas de pensamiento: los socialistas crearon la frase propiedad de los medios de producción, recomendando transferirlos al Estado, y dejar en manos privadas las cosas que son privadas. Dar al César lo que es del César.

Poco después las Encíclicas Papales atribuyeron una función social a la propiedad productiva, y la distinguieron del otro género de propiedad, que es la particular, no productiva, sino de uso propio.

Como se ve, durante aquellas décadas en que tanto se debatió sobre el derecho de propiedad, los "liberales" y los teólogos procuraron igualmente discernir entre la propiedad del cepillo de dientes que está en el lavatorio personal, y la propiedad de los cepillos que están a la venta en el estante de la tienda.

Para dar al César lo que es del César, y para ciertos estudios que hoy son indispensables, es necesario distinguir entre estos dos géneros de propiedad.

* * *

Pero la batalla principal se libra hoy sobre uno solo de los grupos de bienes: sobre los bienes que son instrumentos de producción. Todavía la lucha entre "capitalismo" y "socialismo" es un factor de división del mundo en dos mitades.

Sin embargo, desde los primeros lustros del siglo veinte se pensó en varios lugares en una síntesis de los dos sistemas. Esa síntesis es la Economía Mixta, regida por la filosofía Social-Democrática.

Antes de que se conociera la ciencia del desarrollo económico, mentes geniales como Sun Yat Sen en la China, José Batlle en Uruguay y otros en otras partes, recomendaron ensayar esta combinación en materia de propiedad productiva: que el Estado maneje el correo, los ferrocarriles, la electricidad, los bancos y otras actividades que son más obviamente públicas; y que los empresarios se encarguen de las fincas, las fábricas, los almacenes y otros bienes más directamente relacionados con la producción. Que administren esos bienes con ánimo de lucro, como incentivo y como prueba de eficiencia; pero a la vez con espíritu de servicio, con responsabilidad social.

En esa síntesis, difícil de lograr, el tosco aparato económico del capitalismo, que mira al empresario como un ente adquisitivo, como un papel secante, y al trabajador como una simple mercancía, se convierte en un instrumento delicado que los dignifica a ambos.

* * *

Dentro del concepto social-democrático, no es fácil trazar la línea divisoria perfecta entre lo que debe ser gubernamental o público, y lo que debe ser "privado", o empresarial. Cada país demarca la frontera según sus propias circunstancias. No hay linderos exactos, ni es esto lo importante.

En Estados Unidos las redes telefónicas (típicamente servicios públicos), son de compañías por acciones; en Costa Rica, la destilación de alcoholes (típicamente industrial) es monopolio del Estado.

Pero en general, es evidente que el aparato económico de hoy da su máximo rendimiento cuando los dos sistemas de propiedad productiva, pública y privada, llegan a una síntesis, más pragmática que doctrinaria, guiada por el Estado y teniendo como objetivo común el bienestar general.

La tarea de la producción la llevan a cabo, en conjunto, el Estado, los empresarios y los trabajadores. Cuando un gobierno establece aranceles proteccionistas y encarece los productos extranjeros para favorecer a la empresa local (cosa que ningún empresario critica como interferencia); cuando, con dinero público, una institución reguladora garantiza al agricultor un precio de estímulo; cuando el Fisco libera de impuestos a los equipos industriales; cuando la ley establece salarios mínimos y otras regulaciones laborales; cuando el gobierno dicta medidas de apoyo al esfuerzo y al buen éxito "privados", es obvio que existe un saludable ligamen entre el Estado, los empresarios y los trabajadores.

El apoyo estatal a quienes producen, no en su exclusivo beneficio sino cumpliendo con su misión ante la comunidad, es hoy indispensable. Así funciona la Economía Mixta, con una síntesis de propiedad pública y empresarial, dentro del sistema social-democrático.

* * *

Cada animal amolda su nido, su cueva o su casa, a su propia forma y tamaño. Inversamente, cada régimen social o político tiende a moldear su propio tipo de ser humano. El socialismo tiende a formar hombres menos codiciosos, más desprendidos. El capitalismo tiende a rodear al hombre del marco de la propiedad, que dignifica y realza su persona.

En la Social-Democracia se reúnen bastante bien esos dos objetivos filosóficos. Igual sirve a la sociedad quien produce mercancías o satisfacciones como concesionario (empresario de cualquier tamaño), o como colaborador (asalariado de cualquier categoría). Ambos deben ser entes responsables. Ambos están sujetos a orientación, reciben apoyo estatal, y disfrutan de la oportunidad de elegir su propia actividad en el esfuerzo general de ¡a nación.

 

LA SOCIEDAD FRUGAL

El viejo Diógenes era un hombre rico, porque no necesitaba nada. Para dormir bajo la lluvia se acomodaba en un barril que era su alcázar. El joven Alejandro era un hombre pobre, porque no le bastaba nada. Desde la Macedonia hasta la India se extendió su ambición.

Una vez el Emperador visitó al Filósofo para ofrecerle cuanto quisiere. Desde la boca del barril le preguntó varias veces: "¿Qué puedo hacer por ti, oh Diógenes el Sabio?". Por fin el sabio le contestó: "Mucho, mucho puedes hacer por mí, ¡oh Alejandro el Poderoso!: apártate, apártate un poquito de mi puerta; no me quites el sol".

Los hombres del Siglo XX necesitamos algo más que el sol a la puerta de la casa. Hay un mínimo de requerimientos sin el cual no podemos vivir con decoro. Pero del decoro pasamos pronto a la comodidad, de la comodidad al lujo o al arte ornamental y de ahí, infortunadamente, al derroche. Luego llegamos al consumo conspicuo de Veblen: el deseo de enrostrar a los demás nuestra propia abundancia.

* * *

Las clases sociales se distinguen hoy, más que antes, simplemente por su consumo. No las separa ya, en nuestra sociedad, el rango o el linaje. No están escalonadas, desde la plebe hasta la nobleza. Pero siguen estando separadas por su poder o sus hábitos de consumo, Y las diferencias van, como en sociedades anteriores, desde el consumo insuficiente hasta el consumo desbordado.

La gente no gasta estrictamente en proporción a sus ingresos. Unos ahorran y capitalizan. Enriquecen al país, y adquieren para sí el poder que da la propiedad o el brillo que da la preparación. Otros consumen todo cuanto reciben. Y cuando llegan a recibir lo necesario, y pasan a más, tampoco acumulan nada: ni bienes tangibles como las tierras y las fábricas, ni bienes intangibles como el adiestramiento, la educación y la cultura.

Al revés de lo que muchos piensan, no hay pecado en las ganancias grandes, cuando se acumulan en cosas útiles a la sociedad, materiales o inmateriales. El pecado está en los ingresos que, por encima de proporcionar una existencia decente y sobria, se malgastan en mal vivir o se disipan en ostentar.

* * *

Subsiste en nuestro sistema un concepto económico anticuado que viene de la época feudal. Es el concepto del empresario "dueño" de su empresa, con derecho a gastar no sólo aquello que produce su trabajo, sino también aquello que produce su negocio, como si su negocio no fuera en realidad un instrumento de servicio social.

Al nacer la ciencia económica en 1776, Adam Smith, o el público lector, te echó agua bendita a ese concepto erróneo. Con ese criterio, si la propiedad de tos bienes productivos es sagrada, como el derecho divino de los reyes, ¿por qué no ha de ser sagrado el derecho al consumo voluptuoso de los frutos de la propiedad? Proudhon reaccionó proclamando más bien que la propiedad es un robo. John Stuart Mili contestó que la propiedad es una responsabilidad. La doctrina social Católica sostuvo también este criterio. La propiedad productiva es una responsabilidad social. Esto es justo y necesario.

Sin embargo, el derecho al consumo de "lo propio", limitado sólo por los impuestos fiscales, prevalecerá en algunas áreas de la economía contemporánea, mientras subsistan la finca familiar, el taller de remiendos y la pulpería. Siempre hay entre dos tesis diferentes un área de penumbra.

Los dividendos que distribuyen las compañías, cuando no constituyen una renta necesaria para que su propietario viva, o para que una institución funcione; o cuando pueden destinarse a un consumo suntuario en vez de reinvertirse, se deben gravar fuertemente.

* * *

Según el precepto bíblico, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico vaya al Cielo. No recuerdo cual erudito español objetó ese aforismo como una traducción equivocada de los textos originales. ¿Por qué ha de pasar un camello por el ojo de una aguja? Las metáforas y alegorías de la Biblia suelen ser lógicas. El Evangelio no diría, por ejemplo, como aquel predicador de mi aldea, que la Iglesia Católica sobrevive todas las vicisitudes porque flota, flota sobre las tormentas, flota inhundible, puesto que sus estructuras son de sólida roca cinceladas.

Es posible que en idioma griego o hebreo, o sánscrito o arameo (o catalán), se haya usado una misma palabra para designar dos cosas que se parecen un poco en su forma: el ojo de la aguja y la puerta de la muralla que rodea la ciudad. Las ciudades nequeñas evitaban el paso de los tanques de guerra de aquel tiempo (los camellos, que son altos y gruesos), reduciendo el tamaño de las puertas.

Pero se ha sugerido también otra posible explicación al enigma del camello y del hueco de la aguja: tal vez la palabra "camello" teníal algún parecido con la palabra "cable", como se parecen en español los nombres de la gimnasia y la magnesia.

Aunque no habían nacido aún los gramáticos en aquella época feliz, ya podía darse el caso de que dos términos fuesen parónimos. Y el Evangelista usó en realidad un figura perfecta, según su opinión de la riqueza, diciendo que es tan difícil enhebrar una aguja con un cable, como conseguirle visa a un rico para el Cielo. Leyendo lo cual, no se entiende por qué muchos ricos odian con pasión a Carlos Marx y se santiguan fervorosos ante el Nuevo Testamento.

* * *

Cuando "los ricos" (en términos modernos "los empresarios", "los concesionarios", "los responsables" de los bienes de producción) eran pocos en número, su consumo superfluo, por abundante que fuera, no podía sumar a mucho, en relación con el conjunto económico. Comenzando porque no todos eran pródigos. Algunos eran o son austeros, y otros hasta agarrados. Tal vez por eso eran o son ricos.

Hace dos siglos y medio que la máquina de Watt empezó a multiplicar el número de personas que pueden disponer de utilidades empresariales para su consumo personal. Y hace un siglo que Herbert Spencer señaló la tendencia de los grupos sociales menos pudientes a imitar los hábitos de vida de los más pudientes. Eso está sucediendo ahora: al consumo exagerado de aquellos que no viven de un sueldo fijo, sino que giran contra las ganancias de los negocios, sigue pronto el consumo exagerado de los jefes que reciben sueldos altos, los profesionales, los técnicos, los oficinistas y demás empleados, y luego los trabajadores más diestros o mejor organizados. Todos gastamos lo que podemos y lo que no podemos. Siempre, sin darnos cuenta, a expensas de los grupos de menos poder. La ciudad explota al campo.

Así surge y reina la gran clase media, con sus cualidades y sus virtudes y con su propensión al consumo sin remordimientos, igual, y a veces peor, que el de las clases "ricas".

A la concupiscencia se agrega la falta de solidaridad social. En la democracia capitalista el derecho al consumo concentra el poder en quienes más ganan, y deja politicamente mermes a quienes no ganan para comer. A medida que crece la producción global, crece también el consumo de los estratos más influyentes, y el producto de todos los bienes y servicios, por más que crezca, no alcanza nunca para todos.

Peor aún: el consumo excesivo es causa del ahorro insuficiente. No se invierte hoy lo necesario para que mañana la oferta modere o evite el alza de los precios. Así se cultiva, como vimos en capítulo anterior, la Inflación Permanente, con perjuicio para quienes no pueden recetarse aumentos compensatorios.

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De alguna manera se debe fijar un límite al gasto de quienes ejercen autoridad económica o política. Este libro sugiere varios medios, y existen otros más. De lo contrario, el desarrollo económico, si bien disminuye el número de los mal pagados, también los hace más pobres con relación a los que absorben la creciente producción y la consumen. La brecha se amplía.

El hombre de negocios de hoy no puede ser el Morgan de hace un siglo, tal como el Presidente de la República no puede ser el Luis XIV del siglo del boato y de la pompa. En este sentido hay poca diferencia entre las ganancias empresariales y los tributos fiscales. Ninguno se debe malgastar. Ambos son medios normales de apartar una proporción del Producto Nacional para fines comunes, tales como establecer fábricas o multiplicar escuelas.

El empresario industrial, agrícola, comercial, debe fijarse un sueldo para vivir, y mirar el crecimiento económico de su empresa como prueba de su eficiencia. Hay satisfacciones mayores que el derecho al despilfarro.

Algo se debe hacer para que los altos funcionarios no tomen también, por imitación, el camino del gasto incontenido. Parte de sus ingresos, por ejemplo, lo debieran recibir en títulos de inversión.

Algo se debe hacer para que los trabajadores, hasta los peor remunerados, no sólo pasen de la estrechez agobiante a la modesta holgura, sino que se orienten hacia el ahorro en vez de pasar al desperdicio. A todos se les debe ofrecer los medios de constituir su Patrimonio Familiar, como he sugerido anteriormente. Cualquier clase social que no forme patrimonio será siempre la más débil y explotada, y no formará parte verdadera del sistema democrático.

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Una gran pregunta de nuestro tiempo debe ser: ¿Desarrollo económico para qué? Desde luego, para que el trabajo coordinado de todos, aplicando la tecnología de la época, produzca suficiente para todos. Pero, cuando hayamos alcanzado ese grado de abundancia, ¿qué haremos?

En sus albores, el Cristianismo proclamó como excelsa virtud la pobreza. En el lenguaje y en las circunstancias de hoy, se debe hablar más bien de austeridad. Hoy la pobreza es la carencia de lo indispensable, que debilita el cuerpo y deprimer el alma. La austeridad, en cambio, es la aptitud de vivir frugalmente, por disciplina espiritual y no por necesidad.

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Pocos jóvenes de hoy conocen la historia del rey que hacía planes con su sabio Consejero. Ahora preparamos la guerra contra las tribus del Norte, le dijo. —Y, cuando hayamos vencido, ¿qué haremos? preguntó el filósofo. —Prepararemos la guerra del Sur—. Y después de conquistar a los vecinos del Sur, ¿qué más haremos, Majestad? —Hombre, conquistaremos la rica comarca del Este—. Y cuando hayamos subyugado también la comarca del Oeste, ¿qué nos quedará por conquistar? ¿Qué haremos entonces? —Entonces, dijo el Rey, nos dedicaremos a vivir en paz, y a disfrutar de la vida contemplativa—. Y dígame, Su Majestad, —replicó el Consejero—, ¿qué nos impide consagramos desde ahora a vivir en paz, y a disfrutar de la vida contemplativa?

La mejor contestación a esta pregunta la da el refrán popular español: Dios nos dé salud y pesetas, y tiempo y cultura para gozarlas con dignidad. Es curioso que el país donde nació la Revolución Industrial, Inglaterra, parece ser hoy el más resignado a moderar su tenor de vida, y a cambiar la Afluencia por la Frugalidad.

Paradójicamente se llega a la conclusión de que, en la época del desarrollo, se debe predicar, como virtud económica final, la Austeridad.

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Entro aquí en un paréntesis "quasi-económico", destinado solamente a los lectores de mal gusto, que no se aburren con la aridez de la "ciencia lúgubre" de Keynes. Los lectores de buen gusto pueden omitir varias páginas siguientes, que no riman con el tono meditativo de este capítulo final de mi ensayo sobre la Pobreza de las Naciones.

Los científicos han acuñado el verbo "cuantificar", respondiendo a una necesidad del lenguaje profesional. Es necesario en economía y en otros campos medir las cosas, expresar las cantidades en guarismos; es necesario, para entender y ser entendido, por prosaico que sea, cuantificar.

Tengo un amigo inteligente que cada seis meses me pregunta: ¿A cuánto debe alcanzar el Producto Nacional de un país como Costa Rica, para que pueda proporcionar a todos sus habitantes una vida decente?

En nuestro tiempo no se acostumbra contestar "no sé". No somos tan sabios como para admitir que no sabemos. Por eso contestamos: ''habría que hacer un estudio". Así causamos buena impresión a quien pregunta, sin exhibir nuestra ignorancia.

Yo he meditado sobre esa interrogación de mí amigo, para no seguir contestando que habría que hacer un estudio. He observado el producto creciente de nuestra ecounidad, el gasto necesario en nuestras familias de ingreso modesto, y el sistema de distribución de nuestro Ingreso Nacional.

Estamos llegando ahora a un Ingreso Anual aproximado de $600 por habitante, según los promedios de las Naciones Unidas. Creo, a rajatabla, pero tomando en cuenta las circunstancias y consideraciones que a continuación expondré, que podríamos tener un pueblo bien nutrido, sano y culto, pero frugal, con un Producto Nacional de alrededor de $1000 (moneda de 1973-74) per cápita y por año.

Los países más desarrollados de Occidente están ya entre $5000 y $6500 anuales por persona. Los más pobres de África y Asia no pasan aún de $50 a $65 per cápita y por año. La diferencia es de 100 veces.

Si nosotros fuéramos un país como la Gran China, con enorme producción y consumo internos; con un aparato autoritario de distribución y de consumo, y, sobre todo, prácticamente sin contacto y sin comercio con las sociedades ricas de Occidente (que nos imponen sus aspiraciones y ambiciones) creo que nos bastaría, para satisfacer las necesidades elementales de todos, con la mitad del producto anual de 1973-74, o sea con $ 300 por habitante. Tendríamos así bien repartida la pobreza.

Conviene tener presente, para hacer comparaciones, que en nuestro clima no necesitamos calefacción en tas casas, y en nuestro sistema político no necesitamos tuerzas armadas. Estos son dos grandes renglones de gastos en otros países.

Pero muchas características de Costa Rica y varias naciones semejantes son inversas a las de China: nuestra ecounidad es minúscula, y se basa mucho en una agricultura que está reducida a las condiciones climatéricas del paralelo 10. Necesitamos importar hasta alimentos, como el trigo y otros frutos de las zonas templadas.

AI contrario de lo que recomendó Platón en su Ciudad Ideal, que debía estar lejos de la costa para que no llegaran hasta ella los mercaderes con sus tiliches debilitadores del carácter, nosotros compramos un 35% de nuestro consumo global a países más desarrollados, y pagamos sus salarios altos con artículos en cuya producción ellos Pagan nuestros salarios bajos.

Además de sufrir esa constante erosión económica, tenemos un sistema político y social que hace difícil la distribución moderadamente igualitaria del Ingreso Nacional. En eso está una de las mayores luchas de nuestro tiempo.

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Al tratar de temas como el reparto del Ingreso Nacional, se corre el riesgo de sobre simplificarlos, y de caer en la generalización inconveniente. Hay hombres que son grandes capitanes de la producción, o grandes creadores en el arte, a quienes no se les puede cuantificar su consumo personal, aunque algunos lleguen a la extravagancia. El genio tiene derecho a la excentricidad, y a rodearse del ambiente propio de su personalidad extraordinaria. Hay una máxima sabia en la anécdota de Las Cuentas del Gran Capitán. Hay justicia en la queja de José Santos Choa.no: ¡"Mídenme con su metro, pésanme en su balanza! ¿Qué pensarán los hombres que es un poeta? ".

Pero las personas extraordinarias son pocas, y su consumo personal, como su manera de vivir, no afectan el conjunto del medio en que actúan.

En el otro extremo, hay mucha gente, tal vez la mayoría de los humanos, que no se inclina al consumo suntuario. Se sienten satisfechos y hasta dignificados con una vida sin angustia económica, aunque modesta. Disfrutan, en la vida tranquila y austera. Tal vez serán las personas superiores en la Sociedad Frugal, que vendrá después de la Sociedad Afluente.

Desde ahora se debe procurar que esas personas tengan alguna propiedad que las arraigue al mundo, como la casa propia, el huerto familiar, la cuenta de ahorros y la pensión de vejez asegurada.

Creo que mucho de eso se podría lograr ya en un país como Costa Rica, con un Producto Nacional de $ 1,000 por año y por habitante. Para eso necesitamos seguir evolucionando hacia un mejor reparto del ingreso del país, y no permitir, entre otros casos, que los anuncios comerciales nos induzcan a gastar demasiado en baratijas, extranjeras o nacionales.

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Ahora bien: si en 1973-74 nuestro país tiene un ingreso promedio de $600, ¿en cuánto tiempo podría llegar al promedio de $1000 anuales por cabeza?

Supongamos que en la década de los 70 el ingreso per cápita esté creciendo a un 2,5% anual, neto; es decir, computando la Inflación Permanente. A este paso necesitamos todavía 21 años para llegar a la meta de $1000 (de 1973-74) por persona.

¿Qué podríamos hacer para acelerar el crecimiento? Para esto hay varias recetas que son muy comunes, y otras que no lo son tanto.

Planeando a largo plazo, se deben escoger mejor las actividades a que se destina el trabajo nacional; por ejemplo: no insistir en los cultivos coloniales y sembrar productos como maderas y pastos, que son mejor remunerados.

Sin embargo, las principales medidas, y las que se pueden tomar de inmediato, son de carácter económico. Comenzando por reconocer que la baja productividad (rendimiento del esfuerzo nacional) se debe en gran parte a los errores monetarios mundiales, que son relativamente fáciles de corregir en una ecounidad pequeña como la nuestra.

Debemos hacer que nuestro Sistema Bancario Nacional, junto con la Corporación de Fomento y demás instituciones económicas, sean verdaderos órganos de desarrollo.

No restringir en un centavo el crédito productivo, usando otras medidas de control, como las que muchas veces he mencionado, para limitar el consumo no recomendable.

Financiar localmente el comercio, en todo lo que deba consumirse. Es suicida ceder el mejor negocio monetario del país a bancos que forman parte de ecounidades foráneas. Tenemos la maquinaria institucional necesaria para el negocio, y no la usamos por un dogmático prejuicio contra la actividad comercial. No hay idea de los millones de dólares anuales que nos cuesta este absurdo.

Es necesario abandonar los actuales conceptos de garantías, riesgos, pérdidas y otros tabúes que heredamos de la banca privada, y sustituirlos por una actitud audaz de desarrollo, con pérdidas a cargo de la ecounidad entera, mediante instrumentos idóneos y con criterios razonables.

Debemos combatir en la mente del público el prejuicio contra las ganadas siempre que esas ganancias se inviertan en medios de producción o de comercio de artículos deseables.

Debemos acabar con el criterio feudal del negocio "privado", y sustituirlo por el de libre empresa con responsabilidad social.

Todos somos trabajadores y consumidores. Navegamos en el mismo barco; no necesitamos lucha de clases que lo eche al fondo, sino comunidad de propósitos que lo eleve al porvenir.

Creo que la meta moderada de $1000 por año y por persona se podría alcanzar en 10 ó menos años, con sólo barrer telarañas mentales. Y creo que está a nuestro alcance político y cultural, barrerlas en poco tiempo.

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¿Qué significa un ingreso promedio de $1000 de 1973-74 por año y por persona? -¡Nada! - Ya lo hemos visto: los promedios casi nunca significan nada. Es necesario establecer un justo Ingreso Mínimo Vital, por persona y por familia.

Una meta cercana: para 1975 el Ingreso Mínimo Vital debiera llegar en Costa Rica, en moneda de 1973, por lo menos a $600 ($90 al tipo oficial todavía prevaleciente) por mes y por familia de 5 miembros; ya C900 ($135 al tipo oficial) por grupo familiar de 10 miembros.

Estas cifras modestas se basan en el Proyecto de Ley de Asignación Familiar que está en la Asamblea Legislativa, para 1973-74.

Luego, los ingresos familiares (y en primer lugar la Asignación) debieran crecer durante los próximos 10 años por lo menos al 10% anual, en términos reales.

Esta mejora de los estratos mal pagados requiere, sigo repitiendo, mucha parquedad en el aumento del consumo de las clases mejor remuneradas o propietarias. Requiere mucha comprensión. Mucho deseo de paz social.

He dicho que los países ricos de Occidente han llegado a un Producto Nacional que va de $5000 a $6500 por año y por persona, en moneda de 1973. Sin embargo, al desaparecer la angustia económica, muchos de sus habitantes viven en angustia espiritual. ¿Por qué? Porque el bienestar humano es "incuantificable".

Con esto salimos del paréntesis quasi-económico, largo pero aburrido, en que entramos varias páginas atrás. Y volvemos al tema de verdadera importancia: ¿Qué clase de hombre y de sociedad queremos producir?

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¿Qué clase de hombre y de sociedad? Esta pregunta me lleva a terminar, como ofrecí al empezar este trabajo, acatando el consejo del chino: explico lo que he explicado.

Homo Oeconomicus debe aspirar a llamarse otra vez, con verdad, Homo Sapiens, el hombre sabio. El hombre sabio es capaz de producir la abundancia, y debe producirla. Mas, para ser sabio, necesita ser sobrio.

Homo Sapiens debe buscar, en su sistema político, el máximo de libertad que sea compatible con el orden y con la justicia. Esta aspiración procura satisfacerla la Democracia Social.

En el sistema económico, en el ordenamiento monetario, conviene evitar las normas prevalecientes de la Sociedad de Élites, en la cual quienes toman las decisiones no sufren las consecuencias desfavorables, y adoptar los principios solidarios de la Sociedad de Bienestar General.

Si llega el día en que la producción sea en verdad tan grande que se necesite crear mercado para consumirla, como por obligación, en el festín adolescente de la Sociedad de Consumo, mejor entonces será reducir las horas de trabajo y alargar las de contemplación, lectura, poesía, música, teatro y demás formas de cultura, en el maduro disfrute de la Sociedad Frugal.

El Siglo Veinte se está convirtiendo, espero que transitoriamente, en el siglo de la glotonería, la Sociedad de Consumo. ¡Estadísticas, balances, proyecciones! ¡Producir más para consumir más, y consumir más para que se produzca más!

Esto recuerda la anécdota del perro que corría sin cesar, dando vueltas y vueltas, persiguiendo su propia cola. Este pobre animal es la Sociedad de Consumo.

Es indispensable, para vivir todos con decoro, constituir la Sociedad Afluente. Pero la Sociedad Afluente, que todo lo tiene, debe aspirar a convertirse otra vez, por educación, por interés propio esclarecido, en la sociedad culta que todo lo modera y dignifica: la Sociedad Frugal.

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¿Por qué preocuparse hoy por los peligros de la abundancia, cuando lo normal en el mundo es todavía la escasez? ¿No está dedicado este libro, precisamente, a estudiar las causas de la Pobreza de las Naciones?

En verdad la humanidad sigue siendo un ejército donde la retaguardia mayoritaria sufre aún de malnutrición. Pero, gracias a la Revolución Industrial, y a la humana incontinencia, surge hoy una vanguardia más numerosa que nunca, que sufre, y puede perecer, de peligrosa obesidad.

Varias veces lo he dicho; los hombres encontramos difícil, según Aristóteles, salir de un extremo sin caer en el extremo contrario.

Corremos el riesgo de proceder como el guerrero de mito wagneriano que triunfa en el combate, y muere, y va al Cielo, y sigue combatiendo por impulso, por rutina, en los angélicos jardines del Paraíso Celestial.

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En nuestro huerto interior, así como la profesión del guerrero cultiva la crueldad, la producción sin ideales incita a la codicia. La riqueza sin cultura es madre de la vulgaridad y la degradación. Allí nos pueden llevar, y nos están llevando, la idolatría de la abundancia por sí misma, y el afán del consumo desbordado.

¿Cómo trazar la línea divisora entre la buena alimentación y la gula; entre la holgura y la prodigalidad; entre la generosidad humana que ennoblece y el derroche conspicuo que degrada; entre la sobria comodidad y el voluptuoso despilfarro?

¿Cómo evitar que se deifique la riqueza sin desalentar el trabajo y el esfuerzo individual? ¿Cómo armonizar el desarrollo económico, que es tarea de hombres acometedores, con el consumo frugal, que es prenda de espíritus refinados?

La interrogación se puede reducir más aún. ¿Es el hombre educable? ¿Se distingue o no del animal? ¿Ha pasado, o no, en su corta vidasobre el Planeta, de la playa abierta al árbol sombreado, y a la caverna protectora, y a la decente morada, y al templo y al ateneo? ¿Han ido, o no, los pueblos, del clan a la tribu, de la tribu a la ciudad-estado, y de la ciudad-estado a la nación contemporánea?

Y, ¿cómo se educa al hombre? Por muchos medios: por la fuerza, con sus métodos nemotécnicos brutales; por la ley, con sus sistemas reglamentarios racionales; por la prédica, con sus instrumentos de. convicción persuasivos, que apelan al interés propio esclarecido.

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Ya lo dije muchos capítulos atrás: las grandes religiones propusieron hace pocos milenios un cambio de humanas actitudes: de la hostilidad a la colaboración; del recíproco destruir al común emprender; del odio al amor. Los frutos de las ideas que se siembran, y de las leyes que se promulgan y de la fuerza con que se aplican, han sido hasta ahora exiguos, si miramos al mundo de hoy; pero han sido enormes si recordamos el mundo de ayer-Si el hombre no fuera educable, no tendrían sitio en este mundo la democracia, ni la relativa libertad que otorga, ni los preceptos éticos que predica, ni la civilización que nos impone para distinguirnos de la bestia.

Esta es una vieja controversia, que ya la tienen resuelta para sí mismos, con acierto o con error, quienes esto leen y quien lo escribe. La verdad es que todos, en nuestras palabras y acciones, partimos de la premisa de que el hombre es educable, y se está transformando a sí mismo, aunque unos piensen en términos de años, otros de generaciones, y los demás de siglos.

La pregunta es, pues, más bien, ¿hacía dónde debemos encauzar la educación del hombre; qué ciase de ser, qué clase de sociedad humana, queremos producir? Y esta pregunta es tan "práctica", tan medular, y hoy tan urgente (con el advenimiento de la abundancia que por fin nos trae la máquina), como otras interrogaciones de interés más inmediato que todos los días nos formulamos.

"El hombre debe educarse para la guerra y la mujer para el encanto y solaz de los guerreros". Así se dejaba transportar por su imaginación y su genio Federico Nietzsche cuando hablaba como el poeta de Roma o de Esparta.

El hombre de nuestro tiempo se educa para la producción, como su antepasado se educaba, literalmente, para la guerra. Sin duda la producción es siempre necesaria, y la guerra es a menudo inevitable. Pero ambas deben ser medios, no fines; ambas corresponden, como preocupaciones mayores, a una determinada etapa de la historia humana; ambas tienen origen animal; ambas dejarán huellas positivas en el alma de la raza, porque ambas exigen, disciplina, esfuerzo, sacrificio; ambas son fuentes de superación.

Sin embargo, ambas pueden ser fuentes de frustración. Hasta los más nobles corceles, espoleados en exceso, se desbocan y se desbandan, si no se aplica a tiempo el freno de oro de la cultura.

FIN.

 

 

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