
Entrevista con Manuel Mora Valverde respecto a las elecciones del año 1944
Oscar Aguilar Bulgarelli
Los pobres de la tierra.org
1966
Entrevista N° 2 con el Lic. Manuel Mora Valverde, respecto a las elecciones del año 1944 en que se disputaron la silla presidencial el Lic. Teodoro Picado por el Partido Republicano y el Partido Vanguardia Popular que formaron el Bloque de la Victoria y por el Partido Demócrata don León Cortés Castro.
Mucho tiempo antes de que se hiciera la alianza de los Partidos Vanguardia Popular y Republicano Nacional cuyo candidato era don Teodoro Picado, mi Partido había trabajado intensamente para evitar la lucha electoral que a nosotros nos parecía inconveniente en aquellos momentos en que el mundo se debatía en una terrible guerra en la cual necesariamente tenía que participar nuestro país. Nosotros creíamos que lo mejor para Costa Rica era que no hubiera lucha electoral, que todos los partidos y todas las fuerzas sociales se pusieran de acuerdo alrededor de un solo candidato de unidad nacional y de un programa común. Dentro de esa línea a mí me correspondió buscar a los más importantes políticos de la época y especialmente a los que estaban directamente interesados en la lucha electoral que se perfilaba. En primer lugar llegué a un entendimiento completo con don Otilio Ulate y él nos ofreció su apoyo para la realización de esa idea. Hablé con el Dr. Calderón Guardia que era el Presidente de la República y él estuvo completamente de acuerdo. Tuve entonces que buscar a don Teodoro Picado, precandidato, como se comprende y como lo he explicado atrás, apoyado por el Gobierno. El Dr. Calderón me dijo que estaba de acuerdo en que el país se unificara alrededor de una sola candidatura y que le indicara a don Teodoro que él estaba de acuerdo; pero alguien le sopló a don Teodoro que yo lo buscaba y se me escondió y después hizo saber por medio de la prensa que se había ido a pescar en la cabecera del Río Grande de Térraba. Me di cuenta de que era imposible llegar a un entendimiento con don Teodoro quien se sentía fuerte por contar con el respaldo oficial y entonces resolví buscar a don León Cortés. Fui dos veces a Los Cartagos acompañado en ambas ocasiones por don Fernando Lara y por don Otto Cortés. Le propuse el plan a don León Cortés y éste me dijo que lo que proponía no era que él renunciara a una candidatura sino que renunciara a la Presidencia. Le pregunté que por qué. Me dijo que él estaba completamente seguro de que contaba con los votos necesarios para llegar nuevamente a la Presidencia de la República. Me preguntó también que cuál persona me parecía la indicada para ser el candidato de la unificación nacional y yo le hablé muy claro que a nosotros nos parecía que la persona para esa función era don Otilio Ulate; pero que el asunto podía discutirse y que la fórmula podía modificarse. El señor Cortés me dijo que él no consideraba que Ulate tuviera las condiciones necesarias para unificar al país, que además Ulate era un hombre envenenado y que francamente ni él ni otros políticos podían nunca ponerse de acuerdo alrededor de su figura política. En todo caso él no estaba dispuesto a renunciar a la Presidencia. Le dije yo, señor Cortés, me parece que usted está equivocado, no tiene razón para estar tan seguro de su triunfo electoral y usted conoce por experiencia propia, directa, cómo es que se desarrollan los procesos políticos en nuestro país. En Costa Rica hay establecida una verdadera escuela de fraudes en la cual ha oficiado usted mismo. El me interrumpió y me dijo: no tiene usted derecho, joven, para formularme ese cargo. Don Fernando Lara creyó que se iba a armar un incidente e intervino inmediatamente pero yo les pedí a los dos que me permitieran decir una sola cosa y estuvieron de acuerdo. Le dije a don León: usted recuerda que nosotros elegimos, siendo usted Presidente, a Carlos Luis Sáenz Diputado y que fue por una cantidad muy grande de votos. ¿Recuerda usted que el Consejo de entonces, presidido por don Ricardo Fernández Guardia fue destituido por usted para sustituirlo por otro Consejo que llevaba el encargo de anular los votos de Carlos Luis Sáenz y elegir Diputado de manera fraudulenta a un candidato del Gobierno, a don Carlos Jinesta? Esperé la respuesta de don León Cortés pero él no me respondió. Le dije, ¿don León, eso que usted hizo con Carlos Luis Sáenz por qué no podrían hacerlo luego con usted sus adversarios? ¿Qué razones tiene usted para considerarse seguro frente a una serie de procedimientos establecidos en la política de Costa Rica con su propia colaboración? Aquí terminó la entrevista con don León Cortés. Olvidaba decir que antes de llegar a este punto habíamos hablado de la legislación social. Don León me había dicho, categóricamente que él no estaba de acuerdo con el Código de Trabajo porque éste afectaba la agricultura en forma que él consideraba inconveniente para los intereses del país. Me expresó además otras ideas que consideré peligrosas para la suerte de la Legislación Social por la cual estábamos luchando.
Salí de la casa de don León, regresé a San José, enteré a Ulate del fracaso, enteré luego a Calderón Guardia y ahí paramos. Entonces fue que nos orientamos a buscar la manera de defender esas conquistas. Después se produjeron los hechos a que me referí en mi anterior conversación y de ellos resultó nuestra alianza con el partido Republicano Nacional y nuestro apoyo a la candidatura de don Teodoro Picado. Entonces nos encontramos ya frente a las elecciones; pero como es fácil comprender, los sucesos cogen una nueva fisonomía. Antes de este momento estábamos frente a las clásicas elecciones de Costa Rica o más bien frente a uno de los clásicos procesos electorales de Costa Rica. ¿En qué consistían esos procesos? En que una, dos o tres personas, vinculadas a las clases dominantes de Costa Rica se disputaban la Presidencia de la República únicamente con el objeto de convertirse en Presidentes. Las elecciones por regla general no tenían fines de reforma social. Eran elecciones cuya finalidad se movía en la superficie de la vida del país. En este momento las cosas cambiaban porque entonces ya entró en juego el Código de Trabajo, los Seguros Sociales y todo un programa que implicaba realmente una lucha por tocar los fundamentos de la Legislación Social. Sé hablaba de Impuestos sobre la Renta, Reforma Agraria y muchas otras cosas que no es el momento de comentar. Es decir, ya las clases dominantes de Costa Rica estaban tocando el Código de Trabajo y los Seguros Sociales y sentían que lo más grave para ellos eran las perspectivas. El programa firmado por don Teodoro Picado anunciaba grandes cambios en un futuro más o menos inmediato. Como decía en mi anterior conversación, don Teodoro había tenido muchas vacilaciones para entrar en alianza con nosotros. Sus consejeros no le aconsejaban aliarse con nosotros porque al hacerlo tenía que aceptar un programa avanzado y entrar en lucha con las clases dominantes de este país. El quiso evitarlo hasta el último momento pero por las razones que ya he explicado no tuvo más camino que aliarse con nosotros y suscribir el programa a que me he referido. ¿Qué pasó entonces? Que la campaña política dejó de ser una simple lucha de contenido puramente electoral para convertirse en una verdadera lucha social. Se produjo una polarización de fuerzas. Lo que voy a decir es rigurosamente exacto. Un día de tantos nosotros tuvimos noticias oficiales de que en el Club Unión o en una bodega famosa de esta capital —creo que de los señores Esquivel— se habían reunido los principales capitalistas y terratenientes del país para discutir la situación política. Dicen que algunos de ellos decían con indignación que no había más que un camino: ir al golpe de Estado. Impedir que se constituyera un Gobierno como el posible de Teodoro Picado, apoyado en el Partido Comunista. Otros dijeron que efectivamente los intereses del capitalismo nacional estaban amenazados pero que había la posibilidad de impedir que triunfara el candidato que ellos llamaban de los comunistas sin necesidad de producir una tragedia en el país. Estas dos tesis entraron en discusión y supimos que se había debatido largamente. Parece que don Lico Jiménez, no sé si la memoria en este momento me es infiel, fue el que dio la solución o el que dijo la última palabra. Dijo, no nos queda más camino que apoyar a don León Cortés. Pongamos todos nuestros recursos en favor de esa candidatura, derrotamos a Picado y después cambiamos todo lo que haya que cambiar y no nos jugamos la carta de una guerra civil cuyas consecuencias podían ser malas para todos. Estas palabras del señor Jiménez Ortiz definieron la situación y se acordó apoyar a don León Cortés.
Hasta ese momento don León Cortés era un precandidato como lo había sido don Teodoro. Esperaba el apoyo del capital, de la Iglesia, del Gobierno o el apoyo de una sola de esas fuerzas. Don León ya sabía que el Gobierno estaba con don Teodoro y la Iglesia también, pues entonces el esperaba el apoyo del capital pero hasta ese momento no lo tenía, no lo había obtenido pero ya en ese momento lo obtuvo. Efectivamente los capitalistas se agruparon alrededor de don León. Nosotros por nuestra cuenta resolvimos redoblar todos nuestros esfuerzos para impedir que nos derrotaran en las elecciones. Como es fácil comprenderlo estas elecciones ya no iban a girar alrededor de la candidatura de don León o de don Teodoro, las cosas habían cambiado. Tal vez por primera vez en la historia contemporánea de Costa Rica unas elecciones iban a girar alrededor de aspiraciones sociales. Alrededor de profundizar en una reforma social en Costa Rica. Más concretamente, en esas elecciones nos jugábamos la suerte del Código de Trabajo, de los Seguros Sociales, de la Reforma Agraria, de la Ley de Impuesto sobre la Renta, del Movimiento Obrero, pero algo tal vez más importante que es como la síntesis de todo, nos jugábamos todas las perspectivas de una transformación social en Costa Rica. Si triunfaba don León Cortés no era él el que triunfaba sino que eran las corrientes reaccionarias del país, el capital, los terratenientes y las compañías extranjeras empeñadas en frenar el desarrollo social en Costa Rica. Si triunfaba don Teodoro lográbamos mantener el Código, defender los Seguros Sociales y defender la posibilidad de seguir avanzando por el camino de la transformación social de nuestro país. Se comprenderá que nosotros teníamos que poner todo lo que estuviera a nuestro alcance para impedir que las elecciones nos fueran ganadas por las fuerzas de la reacción.
Quiero insistir que no estábamos nosotros entonces, luchando pura y simplemente por hacer a un hombre Presidente, ni por hacer amigos Diputados. Tampoco estábamos luchando por el objetivo personalista de derrotar a don León Cortés por ninguna tazón de carácter pasional. Estábamos luchando por derrotar a las fuerzas que a última hora se habían agrupado alrededor de don León Cortés con el propósito fundamental de impedir que nuestro país continuara desarrollándose en el plan de la reforma social.
Esas elecciones fueron muy duras, muy violentas, el contenido a que acabo de referirme determinó las características de la lucha., se desató el terrorismo y por cierto que lo desataron nuestros adversarios, nadie ignoraba que mi casa fue volada con dinamita, que yo fui sacado de los escombros con mi madre y sobrinitos que estaban en ella. Al día siguiente de ese suceso don Otilio Ulate en su Diario de Costa Rica dijo que yo mismo había volado la casa, que había testigos de que yo había salido de la casa antes de la explosión. Naturalmente que esto muy poco tiempo después fue desmentido por las propias gentes que pusieron la bomba en mi casa porque una vez que la Junta que encabezaba don José Figueres llegó a la dirección del país los terroristas se jactaron de haber sido ellos los héroes que habían volado mi casa. En aquellos días don Otilio Ulate sabía cómo habían ocurrido las cosas pero no tuvo inconveniente en hacer esa afirmación. No sólo mi casa fue volada, en esos días también pusieron una bomba de tiempo a mi carro, lo convirtieron en muy pocos segundos en chatarra y hubo bombas en otros lugares y atentados en otros lugares, aparte de una virulenta campaña, la más encendida en odio que recordará la historia de Costa Rica. Conforme se acercaba más el día de las elecciones se encendía más la lucha. No era una pelea de dos hombres que se disputaban la presidencia sino que era una pelea del pueblo con su programa de reforma social frente a las clases dominantes con su programa contra esa reforma social.
Vinieron las elecciones del año 44 —a ella me estoy refiriendo desde luego—, pues hablo de la candidatura de don Teodoro Picado y el pueblo fue a votar y así como fue violenta la lucha antes de las elecciones así fue el mismo día de ellas. Sin embargo, las elecciones fueron ganadas por don Teodoro Picado, obtuvimos mayoría. Algunos dicen, y lo dijo en aquellos días don León Cortés, que la ganamos mediante fraude. Realmente es posible que hubiera fraude de uno y otro lado porque así es como se hacían las elecciones en Costa Rica. Estos señores de la política clásica nuestra, permítaseme decir esto, habían convertido inclusive hasta nuestros más sencillos campesinos en verdaderos artistas del fraude. Las elecciones en nuestro país por tradición tenían un sentido parecido al que tienen los juegos de fútbol o a una pelea de gallos o a un boxeo con el objeto de ganar en la contienda y hacían apuestas. El que se apuntaba a un candidato o a uno de los contendientes quería triunfar a todo trance y las elecciones habían tenido para nuestro pueblo ese carácter. Era una especie de juego en el que unos se apuntaban de un lado y otros del otro y después todos se empeñaban en triunfar sin entender qué había detrás del triunfo o detrás de la derrota. Esto era explicable porque detrás del triunfo o de la derrota había muy poco, pues eran candidatos que representaban las mismas fuerzas sociales y cualquiera que triunfara no significaba otra cosa que la continuación de los mismos sistemas de gobierno y el régimen social. El pueblo había visto eso y entonces resultaba que por ejemplo había dos Partidos en lucha y había campesinos y obreros afiliados a uno y otro, terminaban las elecciones, uno de los dos grupos ganó, pero seguían viviendo igual, ganando los mismos salarios y sufriendo la misma miseria, el grupo que perdía lo mismo. Los que perdían y los que ganaban seguían en la misma vida, sólo había cambios entre los dirigentes. Esto lo había aprendido el pueblo y por eso estas luchas electorales no tenían para e¡ pueblo mayor trascendencia y por ese motivo también había sido posible que se creara lo que podríamos llamar el arte del fraude electoral. Ya nuestro país estaba enseñado a eso, el más humilde campesino lo sabía. Recuerdo cuando yo era un estudiante de Derecho o inclusive siendo ya abogado, tuve que llegar a mesas electorales el día mismo de las elecciones a resolver algún problema —me refiero a elecciones anteriores a las del 44— con mucha frecuencia me encontré con campesinos descalzos que me daban punto y raya en cuanto a la capacidad de interpretar y aplicar fraudulentamente el Código Electoral. Me daban lecciones de Derecho Electoral. Así habían hecho ellos al pueblo, por lo tanto no es de extrañar que en aquellas elecciones se produjeran fraudes. Advierto que nosotros fuimos a las elecciones dispuestos a ganar porque no estábamos peleando por intereses personales, porque no estábamos luchando por prebendas, porque no eran vanidades ni pasiones ruines las que estaban en juego. Estábamos luchando por impedir que nos echaran abajo el Código de Trabajo, las garantías sociales, los seguros sociales, estábamos luchando por impedir que nos cerraran el camino de la reforma, social, estábamos luchando por cerrarle el paso a las fuerzas más reaccionarias del país y especialmente a las fuerzas del imperialismo norteamericano. Es decir peleábamos por una causa, por los intereses de nuestro país y entonces nos sentíamos moralmente autorizados para realizar todos los esfuerzos a nuestro alcance en defensa de esos intereses que estábamos defendiendo.
Los años, pienso, han venido a darnos la razón y los años seguirán corriendo y estoy seguro de que cada vez nos la darán en mayor escala.
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