America
y su guerra con el reino invisible de Satán
Norman
Mailer
La
Jornada
30
de enero de 2005
Estados Unidos quiere la dominación del mundo, pero su
pueblo es un desentendido buscador de placeres. Lo que se requiere,
entonces, es una fábula con moraleja para asustarlos en
las galerías de tiendas y diversiones. El 11 de septiembre
llegó muy a tiempo.
Los buenos
novelistas y los buenos periodistas mantienen una búsqueda
paralela. Siempre intentamos encontrar aproximaciones mejores
que la verdad establecida, porque es común que esa verdad
se tuerza en aras de poderosos intereses.
Los periodistas
se aventuran en este meritorio e intrincado camino cavando la
dura tierra en busca de esas criaturas viscosas que llamamos hechos,
que casi nunca son lo suficientemente claros como para aflorar
como ciertos o falsos.
Los novelistas
trabajan de manera diferente. Comenzamos con ficciones, es decir,
hacemos suposiciones acerca de la naturaleza de lo real. Puesto
de otra manera, vivimos con hipótesis que, si están
bien elegidas, pueden enriquecer nuestro intelecto y -siempre
hay la esperanza de que enriquezcan también el entendimiento
de algunos lectores. Después de todo, las hipótesis
son una de las incisivas formas en que intentamos estimar lo que
pudiera ser la realidad. Cada nuevo fragmento de evidencia que
nos allegamos sirve para debilitar o fortalecer una hipótesis.
Con una buena premisa podemos acercarnos más a lo real.
Una premisa pobre debe ser descartada tarde o temprano.
Analicemos
por un momento el estado super excitado en que se hallan un hombre
o una mujer cuando los invaden los celos. Su razón se acelera,
sus sentidos se tornan más alertas. Si una mujer cree que
su esposo tiene un amorío, entonces cada vez que él
llega a casa ella está más alerta de su presencia
de lo que había estado en las semanas previas, o meses,
o años. ¿Será culpable? ¿Será
signo de desasosiego la manera en que dobla la servilleta? ¿Está
siendo él demasiado complaciente? Los sentidos de la mujer
se avivan ante la posibilidad de que otra mujer -llamémosle
Victoria- sea el objeto de su atención. Pronto, la mujer
se convence de que él mantiene un romance con Victoria.
Definitivamente. No hay duda. Pero luego, una mañana cualquiera
ella descubre que la dama está en China. Peor. De hecho,
Victoria da clases en Pekín desde hace seis meses. Ergo,
la hipótesis fue refutada. Si la esposa sigue convencida
de que su esposo le es infiel, otra mujer debe ser la causante.
El valor de
una hipótesis es que puede estimular nuestro entendimiento
y avivar nuestra concentración. El riesgo es que puede
distorsionar. Las buenas hipótesis dependen de preguntas
reales, es decir, preguntas que no siempre generan respuestas
felices.
Lo que me
intriga de las buenas hipótesis es que guardan una relación
cercana con la buena ficción. La novela seria busca situaciones
y personajes que puedan ser lo suficientemente vivos como para
sorprender al escritor. Si uno comienza con una suposición,
es frecuente que las acciones de los personajes conduzcan el relato
por rumbos algo distantes del plan inicial. En ese sentido, las
hipótesis no sólo se parecen a las ficciones, sino
que pueden compararse con los reportajes -una vez que se presenta
la situación los sucesos subsecuentes pueden actuar como
personajes sorprendentemente vivos, que cotejarán o refutarán
el desarrollo de la situación que uno imaginó en
un principio. El valor de una buena hipótesis, como el
de una buena ficción, es que siempre enriquecen el intelecto
del autor y el lector -aunque todo resulte más o menos
como esperábamos o el devenir de los hechos sea muy diferente.
Una buena
novela, como una buena hipótesis, se vuelve un ataque a
la naturaleza de la realidad. (Si el término ataque suena
muy violento como noción, piénsenla como indagación
intensa.) Pero el presupuesto básico es que la realidad
es siempre cambiante -mientras más intensa es la situación,
más imprevisible será el desenlace. Ninguna buena
novela llega nunca a la certeza total, a menos uno sea Charles
Dickens y escriba Un cuento de Navidad. Siendo así, pocas
hipótesis llegan alguna vez a un cierre.
En el camino
a Irak, no se nos ofrecieron sino algunos cuentos para explicar
por qué fuimos tan evidentemente temerarios en favor de
la guerra.
Una hipótesis
que surgió pronto es que una guerra así sería
ruin. No derramemos sangre por petróleo. Ese fue el grito.
Otros brindaron una razón mucho más virtuosa que
los intereses petroleros estadunidenses: conquistar Irak democratizaría
el Medio Oriente. Felizmente se arreglarían los problemas
entre Israel y Palestina. En el proceso, esto resultó estar
más cerca de un cuento de hadas que de una proposición
lógica.
A su vez,
el gobierno de Bush nos recalcó la idea de las armas de
destrucción masiva. Eso enraizó en el entendimiento
estadunidense, cual relato de suspenso y espionaje. ¿Localizaríamos
esas pesadillas antes de que voláramos en pedazos? Este
fue el argumento más generalizado para ir a la guerra.
Hubo otras
hipótesis: ¿encontraríamos a Osama Bin Laden
pronto o no lo encontraríamos? Ello se volvió un
cuento corto sin final. En vísperas de la guerra, surgió
en la noche una sangrienta novela de culto. Se llama Conmoción
y Espanto: ¿podemos clavar a tiempo la estaca en el corazón
de Saddam Hussein? Los buenos estadunidenses sentían que
íbamos a la caza de Drácula.
Hipótesis
vívidas. Ninguna se sostuvo. No supimos entonces las razones
y aún no comenzamos a ponernos de acuerdo: por qué
nos embarcamos en esta guerra, la más miserable de todas.
El principio conocido como Navaja de Occam sugiere que la explicación
más simple, la que con mayor facilidad responde a una variedad
de cuestiones separadas relativas a un asunto desconcertante,
es la que tiene mayor probabilidad de ser la explicación
correcta. Y de la fórmula del buen obispo Occam puede emerger
una respuesta: marchamos a esta guerra de tan total magnitud porque
fue la solución más simple que el presidente y su
partido hallaron para salir del empantanamiento inmediato en que
Estados Unidos se encontraba.
El primer
problema es que el futuro científico de la nación
y sus posibilidades tecnológicas parecía estar en
aprietos. Los empleos en las fábricas estadunidenses estaban
en peligro de desaparecer, rebasados por la cantidad de mano de
obra en los países del Tercer Mundo. Nuestros expertos
sufrían por empatar las habilidades tecnológicas
de Europa y Asia. Las relaciones entre la mano de obra estadunidense
y las corporaciones amenazaban llegar a la confrontación.
Pero no era ésa la única nube de tormenta sobre
nuestra tierra.
En 2001, antes
del 11 de septiembre, se ensanchaba la grieta entre la cultura
popular y el fundamentalismo. Desde el punto de vista de la derecha
religiosa, Estados Unidos se tornaba descuidado, patán,
irreverente y flagrantemente inmoral. La mitad de los matrimonios
estadunidenses terminaban en divorcio. La Iglesia católica
sufría una serie de angustiosos escándalos.
Enfrentados
al espectro de una superpotencia, nuestra propia superpotencia,
fuera de orden en lo económico y lo espiritual, la mejor
solución pareció ser la guerra. Eso podría
ofrecer una avenida para recuperar America -no unificando
el país, presten atención, de ninguna manera. Para
ese momento, eso era casi imposible. Pero dado que el país
estaba profundamente dividido, tal vez hubo que escindirlo más
aún, de tal modo que la mitad, a la que unos pertenecían,
se hiciera mucho más poderosa. Para ello se incitó
a los estadunidenses a vivir con todas las incertidumbres de los
mitos intentando soslayar el borde filoso de la indagación
que implican las hipótesis.
La diferencia
es crucial. Una hipótesis abre el intelecto al pensamiento,
a la comparación, a la duda, a lo esquivo de la verdad.
Los mitos, por su parte, son hipótesis congeladas. Cuestiones
muy serias se responden declarativamente, y no hay manera de reabrirlas.
Se buscan lecciones morales para niños. El bien prevalecerá
sobre el oscuro enemigo. Para el gobierno de Bush, el 11 de septiembre
llegó como liberación. Se nos incitó a preocuparnos
por la seguridad en cualquier galería comercial de Estados
Unidos. El mito avasallador no era simplemente el peligro del
Islam, sino su cercanía con nosotros. Para oponer los temores
que generamos en nosotros mismos, debíamos invocar nuestro
más dinámicos mitos estadunidenses. Debemos guerrear
constantemente contra el invisible reino de satán. Plantarnos
en el Armagedón y luchar por la patria. Esto fortaleció
la convicción de que America era excepcional y
Dios tenía especial interés en ella. Dios quería
que nosotros fuéramos una patria superior a otras naciones,
un ámbito para elevar su visión a mayores glorias.
Así, el mito de las fronteras, que exigió nuestra
presteza para luchar sin límite, se volvió parte
de nuestra excepcionalidad. "Hagamos lo que haga falta".
Para que el
capitalismo estadunidense sobreviviera, se hizo requisito esta
excepcionalidad en vez de la cooperación con otras naciones
avanzadas. Desde el punto de vista de los líderes de la
nación, iban 10 años de iniciativas perdidas, 10
años en el frío, pero ahora America tenía
la oportunidad sacar provecho de la gran bonanza que se le cruzó
en el camino en 1991, cuando la Unión Soviética
se fue a la bancarrota en la carrera armamentista. En ese punto,
o así lo consideran quienes creen en la excepcionalidad,
Estados Unidos pudo y debió haber tomado el mundo y salvaguardado
nuestro futuro económico por décadas, por lo menos,
para contar con un siglo de hegemonía por delante. En cambio,
los excepcionalistas se vieron consumidos por la frustración
al ver todas las cautelas y lábiles rodeos del gobierno
de Clinton. Nunca fueron tan detestados los liberales. Pero ahora,
el 11 de septiembre brindaba una oportunidad para que Estados
Unidos resolviera algunos problemas. Ahora se podría embarcar
en la gran aventura de un imperio.
Los promotores
de la excepcionalidad resultaron ser realistas de hueso duro.
Estaban preparados a aceptar el hecho de que la mayoría
de los estadunidenses tal vez no abrigara ningún deseo
real de dominación global. America ama el placer,
lo que, para fines de estos promotores de lo excepcional, era
tan malo como ser amante de la paz. Así, la invasión
debía presentarse mediante una narración edificante.
Esto significaba que la razón invocada para la guerra tenía
que tener una vida muy independiente de los hechos. Los motivos
ofrecidos al público estadunidense no debían tener
conexiones cercanas con las probabilidades. La fantasía
sirve ese propósito. Por ejemplo, llevar democracia a Medio
Oriente. Protegernos contra las armas de destrucción masiva.
Estos asuntos debían penetrar los hogares con toda la parafernalia
de hechos, datos que supuestamente confirmaran los motivos. Para
que esto funcionara, debía comprometerse a la CIA. Gran
parte de la gente de la CIA está motivada por su propia
carrera. Hacer carrera no necesariamente significa hacer un trabajo
de inteligencia correcto. Como en otros sectores de la burocracia,
la gente con logros en dicha agencia es gente que trepa porque
sabe lo que pide la superioridad. Terminan así produciendo
lo que sienten que su país requiere, o su carrera, o el
siguiente paso que dan. Cuando tales factores se contradicen unos
con otros, el trabajo de inteligencia sale perjudicado. Así,
la CIA se vio muy comprometida con la jugada de entrar a la guerra
contra Irak.
Muchos analistas
que contaban con información de que Irak tenía muy
poco que ver con armas de destrucción masiva se rindieron.
La necesidad de que la superioridad cumpliera las expectativas
del presidente los escindió. Así que avanzamos en
la creencia de que Irak era una amenaza, y nos dijeron que las
hordas iraquíes nos recibirían con flores.
Sin embargo,
la democracia no es antibiótico que se inyecte a un cuerpo
contaminado. No es el suero mágico. Más bien la
democracia es una gracia. En su estado ideal es noble. Es imposible
creer que gente tan endurecida, mentirosa y trascendentalmente
cínica como Karl Rove o Dick Cheney -por ofrecer los ejemplos
más a mano- hayan creído que una democracia rápida
iba a ser posible en Irak.
En términos
muy crudos, espero que por lo menos Cheney esté en Irak
por una razón: petróleo. Sin control pleno del petróleo
de Medio Oriente, los problemas económicos de Estados Unidos
continuarán expandiéndose. Es por eso que permaneceremos
en Irak en los años venideros, porque nada se gana con
retirarse después de adosar este nuevo Estado semiopresivo.
Si se pretende que es una democracia, tendremos sólo una
victoria nominal. Regresaremos a Estados Unidos con todos los
problemas que nos llevaron a Irak, más el gasto de unos
cientos de miles de millones de dólares perdidos en el
lodazal.
Me parece
que si los demócratas desean trabajar una nueva serie de
valores y actitudes para sus futuros candidatos, no sería
mala idea que pensaran más creativamente en la cuestión
para la cual, hasta ahora, tienen sólo débiles e
inútiles sugerencias: cómo llevarse un poco del
voto de los fundamentalistas.
Si para 2008
los demócratas esperan hacerse de una fracción significativa
de tales votantes, tendrán que hallar candidatos y operadores
en el terreno que puedan esparcir su voz por el sur -es decir,
encontrar el equivalente de misioneros demócratas que trabajen
con esa buena gente, que tal vez viva en el temor de la ira de
Jehová, pero que ama a Jesús, lo ama mucho más.
Si a estas personas se les trabaja con celo suficiente, muchos
podrían llegar a reconocer que esos tan despreciados liberales
viven en el verdadero espíritu de Jesús cuanto más
que los republicanos. Crean o no en cada una de las palabras de
las Sagradas Escrituras, son esos liberales y no los republicanos
quienes se preocupan por la suerte de los pobres, los afligidos,
los necesitados y los desesperanzados. A esos liberales les importa
inclusive el bienestar de los criminales en nuestras prisiones.
Son más propensos a cuidar los bosques, refrescar el aire
de las ciudades y sanear los ríos. Sería muy angustioso
para un buen fundamentalista tener que votar por un candidato
que no lee las Sagradas Escrituras todos los días, y tal
vez algunos se pregunten: ya no sé dónde situar
mi voto. Me he unido a las filas de los indecisos.
Hay que darle
poder a esas personas. Más poder a aquellos dispuestos
a vivir en la indecisión implícita en la democracia.
Después de todo, es la democracia la que le brindó
a la gente el poder y la virtud de las buenas preguntas, sin restringir
el asunto a las clases superiores.
Traducción:
Ramón Vera Herrera
© Copyright
2005 Norman Mailer
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