Iglesia,
condones, muerte
Juan
Antonio Aguilera Mochón *
Los
pobres de la tierra.org
2
de febrero del 2005
Estos
días se han generado unas expectativas extraordinarias
en España, y en seguida en otros países, ante la
eventualidad de que la Iglesia católica aceptase el uso
de condones como medio para prevenir la transmisión del
sida. Se produjo una rápida excitación y una felicitación
precoz casi generalizada, pero algunos aplicaron el procedimiento
de la ‘marcha atrás’ y no se culminó
lo que habría sido una magnífica noticia: acabamos
viendo, impotentes, que todo ha quedado como estaba, el uso del
condón es inmoral. Sin embargo, este asomarse a lo que
podría ser y no es nos permite reflexionar sobre el asunto
con perspectiva.
¿Qué
supone el rechazo de la Iglesia a los condones, y a los métodos
anticonceptivos en general? ¿No tiene más trascendencia
que la que le quieran conceder los católicos adultos, informados
y con posibilidades de elección con su mayor o menor acatamiento?
Si fuera así, tal vez no habríamos de preocuparnos
mucho en los países con mayor desarrollo cultural, donde
en general hay acceso suficiente a la información para
que cada cual decida, y, de hecho, parece que la mayoría
de los católicos de estos países opta por utilizar
métodos anticonceptivos, y en particular, aprueba el condón
como anticonceptivo y defensa frente al sida.
Sin embargo, ocurre que la Iglesia no se conforma con dictar normas
para que las sigan quienes quieran, sino que llega a mentir descaradamente
para respaldar su doctrina –en el asunto que nos ocupa,
al afirmar que los condones no previenen el sida- y pretende,
hasta donde lo permiten sus posibilidades, que aquellas normas
afecten a todo el mundo. Y, dados su gran poder y su enorme influencia,
consigue un importante efecto a escala planetaria sobre las políticas
de control de la natalidad y de defensa contra el sida. Lo cual
significa que la Iglesia promueve una ingente cantidad de nacimientos
de personas abocadas a la desnutrición y a la miseria (esto
le supuso enemistarse con la no precisamente extremista UNICEF:
le retiró su apoyo por defender la anticoncepción
en países donde los niños se mueren de hambre).
Y fomenta una profusión de contagios de sida (ya saben,
la enfermedad que, según la ministra de Sanidad española,
cada semana causa tantas muertes como el reciente tsunami), pues,
siendo otra la actitud eclesiástica, en buena medida podrían
haberse evitado. La Iglesia ocasiona, por tanto, muerte y extraordinario
sufrimiento a una escala que creo que no alcanzan los peores fanatismos,
cargados de odio. Obviamente ¡entre sus objetivos no está,
en absoluto, el causar muerte y sufrimiento! En la actualidad
(no hablemos ahora de otros tiempos), ni pretende matar a nadie,
ni utiliza el terror como medio para alcanzar sus fines, ni persigue
el exterminio sistemático de un grupo humano, por eso no
cabe utilizar palabras como terrorismo o genocidio. De hecho,
se la suele considerar la organización benéfica
por antonomasia. Pero por eso resulta más perversa su acción:
desactiva mecanismos de defensa. El que la Iglesia se proclame
la gran defensora de la vida parece hacer aceptable lo que de
otro modo no sería tolerado. No voy a discutir que lo que
persigue la mayoría de los católicos es extender
el bien… pero la muerte y el sufrimiento son, más
que efectos colaterales, consecuencias directas de las afirmaciones
y las acciones de la Iglesia en materia sexual. Sus tareas humanitarias
en absoluto pueden compensar esos estragos. El perjuicio específico
que ocasiona la moral sexual católica en los homosexuales
(negándoles su ser) y en las mujeres (negándoles
la emancipación biológica) es más difícil
de ponderar por no ser cuantificable como las muertes o los contagios,
pero piensen en una sola niña o niño o adolescente
homosexual a quien hacen creer que su tendencia sexual es una
aberración antinatural, una enfermedad. Esto es una mentira
palmaria, una afirmación anticientífica y tremendamente
cruel, capaz de provocar daños difíciles de reparar.
En mi opinión, es urgente reconocer estos hechos evidentes,
pero invisibles aparentemente para la mayoría, para ponerles
freno. Es preciso ser conscientes de que estamos ante una organización
que posee un Estado que dista de ser un Estado democrático
de derecho, en el que se violan flagrantemente derechos humanos.
¿Saben que el Vaticano -la Santa Sede- no ha firmado la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, y que hasta
2002, de 104 convenios de Naciones Unidas en defensa y promoción
de los derechos humanos, la Santa Sede había suscrito solamente
12? En este sentido, está en los últimos lugares,
detrás de países como Cuba, China, Irán o
Ruanda. Como reconocen con dolor algunos teólogos católicos,
el Vaticano no puede aceptar la igualdad de derechos de hombres
y mujeres (éstas simplemente no son admitidas en toda la
jerarquía), ni la libertad de expresión y enseñanza
sin sus particulares recortes, ni las garantías jurisdiccionales
en el enjuiciamiento y medidas disciplinarias... En definitiva,
el Vaticano se asemeja mucho más a un estado totalitario,
a una monarquía absoluta represora y sexista que a un estado
de derecho.
Ante todo lo expuesto, me hago y les hago estas preguntas:
¿No
están perseguidas por las leyes unas iniciativas que conducen
a una violación manifiesta de derechos humanos básicos,
que propagan la muerte y el dolor más atroces a escala
mundial? ¿Cómo es posible que la organización
que desarrolla esas iniciativas disfrute de privilegios de todo
tipo en algunos países?
*
Profesor de Bioquímica y Biología Molecular de la
Universidad de Granada (España)
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