Las
bibliotecas y los derechos de los autores
Blanca
Calvo
www.derecho-internet.org
- Rebelión
08
de febrero del 2005
No
sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera
desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría
medio pan y un libro. Y yo ataco aquí violentamente a los
que solamente hablan de reinvindicaciones económicas sin
nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo
que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los
hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos
los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos
en máquinas al servicio del estado, es convertirlos en
esclavos de una terrible organización social.
Federico García Lorca. Fragmento
del discurso pronunciado con motivo de la inauguración
de la Biblioteca de Fuentevaqueros
Lo
primero que quiero decir es que, en nuestro país, no hay
colisión entre los derechos de los autores y las bibliotecas.
Creo que es de todos conocido el Manifiesto que han firmado más
de cuatrocientos autores –entre ellos Josefina Aldecoa,
Miguel Delibes, Almudena Grandes, Elvira Lindo, Emilio Lledó,
Juan Marsé, Luis Mateo Díez, Soledad Puértolas,
Rosa Regás y José Saramago, por citar sólo
diez- oponiéndose al cobro de un canon por el préstamo
de sus libros en las bibliotecas. Que yo sepa no hay ninguna lista
de autores que digan lo contrario, y si he escuchado alguna opinión
a favor del canon en boca de escritores ha sido emitida, ¡qué
casualidad!, por personas muy relacionadas con la asociación
privada que lo promociona porque pretende administrarlo, con los
consiguientes beneficios económicos. Para que todos podamos
situarnos desde el principio conviene recordar que esa asociación
sólo por administrar los derechos de reprografía
tuvo como ingreso en el último año 16,19 millones
de euros (casi tres mil millones de pesetas). Imaginemos a cuánto
podría ascender la cantidad si, además, se convirtiera
en intermediaria de un indeseable y espero que nunca real canon
por préstamo. Me pregunto y les pregunto a ustedes: ¿esa
asociación defiende los intereses de los autores o sus
propios intereses?
Creo que no hay nadie que pueda defender los derechos de los autores
mejor que las bibliotecas. Pero antes de seguir teorizando es
necesario contestar una pregunta: ¿Cuáles son los
derechos de los autores? Los supuestos defensores de los derechos
de autor lo reducen todo a una mera cuestión económica,
como si lo único que les interesara a los creadores fuera
el dinero. Yo creo que los derechos de los creadores van mucho
más allá. A bote pronto se me ocurren diez derechos
fundamentales para un escritor:
1. El derecho a formarse como lector
2. El derecho a convertirse en creador
3. El derecho a darse a conocer
4. El derecho a ser leído
5. El derecho a perdurar
6. El derecho a formar parte del corpus cultural
7. El derecho a estar en permanente diálogo con los lectores
y con otros creadores
8. El derecho a obtener el respeto de la comunidad
9. El derecho a conseguir un valor añadido para sus obras
10. El derecho a obtener una compensación económica
por su trabajo
Estos diez derechos pueden reunirse en cuatro bloques, y todos
ellos quedan garantizados por las bibliotecas. Veámoslos:
El primer bloque se podría titular “el nacimiento
del autor” y está compuesto por los dos primeros
derechos: formarse como lector y convertirse en creador.
Las bibliotecas públicas aseguran el cumplimiento de ambos:
las bibliotecas ofrecen a todas las personas, sea cual sea su
nivel económico y cultural, la posibilidad de conocer todas
las creaciones de quienes han vivido antes, y gracias a ese conocimiento
nacen nuevos creadores. Todos nosotros sabemos de escritores que
fijan sus raíces en una biblioteca, por ejemplo Juan Manuel
de Prada, reciente Premio Nacional de Literatura, que se formó
en la biblioteca de Zamora, o José Saramago, usuario asiduo
de las bibliotecas portuguesas, varias de las cuales –la
de Beja, por ejemplo, situada en su Alentejo natal- ahora llevan
su nombre. También el director de cine Miguel Picazo, que
pasó su infancia y juventud en Guadalajara, tiene un enorme
agradecimiento a la Biblioteca Pública de la ciudad porque
le proporcionó las lecturas que, con el tiempo, le llevaron
a crear películas tan extraordinarias como “La tía
Tula”, y se lo ha manifestado donándole todos sus
libros.
Las bibliotecas dedican muchos recursos –recursos públicos,
no lo olvidemos- a animar a leer. Con ello aseguran los derechos
fundamentales de los creadores porque todos sabemos que para poder
crear es necesario haber leído antes mucho. Animando a
leer libros de todo tipo la sociedad hace una inversión
de futuro. No sé cuántos autores lo son gracias
a una biblioteca pero, como colectivo, tienen una deuda alta con
dicha institución. Seguramente es por ello por lo que tantos
escritores han firmado el Manifiesto contra el préstamo
de pago: es una simple cuestión de agradecimiento.
El segundo bloque de derechos se podría titular “el
lanzamiento del autor” y comprende el derecho a darse a
conocer y el derecho a ser leído
Las bibliotecas contribuyen poderosamente al conocimiento de los
autores. A lo largo de estos meses de lucha contra el préstamo
de pago los bibliotecarios hemos dicho muchas veces que si el
sector editorial tuviera que hacer una campaña publicitaria
para obtener los resultados que se obtienen a través de
las bibliotecas, estaría obligado a invertir muchos millones
de euros. ¿Cómo los editores, si no es a través
de un gasto enorme, podrían tener expuestos sus libros
a todas las horas todos los días en los edificios más
céntricos y visibles de cada localidad? ¿Cuánto
tendrían que desembolsar para conseguir agentes propagandísticos
tan preparados y vocacionales como los bibliotecarios? ¿De
qué mecanismos deberían equiparse para igualar la
acción de tantas guías de lectura, exposiciones
bibliográficas, presentaciones de libros, encuentros con
autores, clubes de lectura y tantas y tantas otras actividades
divulgativas realizadas por las bibliotecas?
Hay libros con suerte que de pronto aparecen como de lectura imprescindible
–y estoy pensando, por ejemplo, en “Soldados de Salamina”-,
pero nunca hemos valorado seriamente en qué medida las
bibliotecas contribuyen a esa consagración popular. Yo
creo que la aportación de las bibliotecas es enorme. Sabemos
que uno de los mecanismos de divulgación más eficiente
es el boca a boca, que los lectores se convierten en los mejores
publicistas cuando un libro recomendado por la biblioteca les
gusta. Imaginen el poder multiplicador que pueden llegar a alcanzar
treinta personas hablando de una misma obra en sus respectivos
entornos si les ha gustado el libro leído en un club de
lectura.
Hay autores que son adoptados por una biblioteca cuando todavía
no han alcanzado la fama: por ejemplo Almudena Grandes, que impresionó
con “Las edades de Lulú” a los lectores de
la biblioteca de Azuqueca quienes, desde entonces, han seguido
apasionadamente su obra. Casi estoy por asegurar que la trayectoria
de la escritora habría sido la misma sin ese apoyo, pero
en los primeros momentos el entusiasmo de aquella biblioteca fue
muy importante para ella.
Y es que las bibliotecas garantizan el principal derecho de los
autores: el derecho a ser leídos. Lo único que convierte
a alguien en escritor es que otro alguien lea lo que escribe;
no hace falta más. Ser leído es el requisito imprescindible
y suficiente. La prueba, para mí, es el estante de inéditos
de la biblioteca de Guadalajara: una colección surgida
a instancias de escritores que no veían publicadas sus
obras pero tenían la necesidad imperiosa de darlas a conocer.
La biblioteca las imprime en un formato unificado, las encuaderna
y las prepara para el préstamo, y sus autores se dan por
bien pagados al ver sus obras en los estantes, a la espera de
los lectores que le den vida verdadera. Pregúntenles a
esas personas si la biblioteca defiende sus derechos de autor.
El tercer bloque de derechos es “la consagración
del autor”, y en él se agrupan varios muy cercanos
entre sí: el derecho a perdurar, el derecho a formar parte
del corpus cultural de un país –o de la Humanidad,
si queremos ponernos más solemnes-, el derecho a estar
en permanente diálogo con los lectores y con otros creadores
y el derecho a obtener el respeto de la comunidad.
Hace unos años Antonio Muñoz Molina, tras buscar
infructuosamente un ejemplar de David Copperfield en las librerías
de Madrid para hacer un regalo, escribió un artículo
en el que se quejaba de la poca duración de los libros
en el mercado. Si ni siquiera se puede asegurar la presencia en
los establecimientos comerciales de un clásico como ese,
¿qué decir de todas las novelas que se publican
cada año en nuestro país? Pero las bibliotecas sí
aseguran la permanencia de los escritores. Como no se rigen por
las leyes del mercado pueden conservar varios ejemplares de David
Copperfield (incluso treinta, si se ha comprado para un club de
lectura) durante muchos años, aunque esté agotado
en las librerías, y aunque el metro cuadrado de almacenamiento
tenga una alta valoración comercial.
Estar en una biblioteca es la consagración de cualquier
autor, y no estar es como no existir. Pero para que las colecciones
de las bibliotecas sean completas y recojan todas las obras y
todos los escritores que tienen que estar obligatoriamente, hace
falta invertir mucho dinero público. Hasta ahora los presupuestos
nunca han sido suficientes, y ello produce graves lagunas en las
colecciones bibliotecarias. Cada vez que se concede el Premio
Nóbel a un autor poco conocido por el gran público,
como este año, siento inmediatamente la necesidad de buscar
en los estantes de la biblioteca en la que trabajo qué
obras suyas tenemos. Este año el test ha dado resultado
positivo: de Elfriede Jelinek teníamos todo lo que se ha
publicado en España aunque, por cierto, las obras ya están
descatalogadas. Pero seguro que hay muchas bibliotecas que, muy
a su pesar, no tenían ninguna porque los presupuestos son
siempre escasos y no se puede comprar todo lo que se quiere. Quiero
lanzarles una pregunta: ¿van a mejorar esos presupuestos
raquíticos si se instaura el canon por el préstamo?
¿mejorarán con ello las colecciones? Es una pregunta
retórica: todos sabemos que no. El canon es, para mí,
el antiderecho del autor; si se llegara a instaurar en algún
momento, el resultado sería la desaparición de muchos
autores de las bibliotecas porque al haber menos dinero se podrían
comprar menos libros. Bonita forma de asegurar el derecho de esos
autores.
El principal derecho que pueden exigir los autores a las bibliotecas
es estar en ellas, en el mismo espacio que Cervantes, Einstein,
Platón o Shakespeare. Eso les autoriza a exigir a las administraciones
públicas que inviertan en compra de libros más dinero
que hasta ahora y a las bibliotecas que hagan la selección
de los fondos rigurosa y objetivamente, que tengan en cuenta a
las editoriales pequeñas y apuesten por los autores desconocidos,
que la calidad y el riesgo sean los dos criterios principales
de tal forma que el trabajo bibliotecario sirva para compensar
las grandes corrientes publicitarias y comerciales del mundo del
libro.
El cuarto bloque de derechos de autor está formado por
los dos últimos de los diez arriba citados: el derecho
a conseguir un valor añadido para sus obras y el derecho
a obtener una compensación económica por su trabajo.
No seremos los bibliotecarios quienes neguemos a los autores el
derecho a ganar dinero con sus obras. Entendemos muy bien el valor
de su trabajo, nos pasamos la vida enriqueciendo sus obras: catalogándolas
de forma que estén perfectamente accesibles para el público,
ordenándolas, forrándolas para que no se deterioren,
reponiéndolas si llega el caso, recomendándolas…
El trabajo de los autores nos merece un respeto casi reverencial,
posiblemente mucho mayor que a los editores, que a veces obligan
a firmar contratos leoninos o falsean los datos de venta para
liquidar menos derechos de autor.
Cuando una biblioteca compra una obra paga religiosamente los
justos derechos económicos al autor. Si la obra está
destinada a un club de lectura, la biblioteca paga treinta veces
esos derechos. Y si la obra recomendada por la biblioteca les
gusta a los lectores, el autor registra inmediatamente una multiplicación
aún mayor de la recaudación, porque los que leen
son los mismos que compran libros, bien sea para ellos bien para
regalar a las personas de su entorno. Los libreros de barrios
o localidades donde funcionan bien las bibliotecas lo saben muy
bien: venden libros que en otros lugares ni se conocen; tienen
clientes fieles, de esos que saben lo que vale un libro y no ponen
pegas a la hora de pagar. Las bibliotecas acercan a las personas
y los libros, y ello no puede sino favorecer económicamente
a los autores.
El problema, quizá, es que no se ha dedicado nunca en nuestro
país el dinero necesario a la compra de libros para bibliotecas.
Pero el día en el que eso se produzca –y yo creo
que ese día llegará- los autores obtendrán
unos buenos ingresos en concepto de derechos de autor, siempre
que los editores se los liquiden honestamente. Con ese dinero
público saldrán ganando todos los sectores implicados:
los autores, los editores, los libreros y, sobre todo, los ciudadanos,
que son los que pagan. Los únicos que no registrarán
ingresos serán los intermediarios pero ¿alguien
me sabría decir la utilidad social de los intermediarios?
He querido poner sobre esta mesa redonda argumentos de todos conocidos
para dejar claro una vez más que los autores tienen una
serie de derechos –no sólo los relacionados con el
dinero- y que las bibliotecas son sus mejores aliados para conseguirlos.
Creo firmemente en todo lo que he dicho, y pienso que los autores
me acompañan en ese convencimiento. Creo que la campaña
a favor de los pretendidos derechos de autor que vendría
a compensar el canon por el préstamo está dirigida
por las grandes editoriales, que así pagarían menos
porcentaje a los autores, y por una asociación privada
que quiere quedarse un buen trozo de cada autor. Creo que los
bibliotecarios debemos defender los derechos de los autores y
los de los usuarios por encima de todo, y si para ello debemos
enfrentarnos a esos grandes poderes económicos estamos
obligados a hacerlo, aunque nos parezcamos a David frente a Goliat.
Cuando hace unos meses empezamos a informar a la sociedad sobre
el peligro que se venía encima, mucha gente no nos entendía:
había que repetir lo de que hay sectores que quieren obligar
a las bibliotecas a pagar por los préstamos que hacen,
de tan absurdo que eso parece la primera vez que se escucha. Yo
voy a llevar el absurdo un poco más allá: Si se
considera normal que las bibliotecas paguen a los autores, alguien
tendría que pagar a los bibliotecarios que consiguen prestar
muchos libros de un determinado autor, y alguien tendría
también que pagar a los usuarios que se llevan muchos libros
y así generan ingresos para los bibliotecarios que prestan
mucho y así generan ingresos para los autores… Si
ese mundo absurdo llega a ser realidad no duden de que será
un mundo sin servicios públicos. Las bibliotecas desaparecerán,
se quedarán por segunda vez en nuestra historia en el terreno
de los sueños.
Blanca Calvo - Biblioteca de Guadalajara
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