Debate necesario sobre el poder:

Crisis en los partidos políticos. Crisis en la política

Marcelo Colussi

Argenpress.info

23 de octubre del 2003




Marcelo Colussi analiza la estructura del poder político y el sistema de partidos. Inquietantes interrogantes.

'Política': arte de gobernar. La organización de cualquier sociedad humana no puede dejar de seguir esos patrones: hay gobierno, hay dirigidos y hay dirigentes. ¿Por qué?, ¿desde cuándo es así?, ¿cómo será en el futuro? Esas respuestas escapan a un pequeño escrito como el presente; pero como mínimo queda claro que hay en todo ello una dinámica intrínseca al fenómeno humano mismo. Lo humano es, esencialmente, político.

Esto puede llevar a la reflexión en torno al poder, a la manera en que las sociedades se han organizado, a cómo se han gobernado. Es obvio que en todo tiempo y lugar ha habido una organización mínima del todo social donde algunos tomaron la función dirigencial, y muchos, la gran mayoría, han venido cumpliendo el papel de dirigidos. Un gobierno de todos, una asamblea absoluta y permanente no es, de momento, sino una utopía.

Monarquía, oligarquía, consejo de ancianos, asamblea popular, democracia parlamentaria, dictadura de partido, dictadura unipersonal, dictadura de los medios de comunicación: las formas de gobierno son variadas, y las posibilidades de opciones intermedias, mixtas, combinadas, son casi infinitas. Con el capitalismo moderno, desde hace dos siglos, se impone la democracia representativa, mediatizada a través de los partidos políticos, extendiéndose la modalidad por todo el orbe.

Hoy, con un mundo globalizado que se rige absolutamente por las reglas del mercado capitalista, la expresión política por antonomasia -la 'correcta', 'la que debe ser' según la lógica dominante- es la democracia parlamentaria, basada en el juego de los partidos. Hasta en las más remotas latitudes (los 'oscuros rincones' del planeta, según dijera el presidente Bush), en culturas cuya evolución propia les llevó a formas muy particulares de expresión política totalmente distintas de la democracia representativa, la dinámica de los partidos políticos 'a la occidental' ha terminado imponiéndose. El 'libre juego de la democracia partidista' es, antes bien, una imposición más desde el Norte.

No puede decirse que la política esté en crisis, que el arte de gobernar haya colapsado. Pero sí es evidente que el sistema de partidos abre inquietantes interrogantes.

No es posible decir que sea éste el más refinado de los sistemas políticos que se haya inventado, pero al menos -esta es su virtuosa intención- pretende dar la posibilidad de expresar la voz de todos los sectores. Ahí es donde vemos que surgen las dudas.

En las democracias parlamentarias, tanto la de los países económicamente más prósperos como aquellas del Sur que adoptaron esa modalidad pero continúan con su pobreza endémica, nunca los sectores desfavorecidos -es decir: las grandes mayorías- están realmente representados. En todo caso las masas desposeídas y excluidas encuentran su vía de expresión a través de instancias que no son, específicamente, partidos políticos, y que no participan en el juego de las instituciones constitucionales: los partidos comunistas, muchas veces proscriptos, los movimientos guerrilleros -'delincuentes subversivos' para el statu quo-, o expresiones populares con otro cariz: movimientos étnicos, organizaciones campesinas, asociaciones de vecinos, sindicatos.

En el discurso dominante a escala mundial -blanco, masculino, del Norte, y con abultada cuenta bancaria por detrás- la noción de las funciones de los partidos políticos es muy restringida: en realidad, ellos nunca están para jugar un papel de transformación social. Su función es procesar/administrar/darle continuidad a la legalidad vigente. Nunca se aspira, en realidad, a que sean expresión genuina de todos y cada uno de los sectores que conforman el inagotable abanico de la realidad humana.

Y esos partidos, esa idea de expresión de los intereses sectoriales y no la política, es lo que está en crisis. La gente cada vez cree menos en los partidos políticos, se siente menos representada.

Con la explosión mediática de las últimas décadas del siglo XX, la población mundial va teniendo más información y posibilidades de acceder a temas históricamente vedados -lo cual no significa que también tenga posibilidad de decisión directa sobre ellos, pero al menos sí conoce y puede incidir en ciertos campos. Este proceso de 'democratización' del saber universal hace que el oficio político tenga que competir con muchas más ramas: con el entretenimiento, con los reclamos particularizados, con el espectáculo deportivo. Los asuntos de Estado, las decisiones estratégicas de los grupos de poder, hasta ahora al menos -incluidos los países socialistas- no han estado en manos del todo social. Siguen siendo 'cuestión de entendidos'.

La participación ciudadana, tanto en el Norte como en el Sur, se limita a la rutina electoral cada período preestablecido, y no pasa de ahí. El neoliberalismo, acompañado de la caída del muro de Berlín y todo lo que esto trajo aparejado, viene ha contribuir con este clima general de desmovilización, de inmovilismo. Si en la década de los '60 era 'políticamente correcto' participar en cuestiones sociales, tomar partido y militar políticamente, los últimos años están marcados por su contrario: la cultura 'light', el desinterés político, la apatía.

En estos últimos años el abstencionismo en las elecciones ha crecido; los partidos políticos no llaman la atención. Concita más interés el show mediático de una estrella de cine, del deporte, o de un papa viajero. De ahí, sin dudas, que cada vez más se vean personajes de la farándula funcionando como políticos profesionales. En otros términos: el discurso político se ha terminado de vaciar, quedando reducido a estrategias mercadológicas basadas en manejo de imagen, de presentación, sin contenido.

Los partidos políticos surgidos de la revolución democrático-liberal del siglo XVIII sufren, por tanto, una crisis estructural en su misión histórica: no son agente de cambio, y cada vez menos transmiten confianza. Las experiencias de partido único -es una obligación ética reconocerlo- han dejado una cantidad de cuentas pendientes en relación a la democratización del poder. De lo que se trata entonces, para quienes seguimos creyendo en la necesidad de transformaciones sociales profundas que hagan más vivible este planeta, es de buscar los medios con que el arte de gobernar pueda alguna vez realmente estar al servicio de las grandes mayorías.

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