El
continente de la democracia absoluta
Antonio
Negri
Rebelión
08
de febrero del 2005
No hacía falta ser profetas para saber que la ampliación
de la Unión Europea, tal y como había sido querida
por los líderes más conservadores de las naciones
del continente y ásperamente solicitada por los estadounidenses,
habría resultado un fiasco. Las fuerzas europeas más
reaccionarias también habían solicitado la inmediata
apertura a Turquía, mientras que su socio estadounidense
había anticipado la nueva figura de Europa con la reestructuración
de la OTAN. Europa no puede nacer sino de la confirmación
de su alianza estratégica con Estados Unidos: éste
es el estribillo de toda discusión institucional europea
o, para ser más exactos, lo ha sido hasta hoy. Sólo
que la consonancia de amorosos propósitos que expresaba
el estribillo sólo era válido del lado europeo:
en lo que atañe a los EEUU, al menos desde principios de
la década de 1970, a cada aumento de la unidad europea
le ha correspondido una reacción estadounidense, de resultas
de la cual el abrazo entre las dos orillas del Atlántico
se revelaba cada vez más asfixiante. La utilización
política de Oriente Medio y el control del petróleo
por parte estadounidense ha sido desde siempre el dispositivo
que disciplinaba los tiempos y las formas de la unificación
europea: desde la década de 1970 se ha tornado en un instrumento
de chantaje directo.
Todos
sabían que la ampliación de la Unión Europea
sólo podía resultar un fiasco. Los países
del este europeo, ex satélites soviéticos, son países
que conocen una difícil evolución hacia un modelo
democrático de sociedad y, sobre todo, son en la fase actual
pequeños y débiles navíos que se han aventurado
en el gran mar del neoliberalismo. Sus clases dirigentes son,
en su mayor parte, los últimos episodios de la nomenclatura
socialista, hibridados con hombres de negocios y mafias de la
restauración de los regímenes de propiedad privada,
más o menos monopolistas. Correspondía a la gran
prensa mundial, subordinada a los proyectos políticos de
debilitamiento de la Unión Europea, la tarea de ocultar
de forma perfecta el necesario fiasco de la ampliación.
Ahora
bien, resultaría inadecuado insistir tan sólo en
el fiasco de la ampliación y no darse cuenta de las debilidades
internas de las dinámicas europeas en sentido estricto,
de las pulsiones contradictorias de la actividad constituyente
de la «Vieja Europa». Una crisis política extraña
y sin embargo siempre abierta: extraña porque iba acompañada
de sustanciales pasos hacia adelante en la construcción
de la Unión, hasta llegar al gran éxito que ha sido
la constitución del Banco Central Europeo y la emisión
del euro; pero continua, porque cada momento de la construcción
europea se veía expuesto, cada vez más, al enfrentamiento
en las relaciones de fuerza internacionales y, por lo tanto, desequilibrado
no tanto respecto a los eventuales adversarios (primero fue el
mundo socialista, luego la gran competencia asiática) como
de los aliados o, para ser más exactos, del principal aliado,
los Estados Unidos de América.
Estados
Unidos siente a la Unión Europea como a un igual: no tanto
desde el punto de vista militar, como es obvio, como desde un
punto de vista económico y cultural. Sin embargo, hoy el
punto de vista militar es mucho menos importante de cuanto pudo
serlo un tiempo: ¿cómo cabría imaginar un
enfrentamiento militar, una confrontación nuclear entre
los dos lados del Atlántico? Lo que resulta fundamental
es, por el contrario, la confrontación económica
y cultural: las sinergias de la Unión Europea y las nuevas
fuerzas productivas que son capaces de poner en juego, unidas
a la fuerza monetaria, podrían efectivamente constituir
una alternativa al poder global de los EEUU: una alternativa política
y económica, tan política y económica como
el modelo de desarrollo que los europeos han sabido mantener o,
para ser más exactos, que las clases trabajadoras de Europa
han sabido defender. Ahora bien, esta confrontación continua
con el desarrollo estadounidense, este enfrentamiento entre el
modelo liberal y la resistencia de las clases trabajadoras europeas,
ha intervenido siempre sobre las articulaciones materiales del
hacerse de la Unión. Las derechas nacionales, desde siempre
indefectibles amigas del gobierno estadounidense, ahora ya no
son capaces de ocultar el interés económico tras
la pantalla de la defensa de la libertad. Los países en
los que las burguesías son más egoístas ante
los movimientos de clase (Italia, España, etc.) y parasitarias
en la concepción del desarrollo (Italia, España,
etc.), son también los países en los que el asalto
a la singularidad del modelo europeo de desarrollo es más
fuerte.
En
efecto, la unidad europea prevé un modelo de desarrollo.
La convención constitucional europea no podrá ahorrarse
el trance de afrontar, materialmente, este problema. Ahora bien,
sabemos que Europa sólo puede formarse como Unión
derrotando los impulsos extremistas del liberalismo estadounidense.
Es una suerte que la crisis iraquí haya puesto a los dos
países más fuertes de la Europa continental, Francia
y Alemania, ante el problema de asociar el impulso hacia la unidad
europea con la defensa de la singularidad de lo social europeo.
Europa sólo podrá ser construida sobre esta base
y a partir del impulso que Alemania y Francia están haciendo
valer para colocar, en el orden global, un modelo antiliberal
de desarrollo económico y una cultura antiliberal de crecimiento
de las potencias productivas. En los países donde las burguesías
son más egoístas y la resistencia menos fuerte (España,
Italia, etc.), se trata de derribar a los gobiernos que están
al lado del capitalismo estadounidense. Esta batalla ha de conducirse
con coherencia, ampliando las alianzas en la medida de lo posible
y afirmando la centralidad de este proceso respecto a cualquier
otra vía de constitución europea.
Sin
embargo, ¿qué significará la constitución
de la Unión Europea en el interior de la economía-mundo
y de las formas globales de soberanía que están
constituyéndose? ¿Aspira acaso Europa a un papel
de superpotencia dentro del desarrollo global de la economía
y de la política-mundo? Es evidente que nuestra respuesta
sólo puede ser negativa. Las fuerzas europeas más
vivas, las multitudes productivas de Europa quieren proponer únicamente
un modelo económico y político de democracia creciente
en el ámbito mundial. El unilateralismo estadounidense
ha de ser derrotado en cuanto tal, en tanto que maloliente y peligrosa
reproducción del imperialismo del Ancien Régime,
en tanto que golpe de fuerza de una clase dirigente corrupta y,
ésta sí, verdaderamente envejecida. El unilateralismo
estadounidense de la administración Bush está íntimamente
ligado a los intereses de la más vieja economía,
a las fuerzas de la industria siderúrgica y petrolífera,
de los constructores de tanques y de armas pesadas... ¡Qué
extraña ironía es ésta, en la que la joven
América se presenta mucho más envejecida que la
Old Europe! Frente al mismo, la presión del interés
por la unión europea se desarrolla sobre la base de la
nueva fuerza productiva que la socialización y la informatización
de la producción permiten a las multitudes europeas. La
lucha de clases continúa atravesando, en Europa, el conjunto
de las relaciones de fuerzas y construyendo esperanza de liberación.
La
Unión Europea, aunque fuera a dos (Francia y Alemania),
deberá proponer esta cuña política y productiva
contra el imperialismo unilateral de los EEUU. Así, pues,
no se trata de contraponerse a América, sino de desarrollar
una consigna de esperanza y de emancipación política,
de declarar el multilateralismo imperial definitivamente superior
al unilateralismo imperialista, de construir un proyecto de solidaridad
mundial contra el egoísmo de gran potencia que los EEUU
han heredado de los siglos diecinueve y veinte europeos.
Este
esfuerzo no nos encuentra solos. En la situación actual
observamos la conversión estratégica de diferentes
fuerzas en diferentes zonas del mundo hacia un objetivo análogo:
la afirmación del multilateralismo. En América Latina,
en particular, la recomposición unitaria de las fuerzas
de izquierda en el terreno continental parece lanzar un desafío,
igualmente fuerte si no igualmente eficaz que el que propone la
Unión Europea contra la voluntad estadounidense de uniformar
las políticas económicas y el gobierno de la fuerza
de trabajo bajo el dominio del dólar. De esta suerte, parece
proponerse una segunda cuña dentro del desarrollo imperial,
contra la unilateralidad imperialista de la clique de Bush y en
la perspectiva de una constitución multilateral del gobierno
global.
Una
última observación. Podría reprochársenos
que olvidamos, también nosotros, la lucha de clases, que
nos representamos el desarrollo como la resultante de la confrontación
entre las fuerzas políticas. En efecto, en todo lo que
hemos dicho hasta ahora esta crítica puede cobrar cierta
verosimilitud. Pero no es así en realidad... Lo cierto
es, en realidad, que el golpe de Estado de George W. Bush nos
impone este terreno de análisis, como le tocara asumirlo
a Marx ante el 18 Brumario de Luis Bonaparte. Sin embargo, la
adopción de este terreno de análisis, que es también
un terreno de realidad, sirve tan sólo para insistir en
el hecho de que nuestra lucha contra el imperialismo y la guerra
es radical. Destacar la importancia de que algunas aristocracias
globales (la alemana y la francesa, por ejemplo, pero también
probablemente la rEEUU y la china) se alíen hoy con quienes
luchan por la democracia, representa sólo una condición
táctica positiva. En cuanto la clique de Bush haya sido
devuelta a la razón, se reabrirá sin ninguna ilusión,
en la lucha de las multitudes, el proyecto de una democracia absoluta:
porque sólo la democracia de las multitudes puede construir
establemente la paz y expulsar a la guerra de la historia.
Ensayo
del libro: "El continente de la democracia absoluta".
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