India: esperemos que lo más siniestro haya pasado

Arundhati Roy

El Mundo - Rebelión

17 de mayo del 2004


Para muchos de nosotros, que nos sentimos ajenos a las grandes corrientes de la política, hay algunos momentos, pocos y efímeros, que merecen celebrarse. El de hoy es uno de ellos. Cuando la India fue a las urnas, estábamos tratando de vadear dos peligrosas corrientes que nos arrastraban, el neoliberalismo y el neofascismo, un ataque a los grupos sociales pobres y minoritarios.

No ha habido ningún experto ni analista electoral que predijera los resultados. La coalición de derechas encabezada por el Bharatiya Janata (BJP) no sólo ha sido desalojada del poder por los votos; ha sido humillada. El resultado no puede considerarse sino como un voto decisivo contra la compartimentación social y contra las reformas económicas del neoliberalismo. El Partido del Congreso ha pasado a ser el grupo más votado. Los partidos de izquierda, los únicos partidos que se han mostrado abiertamente (aunque ineficazmente) críticos con las reformas, han recibido un respaldo sin precedentes. Ahora bien, incluso aunque lo celebremos, sabemos que en todos los grandes temas, aparte del nacionalismo hindú más grosero (bombas nucleares, grandes embalses y privatizaciones), el Congreso y el BJP no tienen importantes diferencias ideológicas.Sabemos que fue la herencia del Congreso la que nos condujo al horror del BJP. Así y todo, nos alegramos porque, seguramente, este periodo siniestro ya haya pasado. ¿O no? Recientemente, un joven amigo mío me hablaba de lo que ocurre en Cachemira; me hablaba del cenagal de venalidad política, de la brutalidad de las fuerzas de seguridad, de los límites imprecisos de una sociedad saturada de violencia, en la que militantes, policías, espías, funcionarios del Gobierno, empresarios y hasta periodistas se enfrentan unos con otros y, con el tiempo, poco a poco, se convierten en los otros; me hablaba de tener que convivir con asesinatos que no cesan, con las desapariciones que van en aumento, con las campañas de difamación, con el miedo, con los rumores, con la enfermiza falta de relación entre lo que los cachemires saben que está ocurriendo y lo que a los demás nos dicen que está ocurriendo en Cachemira. Según él, «Cachemira era antes una empresa. Ahora es un manicomio».

Hay que reconocer que los conflictos de Cachemira y de los estados del nordeste los convierten en pabellones aparte que albergan las salas más peligrosas del manicomio. Sin embargo, también en el centro del territori, el cisma entre el conocimiento y la información, entre los hechos y las conjeturas, entre el mundo real y el mundo virtual, conduce a especulaciones sin fin y de posible locura.

Cada vez que ha ocurrido un acto de los que llaman terroristas, el gobierno del BJP se ha precipitado a repartir culpabilidades tras escasa o nula investigación. El asalto al edificio del parlamento, el 13 de diciembre del 2001, y el incendio del tren Sabarmati Express, en Godhra, al año siguiente, constituyen magníficos ejemplos. En ambos casos, las pruebas que salieron a la luz suscitaron incómodas preguntas, de modo que se dejaron enfriar. Todo el mundo creyó lo que quería creer, pero los incidentes se utilizaron para avivar la intolerancia entre grupos sociales en medio de la confusión propiciada por un exacerbado nacionalismo hindú.

Muchos gobiernos, tanto estatales como el central, y partidos, tanto el Congreso y el BJP como partidos regionales, se han aprovechado de este ambiente de delirio prefabricado para organizar un ataque a los derechos humanos a una escala que avergonzaría a los más famosos regímenes despóticos del mundo.

En los últimos años, el número de personas asesinadas por la policía y las fuerzas de seguridad anda por las decenas de miles.Andhra Pradesh (el Estado escaparate del neoliberalismo) atribuye a «enfrentamientos» una media de unas 200 muertes de extremistas por año. Se calcula que en Cachemira han sido asesinadas unas 80.000 personas desde 1989. Miles de personas más han desaparecido, así de simple.

Según la Asociación de Padres de Desaparecidos de Cachemira, más de 2.500 personas fueron asesinadas en el año 2003. En los últimos 18 meses se ha registrado la muerte de 54 personas mientras estaban detenidas. La tendencia del Estado indio a perseguir y aterrorizar ha quedado institucionalizada por la draconiana Pota (Prevention of Terrorism Act, o Ley de Prevención del Terrorismo).En el Tamil Nadu, la ley se ha aplicado para sofocar las críticas al Gobierno del Estado. En Jharkhand, 3.200 personas, en su mayor parte empobrecidos adivasis (la población del lugar), acusados de ser maoístas, han sido citados en procesos conforme a la Pota.En el oriental Uttar Pradesh, la ley ha servido para acabar con los que protestan contra la incautación de sus tierras. En Gujarat y Mumbai, se ha aplicado prácticamente en exclusiva contra los musulmanes. En Gujarat, al término de la campaña de persecución del año 2002 en la que se calcula que fueron asesinados alrededor de 2.000 musulmanes, 287 personas fueron acusadas conforme a la Pota: 286 eran musulmanes y el otro era sij. La Pota permite que se admitan como prueba ante los tribunales las confesiones arrancadas cuando se está bajo detención policial. En las condiciones que permite la Pota, la tortura tiende a sustituir a la investigación en nuestras comisarías: se permite hacer de todo con seres humanos, desde obligarles a beber orines hasta dejarlos totalmente desnudos, humillarlos, someterlos a descargas eléctricas, quemarlos con colillas de cigarrillos y aplicarles hierros candentes en el ano, pasando por atizarles unas palizas de muerte.

De acuerdo con la Pota, no se puede obtener libertad bajo fianza si el detenido no demuestra su inocencia (de un delito del que formalmente todavía no se le ha acusado). Sería una ingenuidad pensar que la Pota está sufriendo una «aplicación indebida».Se está aplicando precisamente por las razones por las que se promulgó. Este año, 181 países votaron en las Naciones Unidas a favor de una mayor protección de los derechos humanos. Hasta los Estados Unidos votaron a favor. La India se abstuvo.

Entretanto, hay economistas que nos informan exultantes desde las páginas de los periódicos económicos de que el índice de crecimiento del Producto Interior Bruto es fenomenal y no tiene precedentes. Las tiendas rebosan de bienes de consumo. Los almacenes del Gobierno están de grano a reventar. Más allá de este luminoso círculo, los cinco años anteriores han registrado el distanciamiento más violento entre las rentas de las zonas rurales y las de las urbanas desde los tiempos de la independencia. Hay cientos de agricultores que, ahogados en deudas, están optando por el suicidio; el 40% de la población rural de la India disfruta del mismo grado de consumo de cereales transformados que el Africa subsahariana y el 47% de los niños indios están desnutridos.

Sin embargo, en la India urbana, las tiendas, los restaurantes, las estaciones de ferrocarril, los aeropuertos, los gimnasios y los hospitales tienen instalados televisores en los que la India brilla y va bien. No hace falta más que hacer oídos sordos al desagradable ruido con que crujen las costillas de cualquiera bajo la bota del policía; no hace falta más que apartar los ojos de la miseria, de los barrios bajos, de tantas personas harapientas y derrotadas en las calles y buscar un amable televisor para encontrarse en ese otro mundo hermoso: el mundo del permanente dinamismo pélvico de Bollywood que no para de cantar y bailar, el de los indios eternamente privilegiados y felices que ondean la tricolor y van bien. Leyes como la Pota son como los botones del televisor. Se pueden utilizar para apagar a los pobres, a los que no hacen más que dar la lata, a los que nadie quiere para nada.

Cuando se aprobó la Pota, el Partido del Congreso escenificó una ruidosa oposición en el Parlamento. Sin embargo, el rechazo a la Pota no ha aparecido en ningún momento en su campaña electoral.Incluso antes de que haya formado gobierno, ya se han registrado pronunciamientos firmes en el sentido de que continuarán «las reformas». Habrá que ver a qué tipo de reformas se refieren exactamente.Afortunadamente, el Congreso va a tener que actuar embridado por el hecho de que necesita el apoyo de partidos de izquierda para formar gobierno. No hay que perder la esperanza de que las cosas vayan a cambiar. Un poco. Han sido seis años de infierno.

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Arundhati Roy es escritora, ganadora del I Premio Internacional de Periodismo José Luis López de Lacalle y autora, entre otras obras, de El dios de las pequeñas cosas y Guía del Imperio de una persona corriente.


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