Las
redes alternativas y la guerra
Una telaraña a la izquierda de Dios
Rosa
Miriam Elizalde
Revista
Memoria N° 190
15
de diciembre del 2004
Más
que de recursos técnicos, se trata de dotarnos de una cultura
que no nos llegará por inspiración divina, una cultura
que puede convertir una simple computadora con un módem
en una espina clavada en la garganta del poder.
No
es tan caótica como parece. No es tan democrática
como dice el marketing publicitario. No es tan impenetrable como
afirman los luditas. No es tan transparente como aseguran los
entusiastas de la técnica. No es y es. La internet se ha
revelado como el instrumento de esta época, para hombres
y mujeres de nuestra circunstancia, tal y como lo fue el hacha
petaloide en la sociedad primitiva, el molino de viento en la
Edad Media y la máquina de vapor en la era industrial.
Aun cuando en su ámbito gravita el desamparado mundo que
nos ha tocado en suerte y sus terribles desigualdades, la realidad
es que ya sin ella no podremos replantearnos el futuro, estemos
donde estemos, cualquiera que sea el lado del cachumbambé
que nos toque.
Si cada uno de nosotros busca en la memoria cuándo fue
la primera vez que escuchó hablar de la internet y que
puso por sí mismo una dirección en la barra del
explorador de una computadora, los más avezados descubrirán
que no hace mucho tiempo, cuatro años, cinco quizá.
Eso no es nada, pero es muchísimo en la internet, que cuenta
ya con 700 millones de usuarios; crecen a un ritmo del 25 por
ciento cada año; dispone de 9 mil millones de páginas
y cada 9 meses revoluciona su tecnología de tal modo que
ya casi cualquier cosa que se sueñe puede ser vista, leída
y escuchada con sólo asomarse a la pantalla de una computadora.
En teoría, un e-mail podría llegar a todos los usuarios
de la red si se reenvía cinco veces, según un estudio
divulgado hace apenas una semana por el psicólogo Stanley
Milgram y publicado en la revista Science. Quien esté en
la red potencialmente puede hablar de manera instantánea
a ese universo, pero estar no significa existir en la web. Tener
capacidad de expresión no significa comunicación.
Para que nos vean, nos escuchen, nos hablen y nos oigan no hace
falta entender los complejos algoritmos de programación
para la web, sino conocer las reglas de visibilidad que ha impuesto
la telaraña y, en particular, tener muy en claro con qué
parte del universo web queremos sostener ese diálogo.
La internet no es una abstracción. No le hablamos a una
masa impersonal. No es una enorme plaza llena de gente, a la que
se habla por altavoces. Cada persona está capacitada para
elegir con quién quiere hablar, qué quiere leer,
a dónde va. El internauta es extraordinariamente electivo
y exige que lo miren a los ojos. Muchas veces olvidamos que la
internet no es una sucesión de máquinas enlazadas
por un cable o por un enlace inalámbrico. Es comunicación
en su sentido más primario: un ser humano que toca a la
puerta de otro o, mejor, uno que puede tocar, a la misma vez y
en el mismo instante, a la puerta de muchos y recibir igual número
de llamadas y contestar sólo aquellas que le interesen.
Esta
herramienta de comunicación se ha convertido en el espacio
de interacción social por excelencia, con infinitas facilidades
para el intercambio, pero, también, con una peligrosa supeditación
a los consorcios que tienen mayor influencia y que domestican
el gusto y el pensamiento de la mayoría de la gente. Las
estadísticas dicen que el 90 por ciento de los usuarios
de la internet busca en primer lugar entretenimiento, facilidades
de compra y acceso al correo electrónico. Después,
sólo un grupo elige también informarse. Casi todos
son consumidores pasivos de lo que ya existe y se desatienden
del mejor atributo de la red: su multiplicidad de voces.
En ese contexto, sólo el 10 por ciento de los sitios que
hoy se enlazan en la red son considerados “alternativos”,
es decir, expresan abiertamente un disentimiento de las instituciones
del poder hegemónico y arman entre sí su propia
telaraña que, por lo general, no tiende puentes con medios
“tradicionales” de la web o lo hace en contextos muy
particulares de tensión noticiosa. Por supuesto, suelen
ser ignorados por los grandes portales informativos del poder.
De ese 10 por ciento, sólo un 5 por ciento es detectado
por las arañas digitales, como se conocen los potentes
buscadores que deciden a dónde van buena parte de los navegantes
y casi todos los náufragos de la red.
Sin embargo, en los últimos tres años, particularmente
en los últimos 11 meses, un fantasma recorre la red: el
de la falta de credibilidad del poder, que se acompaña
de acciones contra sus instituciones. Aun cuando todavía
no puede hablarse de una articulación entre los sujetos
de estas acciones, sí es incuestionable que de manera abrupta
la internet ha empezado a ser utilizada no sólo como un
recurso propiamente de información y de contraste noticioso,
sino como una poderosa herramienta de movilización contra
las decisiones de ese poder global.
Medios
alternativos y poder global
En una de sus presentaciones ante el subcomité de Telecomunicaciones
del Congreso de Estados Unidos, el senador demócrata Edward
Markey, uno de los gurús de la internet en ese país,
hace tres años anunció que tenía una noticia
buena y otra mala que informar a los legisladores: “La buena
noticia desde Washington –dijo– es que cada persona
en el Congreso apoya el concepto de una superautopista de la información.
La mala noticia es que nadie tiene la menor idea de lo que eso
significa”. En verdad, no tenían la menor idea de
a dónde podía llegar su fabuloso invento cuando
Larry Roberts creó ens plena Guerra Fría su Arpanet.
Desde el 11 de septiembre de 2001 hasta la fecha, la internet
se ha convertido en un dolor de cabeza y una obsesión para
el gobierno norteamericano. Estados Unidos tiene más computadoras,
más GPS (localizadores satelitales) y más bombas
de microondas que nadie en el mundo, pero siente que su punto
débil es su propia red electrónica. En febrero de
este año, analistas adscritos a la administración
Bush remitieron al Congreso su informe sobre la Seguridad Nacional
en el ciberespacio. “En el último siglo”, afirma
el documento, “el aislacionismo geográfico ayudó
a Estados Unidos a eludir cualquier invasión física.
En el ciberespacio, las fronteras nacionales tienen poco significado.
Las vulnerabilidades del ciberespacio están abiertas a
cualquiera y en cualquier lugar con suficiente capacidad para
explotarlas”.
Desde Noam Chomsky, que lo repitió varias veces en el Congreso
de CLACSO en La Habana, hasta los propios analistas del gobierno
norteamericano, admiten con asombro que no esperaban lo acontecido
en vísperas de la guerra contra Iraq en el propio Estados
Unidos, el país donde ha sido más violentada y reprimida
la opinión pública y donde una campaña de
terror paraliza la conciencia ciudadana. Aun así, más
de un millón de personas se movilizaron contra la guerra
en apenas tres semanas. El factor decisivo para esta ágil
reacción fue la internet. Para que se tenga una idea de
lo que eso significó, basta recordar lo acontecido menos
de tres decenios atrás: para organizar esa misma cantidad
de norteamericanos contra la guerra de Vietnam, se necesitaron
seis años de arduo trabajo y decenas de miles de víctimas
civiles y centenares de soldados enfundados en sus féretros,
que desfilaban en las pantallas de la televisión y del
cine.
Hoy, los grupos contra la globalización neoliberal son
los que mejor aprovechan ese otro concepto de globalización
que angustia a la administración yanqui. Si una web sirve
para alistarse al ejército norteamericano, también
puede utilizarse para alistarse a una manifestación. Sólo
porque existe esta herramienta, se entiende que, pocas horas después
del inicio de la guerra, universitarios barceloneses se concentraron
en determinadas calles o que vecinos de San Francisco colapsaran
cruceros de su ciudad.
En San Francisco, por ejemplo, no sólo se organizaron centenares
de minimanifestaciones que volvieron loca a la policía,
imposibilitada de acudir a tantos sitios a la vez y, aunque detuvieron
a unas mil 500 personas, en un abrir y cerrar de ojos a través
de la web la gente lograba articular la resistencia frente a la
represión. No problem y Act against war organizaron en
horas seminarios sobre cómo dialogar con la policía.
“Si eres arrestado, hay otro seminario sobre asistencia
carcelaria”, advertían sus páginas en internet
y sus mensajes a través del teléfono celular. Daban
también instrucciones a los detenidos: “Si no te
han grabado en video, la policía tiene que probar que estabas
cortando el tráfico y no en la acera”.
Cultura contra la Guerra, un espectacular sitio español
que ofreció desde pancartas hasta notas legales para enviar
a legisladores y funcionarios de la administración de Aznar,
reprodujo breves y eficaces textos de denuncias y hasta cantatas
callejeras: “¿Condenó el gobierno de Estados
Unidos el uso iraquí de gas contra Irán? No. ¿Cuántos
gobiernos occidentales condenaron ese acto entonces? Ninguno.
¿Cuántos litros de agente naranja usó EU
en Vietnam? Más de 35 millones. ¿Cuántas
resoluciones de la ONU ha incumplido Israel hasta 1992? Más
de 65. ¿Cuántas resoluciones de la ONU ha vetado
EU entre 1972 y 1990? Más de 30. ¿Cuántas
cabezas nucleares tiene Iraq? Ninguna. ¿Y cuántas
EU? Más de 10 mil. ¿Cuál ha sido el único
país que ha empleado armas nucleares? EU.”
La telaraña a la izquierda del dios de la guerra nunca
antes había sido tan fuerte, tan consistente, tan extraordinariamente
articulada. Páginas contra la guerra de todo el mundo coordinaron
sus acciones, sus boicoteos, sus cartas de protesta a sus respectivos
gobiernos antes y durante la guerra. Se intercambiaban gratuitamente
softwares y aplicaciones para reproducir mensajes o crear foros
y weblogs (las llamadas bitácoras personales con un éxito
sin precedentes en estos días). Las listas de correo convirtieron
en personales y secretas las citas y los lugares de las protestas,
que con la ayuda de teléfonos y mensajes cortos en los
celulares (SMS) dieron una agilidad nunca vista hasta el momento
a las marchas de protesta. No faltan ya enjundiosos análisis
teóricos que dan cuenta de la aparición de la e-movilización,
una etapa superior de la e-protesta y de la e-información.
Se habla con entusiasmo de las heterarchies, un término
recién nacido en la sociología para explicar esta
inusitada conjunción de las redes sociales con las redes
digitales.
Pero hay más. Las estadísticas de tráfico
y acceso de la red dieron otra señal importantísima:
la internet se reveló como el líder noticioso mundial,
desplazando a la televisión por primera vez en los últimos
14 años de guerra mediática. El índice Buzz
de Yahoo, que hace un seguimiento de la información más
demandada en los buscadores, no deja lugar a dudas. De los diez
términos más buscados la semana del 17 al 23 de
marzo, el primero era “Iraq”. Los internautas dejaron
de buscar música y personajes famosos, para centrarse en
la evolución del conflicto.
El tráfico en internet aumentó tres veces más
de la media antes de la guerra, con un elemento cualitativo esencial
en este nuevo giro: la gente no sólo busca noticias, sino
que contrasta noticias. Una investigación de mercado realizada
por el consorcio Store Media Metrix valoró que los 15 principales
sitios norteamericanos tuvieron un tráfico un 41 por ciento
mayor que en las cuatro semanas previas al conflicto, pero en
ese mismo periodo, en los principales medios alternativos norteamericanos,
el tráfico aumentó en un 102 por ciento. Por primera
vez en un suceso de atención pública, los grandes
medios tradicionales norteamericanos se vieron obligados a incorporar
enlaces a páginas de opinión “independientes”.
El diario británico The Gardian, por ejemplo, daba cuenta
de que, en este periodo, el 49 por ciento de los 1.3 millones
de visitantes únicos de la edición en línea
procedieron de EU.
El poder se defendió en esos días, se defiende ahora
y seguirá tomando medidas enérgicas para ejercer
el control. No es un secreto para nadie que usaron durante la
guerra y seguirán usando todos los medios a su alcance
para combatir a todo precio lo que ellos llaman “terrorismo”,
un estigma que usan con amplio rasero. Si recientemente contemplábamos
estupefactos la foto de George W. Bush y Bill Gates, con un pie
de grabado en el que se aseguraba una estrecha colaboración
entre el gobierno norteamericano y Microsoft, el hecho no sólo
confirma lo que venía realizándose desde hace tiempo,
sino que nos permite intuir qué clase de mundo se avecina.
El Gran Hermano de George Orwell es una nana infantil al lado
de lo que podrían estar inventando e implatando ahora mismo
los brujos de la informática. El gran monopolio de las
ventanas virtuales no es la única empresa que cede los
datos de sus usuarios para deleite de los servicios secretos:
los tres mayores proveedores de correo electrónico norteamericanos
–AOL, MSN (Microsoft) y EarthLink– han reconocido
haber instalado programas Carnivore para rastrear, leer e interceptar
mensajes sospechosos.
Eso explica la agilidad con que logran desconectar las páginas
inconvenientes, como Al Jazzira y Yellow Times, esta última
con servidores en Florida. Yellow Times publicó las primeras
imágenes divulgadas en EU de las víctimas de la
guerra en Iraq y, poco después, el dueño de la compañía
que alojaba el sitio –por cierto, un cubano– dijo
que había sido obligado por las autoridades a quitar la
página porque “dijeron que violamos la cláusula
de contenido para adultos”.
No ha habido reconocimiento público de la intervención
estatal en estos tijeretazos cibernéticos ni de la institucionalización
de la piratería en la web, pero el poder posee ya, además
de la bomba electrónica que tumbó de una sola vez
todas las web y sistemas digitales iraquíes, una potente
flota de corsarios. Durante los días de la guerra, hubo
cifras sin precedentes de ataques cibernéticos, realizadas
por supuestos “manifestantes” en contra y a favor
de la guerra que rara vez aparecieron denunciados públicamente.
Lo extraordinario es que la mayoría de las páginas
violentadas por los hackers criticaban a EU y a sus aliados.
No hay cifras fiables de cuánto se vulneró en la
red en esos días, pero un cable de AP fechado en Londres,
del 21 de marzo de este año es muy elocuente: un experto
en seguridad de la compañía F-Secure afirmó
que sólo en Gran Bretaña se habían registrado
en un día “cerca de 800 ataques de desfiguración,
diez veces más que en todo el mes anterior”.
Una
palabra: acción
Si convenimos en que es vital para nuestra existencia política
que se conozcan nuestros argumentos; si es una certeza que la
internet es un medio más expedito que los tradicionales,
donde nos marginan o nos silencian; si estamos convencidos de
que la red de redes es una propuesta cierta de futuro en la que
cada vez más se navega a nuestro favor; debemos armarnos
de una estrategia coherente de desarrollo de la internet que permita
compartir lo que sabemos y tenemos, asegure el soporte técnico,
favorezca a los que puedan lograr la mayor influencia en la red,
estimule la diversidad, enlace la cooperación multidisciplinaria
y convierta a cada uno de nosotros en un punto de resistencia,
irradiante y vital.
En otras palabras, hay que pasar del timbiriche digital y la réplica
mecánica de los medios tradicionales en la web, a organizar
y armar a nuestro propio pelotón en la gran guerra de guerrillas
que se ha desatado en contra de las élites del poder. No
lo lograremos con sistemas de programación obsoletos, con
fórmulas comunicativas gastadas, con una subestimación
del medio que proviene de la ignorancia, con brechas digitales
y de información entre nosotros mismos. Lo lograremos cuando
seamos capaces de singularizar nuestros mensajes, a partir de
un soporte común que garantice inmediatez y eficacia informativa;
cuando dejemos de ser sordos y mudos porque ya podemos comunicarnos
fluidamente en inglés, que, nos guste o no, es el idioma
de la lucha global; cuando interioricemos que la internet tiene
reglas que hay conocer; cuando aportemos nuestros propios análisis
y previsiones y, sobre todo, cuando seamos capaces de generar
acciones de movilización y de intercambio regular y personal
con millones de personas en la red que quieren, como nosotros,
una casa habitable y no este mundo inhóspito que nos tocó
en suerte.
Más que de recursos técnicos, se trata de dotarnos
de una cultura que no nos llegará por inspiración
divina. Una cultura que puede convertir una simple computadora
con un módem en una espina clavada en la garganta del poder,
como lo es Rebelión, el medio alternativo más leído
en castellano, un proyecto de tres personas que no cobran nada
por ello, que lo actualizan después de su jornada laboral
y que han logrado establecer una red de colaboradores voluntarios
con más de mil proveedores.
Si las enormes movilizaciones en Porto Alegre, San Francisco,
Londres, Madrid, Cancún, Miami y cientos de ciudades han
tenido lugar primero por internet, nosotros no podemos estar ausentes
en esa corriente de vida. Que desde la izquierda logremos entretejer
nuestros actos y nuestras palabras, nuestra realidad y nuestras
imágenes, nuestra pasión y nuestras voces, no depende
de nadie, más que de nosotros mismos.
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