El
arte de documentar la historia
Robert
Fisk
La
Jornada
6
de febrero de 2005
La lap top nos ha perjudicado. El pasado año, que lo dediqué
a escribir una historia de Medio Oriente, me constató que,
independiente de la insensatez del hombre, la computadora no necesariamente
nos ayuda a escribir o a investigar los pecados de nuestros padres.
Soy un periodista que todavía se rehúsa a utilizar
el correo electrónico y obligo a las personas a escribirme
cartas de verdad, y me doy cuenta de que hacer esto reduce la
cantidad de mensajes incorrectamente escritos y, a menudo, ofensivos
que recibo. Se entiende que piense así, pero no se trata
sólo de eso.
Junto
con dos investigadores he peinado 338 mil documentos de mi biblioteca
para el libro -mis cuadernos de reportero, periódicos,
revistas, recortes, comunicados gubernamentales, cartas, fotocopias
de los archivos de la Primera Guerra Mundial, fotografías-
y no puedo eludir el hecho de que la lap top me ha ayudado a destruir
mis archivos, mis recuerdos y, ciertamente, mi caligrafía.
Mis
notas sobre la guerra civil en Líbano, de finales de los
años 70, muestran una escritura elegante y fácil
de leer, hecha con pluma fuente azul pálido que se deslizaba
majestuosamente por la página. Mis notas de la invasión
estadunidense de Irak, en 2003, son ilegibles para cualquiera
que no sea yo, porque no puedo alcanzar la velocidad a la que
me tiene acostumbrado la computadora. He descubierto que ya no
escribo palabras. Las represento, lo que es decir que dibujo algo
que se les parece, que no puedo leer pero que tengo que interpretar
cuando las transcribo. Debo agregar de inmediato que el presente
artículo está siendo escrito a mano a bordo de un
jet de Air France que salió de Beirut. Mientras escribo
me doy cuenta de que me salto letras, palabras, expresiones porque
sé lo que quiero decir, pero eso ya no aparece en la página.
Qué
alivio volver a mis despachos sobre la invasión Soviética
en Afganistán, de 1979 a 1980. Estos eran enviados con
máquinas de télex, aquellos maravillosos armatostes
que perforaban cintas. Y eso que los papeles, delgados como obleas,
se desmoronan entre mis manos. Recuerdo a un funcionario de la
oficina de correos de Kabul usando un soplete de soldadura para
volverle a pegar la H a su máquina. Conor O'Cleery, del
Irish Times, es mi testigo. Pero yo tengo cada memorándum
y cada despacho que envié a mis entonces patrones del diario
The Times.
Ahora
usamos teléfonos -o correos electrónicos fácilmente
desechables- pero mis mensajes de télex a Londres en esos
terribles años de guerra, lo mismo que los del conflicto
Irán-Irak entre 1980 y 1988, cuentan su propia historia.
Cuando enviaba despachos desde El Cairo o Riad, una metida de
pata -un último párrafo cortado, una cabeza poco
elegante- eran cosas que cualquier corresponsal extranjero perdonaba
fácilmente. Pero cuando emergí de las líneas
de combate en Fao -de entre pistolas, bombas y cadáveres-
encontraba difícil ver la omisión de una coma como
algo que no fuera un acto de traición por parte de The
Times. Pobres de los del buró de noticias. Y pobre del
corresponsal.
Por
supuesto, hay momentos ridículos en esta histórica
"búsqueda de la verdad". Mis dos investigadores,
después de sólo tres días de trabajo, no
entendían por qué invariablemente tenían
hambre a media mañana, hasta que nos percatamos que entre
1976 y 1990 la única forma en que catalogué mis
vuelos por Medio Oriente fue anotando el destino y la fecha en
los menús de las aerolíneas. Tres días de
foie gras, caviar y champán fueron demasiado para mis dos
valientes amigos.
De
mi parte, durante muchas semanas no entendí la depresión
profunda con la que me iba a la cama, o me despertaba, después
de horas de escribir. La respuesta es simple: los cuadernos de
notas y las cintas de télex, en su conjunto, se volvieron
un archivo de sufrimiento, torturas y desesperación. Como
periodista, uno puede catalogar esto sobre la base de lo cotidiano.
Se va al hotel y se olvida de todo, para comenzar de nuevo al
día siguiente. Pero cuando reúno las cintas de télex
y los cuadernos, se convierten en un horrible y totalmente acusador
testimonio de inhumanidad.
Las
copias de télex se mueren en mis archivos a finales de
los años 80 y los archivos de computadora llegan de pronto.
Si bien siempre conservé una "copia dura" de
mis despachos para The Independent, asumí que el bendito
Internet preservaría la prosa que supuestamente forjé
sobre el yunque de la literatura. No fue así. Muchos sitios
de web contienen sólo trozos de reportes fiskianos que
sus dueños aprobaron, otros, aunque ilegales, simplemente
desecharon reportes que no parecían emotivos. Siempre me
divierte el número de instituciones que me telefonean cada
semana a Beirut para corroborar citas, fechas o hechos. Google
no los ayuda. Suponen -por lo general, correctamente- sí
los ayudará la Biblioteca Memorial Fisk (que consta totalmente
en papel). Todos están en lo cierto.
Desde
luego he descubierto otros hechos "desmentidos". Durante
años he descrito una reunión que tuvo el reportero
Tony Clifton, de Newsweek, con Saddam Hussein a finales de los
años 70, en la que viajó en un auto que conducía
el mismo Saddam. Después de decirle al gran líder
que algunos iraquíes no lo querían, el reportero
fue llevado al centro de Bagdad. "Pregúntele a cualquiera
si quiere o no a su presidente", le dijo Saddam Hussein a
Clifton. Yo reporté esto para The Independent. Lo tengo
en mis archivos.
Pero
Clifton me dijo el año pasado que esto no era correcto.
Ciertamente entrevistó a Saddam, pero éste simplemente
se rió de la pregunta y le dijo que hablara con todos los
iraquíes que quisiera. Nunca lo llevó al centro
de la ciudad. Ouch.
El
primer pro cónsul en Irak, el retirado general Jay Garner,
pasó mucho de su tiempo ridiculizando a Saddam Hussein,
pero mis investigadores desenterraron una entrevista que le hice
a Garner, cuando estaba protegiendo a los kurdos del norte de
Irak, en 1991, en la que resaltó repetidamente lo mucho
que Occidente debía "respetar" el gobierno de
Saddam en el "territorio soberano" de Irak. Las búsquedas
de mis investigadores en Google no lograron descubrir esta historia
notable. Gracias a Dios por mis notas.
No
soy ludita*. Bien recuerdo haber machacado prosa churchilliana
en la cinta de télex, en el lujoso lobby del hotel Sheraton
de Damasco, que tenía una laguna interior, después
de una narcotizante cumbre árabe. También recuerdo
haber visto mi cinta de papel literalmente flotando y navegando
en el lago artificial del Sheraton.
Ahora
se nos dice que los correos electrónicos revivirán
el arte del historiador. Yo lo dudo. Es muy fácil eliminar
correos electrónicos y -si los gobiernos son los suficientemente
generosos-, también es fácil conservarlos para los
archivistas. Los historiadores sólo necesitarán
un ejército de bien pagados investigadores para aventurarse
en este océano. En otras palabras, los historiadores tendrán
que ser ricos para escribir.
En
lo que a mi concierne, tengo las fotografías de la Primera
Guerra Mundial que pertenecían a mi papá. El mismo
las tomó. También tengo la última voluntad
por escrito de un joven soldado australiano (de 19 años,
la edad de mi papá, entonces), condenado por asesinato
y a quien mi padre debía ejecutar.
También
tengo el largo testimonio de mi papá, en que argumentó
su negativa a disparar contra el joven australiano. En el reporte
de la ejecución no está la firma del subteniente
William Fisk. Sin embargo, lo que sí prevalece es el recuerdo
del castigo impuesto a Bill Fisk por negarse a disparar, y que
consistió en desenterrar los cadáveres de soldados
británicos del frente occidental de fosas improvisadas
para llevarlos a sus tumbas militares.
Si
todo esto fuera un correo electrónico, a saber quién
lo hubiera desechado.
©
The Independent
Traducción:
Gabriela Fonseca
*
Los luditas eran un grupo de trabajadores ingleses que a principios
del siglo XIX protestaban contra los cambios que trajo la Revolución
Industrial destruyendo máquinas en las fábricas.
Permitida
la reproducción parcial o total siempre y cuando se
citen las fuentes. Copyleft
©2003-2005. Los pobres de la tierra.org - San José,
Costa Rica.
Volver
arriba